domingo, 4 de enero de 2009

Camino de ida: Carlos Salem o el surrealismo aparente


Reseña de Camino de ida en LA BITACORA, de Alena Collar.
Gracias, Alena. Comentarios como el tuyo animan a seguir, contra viento y marea.
Para leer, pinchar aquí:

http://alenacollarmelgar.wordpress.com/2008/12/03/camino-de-ida-carlos-salem-o-el-surrealismo-aparente/

"Un jodido libro fantástico"


(Reseña de José Ramón Gómez en NOVELPOL)

Un jodido libro fantástico

(Yo también puedo escribir una jodida historia de amor) por Carlos Salem


Hacía tiempo que no me divertía tanto leyendo y no me refiero a troncharme de risa ni nada parecido. Divertido, uno de los diccionarios escolares de mi hija lo define así: Que divierte o hace pasar el tiempo de manera alegre y entretenida.

Y es que la narrativa de Carlos Salem es así, me atrevería a aventurar por las pocas veces que hemos coincidido o lo he podido escuchar en su breve rincón bucolicoliterario que incluso el propio Carlos Salem es una persona alegre y divertida, al menos esa es la impresión que causa a pesar de su oscura vestimenta de corsario de otros tiempos. Cuando le oyes hablar te das cuenta que a diferencia de alguna suegra él no monologa de una manera casi inconsciente, si no que su discurso te va mostrando un camino ( de ida supongo) que te atrapa desde el principio y te va echando carnaza en forma de guiños y floridos poéticos escatológicoartísticos.

El nuevo libro de relatos de título tan cínico como genial “Yo también puedo escribir una jodida historia de amor” contiene de alguna forma la esencia de todos nosotros. Me explico. Enamoramiento, amor, desamor, desengaño, soledad, nostalgia...por favor, si alguien nunca ha pasado por alguno de los anteriores estados emocionales que intente localizarme, aún no hice el doctorado y su caso podría valerme una tesis.

Carlos Salem nos cuenta esa cotidianeidad nuestra de cada día desde el punto de vista del poeta voyeur que consciente de su poderoso verbo florido lo va dosificando poco a poco, atrapándote como el buen cantaor de flamenco con cada requiebro hasta que al final acunado por su narrativa al lector no le queda otro remedio que rendirse a su lectura y atrapado por el incesante eco que deja cada final de historia se ve lanzado a devorar la siguiente de manera compulsiva.

Y aparte de toda esta cursilería adjetivada que les acabo de ofrecer y que podría despistar al posible lector de “Yo también..” Una obligada recomendación para aquellos que se sientan minimamente atraídos por este libro, lean el incide del mismo y como la Hidra aquella bicéfala no podrán apartar la vista de esta genialidad de apenas 140 páginas. Y recuerden, beban, hidrátense para no convertirse en estatua de sal.

...

YO TAMBIEN PUEDO ESCRIBIR UNA JODIDA HISTORIA DE AMOR

Carlos Salem.

EDICIONES ESCALERA, 2008.

.....

Por José Ramón Gómez


http://blognovelpol.blogia.com/2008/121601-un-jodido-libro-fantastico-yo-tambien-puedo-escribir-una-jodida-historia-de-amor.php

Vídeo de Leonardo Oyola presentando GÓLGOTA en Madrid


(Espero que el enlace funcione, porque no soy muy ducho para estas cosas. Pero merece la pena probar...)


http://video.atei.es/development/index.php?option=com_videos&task=detail&id=124&msg=&pageNo=116

Relatos negros y de los buenos



Descárgate el PDF en:
http://www.box.net/shared/0g1prjyrjy

Tras la desaparición de la añorada Gangsterera, la asociación de amigos de la novela negra no se rinde ni mucho menos, y vuelva al ataque con esta revista electrónica -de momento-, cuya calidad se define por si misma. Además del ganador y los finalistas del II Concurso de Relatos Justo Vasco, incluye cuentos de importantes firmas invitadas, y uns ilustraciones que completan el acierto del conjunto, a cargo de la artista de la plástica Amelia Beatriz Delgado Rodríguez y sus alumnos Aniel La Rosa Abascal, Alexis de Armas Cabrera y Yosel Morel Castro, de la Academia Provincial de Artes Plásticas de la ciudad de Santa Clara, Cuba. Un buen regalo de Reyes, para descargar, imprimir y conservar. Después de leer, desde luego.

ÍNDICE
EDITORIAL
ACTA DEL JURADO del II Concurso de relatos JUSTO VASCO
ANDRÉS SOLER, por Mario Marín González
THE BUSCABLANCOS CLUB, por Humberto Bonizzoni
OLGA BORODÍN, por Carlos Fernández Salinas
ES MUY FÁCIL, por Lorenzo Lunar
LA SINRAZÓN DE JOB, por Miguel Ángel Carcelén Gandía
EL TOPO, por José Ángel Mañas & Antonio Domínguez Leiva
MES DE ABRIL, por Raúl Flores Iriarte
CEMENTERIO DE CARRITOS, por Uriel Quesada
SINFONÍA PARA UN CRIMEN, por Yamilet García Zamora

viernes, 2 de enero de 2009

Carta abierta al barrio en la novela negra










Querido y odiado barrio:
Me he pasado casi un veinte años preguntándome por qué te me resistías cuando intentaba retratarte en alguna novela o en un cuento perdido. Por qué, si se me daba más o menos bien pintar con palabras los barrios ajenos (algunos en lo que había estado de visita y otros que nunca había pisado), cuando se trataba de situar la trama en el barrio-barrio-barrio, los verbos se me escapaban por el patio y los adjetivos me sonaban a hueco. Confieso que durante un tiempo me consolé al descubir que Raymond Chandler, que podía llevarte de paseo a cualquier barrio exclusivo desde la mirada sardónica de Marlowe, o recorrer los pasillos más oscuros de inqulinatos pintados de humedad, en realidad nunca me mostró el barrio en el que vivia Philip, del que no retengo más que la imagen de unos peldaños de madera (secuoya, creo), para ascender hasta la soledad polvorienta y el tablero de ajedrez, con Capablanca como único vecino y contricante de una partida inacabada,
Y cuando fui consciente de eso me dije: “coño, carlos, al menos tienes algo en común con Chandler”. Pero el subterfugio nunca me sirvió de mucho, porque periódicamente me he ido topando con autores que saben hacer del barrio el protagonista oculto de sus novelas. Policíacas, pero sobre todo novelas. David Torres, por ejemplo, que en El gran silencio me presentó a Roberto Esteban -boxeador con futuro que acaba en matón con sentimientos y más ética que un par de Roucos Varelas que yo me sé- , tiene el barrio dentro incluso en esa novela en la que apenas lo menciona. Y lo saca fuera, vuelve a él como era necesario en la reciente Niños de tiza, en la que el cabrón de Torres, dicho en el buen sentido de la palabra, además de escribir una de las mejores novelas que he leído en los últimos años, la escribe negra y con el barrio como la primera novia que siempre se recuerda.



¿Por qué, barrio, si he vivido en una treintena de barrios, ninguno es el mío cuando llega la hora de prestarle la palabra a un personaje? Y lo peor es que no dejan de salirme al paso ejemplos de escritores capaces de bailar con su barrio literario el rocanroll de la esquina, y mira que yo he tenido esquinas. Pero nada. Cuando toca escribir, siempre soy uno que pasa, un forastero que lo observa todo y a veces hasta lo comprende, un descubridor de charcos sin un charco propio en el que chapotear.
Me conformo, pero entonces me tropiezo con novelistas como el inmenso cubano de Santa Clara, Lorenzo Lunar, que tiene a su personaje Leo Marín, policía casi obligado en el barrio que lo vio nacer, el barrio monstruo con cientos de orejas, el barrio animal vivo que te devora y se queda con los huesos, el barrio que, como Lunar escribe “le ronca los cojones”. Hace menos de seis meses, cuando abrí En vez de infierno encuentres gloria, la primera novela con Marín como protagonista, no pude dormir, fascinado por la prosa de Lorenzo, pero también por la respiración del barrio, presente y doliente. Desde entonces, procuro perder ese libro, pero no lo consigo, y ya he recaído en cinco ocasiones. Para evitar la sexta, ayer me compré el segundo libro de la serie, La vida es un tango, con la esperanza de romper el sortilegio, pero ha sido peor. Además del talento enorme de mi amigo el gordo Lunar, le envidio el barrio que es una mala mujer a la que resulta imposible olvidar.
Huyo lo más lejos posible, hacia escenarios que me resulten ajenos no por geografía sino por biografía. Nunca he estado en una villa miseria de las que rodean como una acusación que nadie asume el brillo de la ciudad de Buenos Aires. Pero me bastaron las primeras diez páginas de Gólgota, de Leonardo Oyola, para anhelar inluso esa pobreza regida por severos códigos de protección mutua. Villa Scasso tiene un alma, seguramente negra pero propia, algo que no termina de soltarte nunca, algo a lo que vuelves aunque no quieras, aunque no vuelvas nunca.
Y cuando creí que me había ganado al menos un par de semanas sin padecer esta orfandad de barrio propio, llega Oscar Urra y me restriega, con A timba abierta, la pertenencia aunque sea adoptiva, al barrio de Tirso de Molina en el que llevo viviendo casi desde que empezó el nuevo siglo, el barrio que empezaba a llamar mi barrio y ya no podré hacerlo.
Supongo que existe algún nombre de sindrome para lo que me ocurre, y que alguien habrá hecho con él libros de éxito o series cutres para la tele. Yo prefiero llamarlo el Síndrome de la maceta, porque me temo que los que nunca nos hemos quedado el tiempo suficiente para ver crecer los árboles en nuestras aceras de la infacia, estamos condenados a disfrutar de las sombras prestadas por otros árboles; los que hemos hecho de nuestra vida una mudanza, sólo podemos conservar las raíces en un recipiente portátil, para que no se nos sequen. Y las regamos con el aporte de escritores de talento, como los que he nombrado o algunos más, que no enumero, para no amargarme la tarde.
Querido barrio: te odio porque no te tengo.

Atentamente,
Carlos Salem