viernes, 21 de enero de 2011

El Experimento Azul, nº 2


Día 2:
Hace unos días, cuando Fernando Marías nos citó en su casa con aires de cardenal florentino en plena conspiración, para entregarnos las Nintendo DS XL y nuestros respectivos ejemplares del juego Gosth Trick, David Torres me dijo:
-Ten cuidado, tío, que tú eres un loco de los gadgets y a ver si acabas enganchado…
Y Vanessa Montfort agregó, pelirrojamente:
-Dalo por perdido, David: el Salem es capaz de enviciarse hasta con el cambio de luces de los semáforos peatonales.
Maldije el día en que le conté mi debilidad hacia esos adictivos instrumentos del mobiliario urbano y las tardes perdidas esperando que el hombrecillo rojo o verde se pusiera amarillo. Hay cosas que nunca debes contarle a una pelirroja.
Fernando Marías no dijo nada, porque seguramente estaría ideando un nuevo experimento ciber literario, como encerrar a una docena de novelistas vapuleados con un crítico malicioso en un ascensor y retransmitír a todo el mundo por Internet lo que ocurra. Pensándolo bien, no sería mala idea: el programa podría llamarse: “Que yo no he sido, has sido tú”, y como subtítulo: “Sólo puede quedar uno”.
En fin, que ante la burla de mis compañeros de experimento brotó mi lado más salvaje y los insulté con dureza, sin cortarme un pelo. Los insulté en armenio. Y telepáticamente, por las dudas. Porque sospecho que Torres habla el armenio y no podría asegurar que Vanessa no ejerza de telépata en sus ratos libres.
Pero lo llevan claro si creen que me engancharé con Gosth Trick. Ja.
Una de mis compañeras de piso golpea a la puerta del baño y me dice que llevo tres horas y media dentro, que deje de jugar con la consolita de las narices y salga de una vez, o se lo hará en el pasillo y me tocará limpiar a mí. De nada ha servido entrar con el Marca envolviendo la Nintendo con aire de llevar dentro una revista porno: me han pillado.

Día 3

El juego tiene su gracia: el detective muerto tiene que averiguar quién lo mató, pero ha perdido la memoria, por lo que antes tiene que saber quién era y qué buscaba cuanto estaba vivo. Como casi todos nosotros. Y para dificultar un poco más las cosas, tiene que estar constantemente salvando la vida de una pelirroja con coleta, que resulta ser una policía encubierta. Se la cargan. Siempre se la cargan, porque va provocando. Pero el detective puede retroceder en el tiempo cuatro minutos, los mismos con que cuenta para intentar salvarla. Si pudiera retroceder cuatro minutos en el tiempo, corregiría muchas cosas de mi vida. Como cuando la dije a Fernando que contara conmigo para el Experimento Azul. (Entre nosotros, estaba convencido de que la cosa consistía en probar alguna nueva especie de viagra de efecto permanente, pero no).

Día 4:
Mis compañeras de piso llaman a mi puerta y dicen que han cocinado un guiso de madre y que si quiero comer. Digo que ya voy, para ganar tiempo. Pero no me engañarán. Vivo en un piso compartido, en Lavapiés. Hay gente en el mundillo literario que cree que poso de escritor maldito, pero maldita la gracia que me hace, a mí, que nací para tener una piscina climatizada en el dormitorio y un jacuzzi en la biblioteca. Mi vida me recuerda a un letrero que mi viejo colgó cuando yo era niño en la puerta de su tienda:
Esta es una empresa sin fines de lucro
(no era nuestra intención inicial, pero…)

¿Por qué no gano lo mismo que Ruiz Zafón si ambos somos calvos y yo más alto y guapo? Misterios de la vida. Un día de estos me entrevistaré con Ruiz Zafón, a ver si salgo de dudas. Mejor no. A ver si resulta que es más alto que yo.
Mis compañeras llaman otra vez y por debajo de la puerta se cuela un aroma de cocido que despeina el suave vello animal del que debería estar recubierta mi alma, en el caso de que la tuviera. Digo que ya va y trato de salvar a la pelirroja, a punto de ser asesinada por novena vez. Casi lo consigo. Casi. Paciencia, sólo llevo catorce horas jugando sin parar, y Roma no se hizo en un día. Seguro que la compraron hecha. En cuanto llegue a las veinte horas lo dejo por hoy. Porque una cosa está clara: no voy a enviciarme. Les pido a mis compañeras que trituren mi ración de cocido y me la alcancen en un jarro, con una pajita. Dicen que estoy loco y que me quitarán la Nintendo. Cedo y salgo. ¿Has intentado comer cocido con una mano mientras salvas a una pelirroja a punto de morir aplastada por una para de pollo gigante? No lo intentes. O inténtalo si vives solo. Me encanta el cocido madrileño, pero cuando tus compañeras de piso te hacen tragar tu propio pañuelo negro por haber dejado perdido el salón, no tiene el mismo gusto.

Día 4:
Espío el blog de David Torres. Dice que ha superado el nivel 15 de Ghost Trick. Menos mal que llevo toda la noche encerrado en el baño jugando y sentado en el vater, porque me meo de risa.

Día 5:
¿Y si es cierto que David ha superado el nivel 15? No lo creo: es un tipo serio y no dedicará al juego más que una hora al día, mientras estudia ruso o checheno, o ve al mismo tiempo cinco películas de cine negro para luego poder vacilarnos. ¿Y Vanessa? Habla de regresiones y demás, pero no me lo trago: con toda la promoción del Premio Ateneo de Sevilla, no le quedará tiempo para jugar de verdad. Es lo bueno que tiene que todos los premios que me dan vayan acompañados de un diploma y una palmada en la espalda pero no lleven ni un duro de dotación: que me sobra tiempo para jugar. Y he salvado a la pelirroja de la pata de pollo gigante. ¡Toma ya! Se lo cuento al psicólogo que han contratado mis compañeras de piso para convencerme de dejar el juego. Él asiente y lo celebra. Creo. Porque con la mordaza que le he puesto en la boca y atado de pies y manos para que no intente quitarme la Nintendo, el discípulo de Freud no puede decir ni siquiera ahá o hummm.

Día 6:
Me llama por teléfono el chico de Vanessa. Dice que si le hago un sitio en el sofá de casa, porque ella, atrapada por el juego, lleva días sin hablarle. Le digo que exagera, que los del Ghost Trick no es para tanto.
-De verdad, Carlos: en la última semana sólo he conseguido que me diga ahá y hummm…
Le digo que pruebe con amordazarla y dice que no se atreve. Yo tampoco me atrevería. Insiste con lo del sofá y le cuento que no hay lugar: desde hace seis semanas están de visita diecinueve amigas de una compañera de piso griega que lleva seis meses sin vivir aquí. Cosas que pasan en Lavapiés. Pero que con lo mal que lo están pasando los griegos con el asunto de la crisis, no tenemos ánimo para echarlas. Cuelga sollozando y yo sonrío. Igual lo de pedir asilo era una treta de Vanessa para mandarlo a espiar mis progresos. Lo consulto con el psicólogo amarrado y me da la razón con el lenguaje que hemos inventado: un parpadeo quieren decir “sí” y cuarenta y ocho significan “no“. Intentaré aplicar ese método, mordaza incluida, la próxima vez que negocie con un editor.

Día 7:
Ha llamado la novia de David. Dice que él no hace más que jugar con la Nintendo y hablar en armenio todo el tiempo. Le recomiendo que en un descuido le robe el cargador de la consola, así cuando se agoten las baterías tendrá que dejar de jugar.
-Ya lo hice, Carlos, pero el tío había tenido la precaución de comprar media docena de cargadores -dice ella -. Y por si fuera poco, se ha inventado un dispositivo conectado a una placa solar en el techo, por si yo cortaba la electricidad de la casa…
Le digo que tenga paciencia, que en la tele han anunciado nubosidad variable y cuelgo. Tipo listo, Torres. Lo de la placa solar no se me había ocurrido. Igual es cierto que ha superado el nivel 15. Maldita sea. Tengo que esmerarme. El detective fantasma es listo pero sin mi ayuda la chica de la coleta morirá otra vez, ahora por culpa de un mecanismo automático y extravagante que acaba con una vieja pistola disparando contra ella. Por cierto: he notado que todos los personajes masculinos del juego se quieren beneficiar a la chica. Como la vida misma. Desoigo las amenazas de mis compañeras y me concentro. La salvo. ¡La he salvado! Oigo trompetas triunfales pero creo que en realidad son sirenas. Por la ventana veo que una ambulancia se detiene ante nuestro portal. Bajan unos tipos fornidos, vestidos de blanco y llevan en las manos una curiosa chaqueta del mismo color, de las que se abrochan por la espalda. Abro la Otra ventana y trepo por la cañería, con la Nintendo en el bolsillo izquierdo de mi abrigo. No pienso dejarme atrapar: como todo el mundo sabe, el color blanco engorda una barbaridad. Llego al tejado y mientras huyo localizo varios puntos donde instalar placas solares cuando se vayan. No esperarán mucho: la ambulancia era de la Seguridad Social y con un poco de suerte se llevarán al psicólogo creyendo que soy yo. Con los pies encajados en las tejas del techo, sigo jugando. Lo importante, me digo, es que no me he enganchado con el juego. Cede una teja. Y otra. En cuanto salve a la pelirroja buscaré un lugar más seguro para esconderme, no sea cosa que acabe por ceder la útima teja y me cai…

viernes, 14 de enero de 2011

El Experimento Azul: día 1




Mamá siempre me decía que debía aprender a decir que no. Aquello tan maternal de “¿si tus amigos se tiran al río, también te vas a tirar?“ Y yo respondía que si era verano, o si alguien se estaba ahogando, o tenía mucho calor, igual sí me tiraba al río. Ella se daba por vencido y me miraba de esa manera.
El caso es que no aprendí a decir que no. Y menos a gente como Fernando Marías. Buen escritor. Buen tipo. Y con una mirada que no deja dudas: ha visionado incontables veces la saga de El Padrino. Ustedes me entienden. Respeto. No lo dice. No lo pide. Pero se lo das. Remember Luca Brasi.
El caso es que dije sí y durante días anduve zombi por Madrid preguntándome sobre el sentido de la vida, la existencia del alma humana y, sobre todo, qué diablos hacía yo metido en algo relacionado con un videojuego y una consola portátil.
Vamos, que no soy un neardental, llevo veinte años usando ordenadores y hasta tengo Facebook (me faltan amigos para igualar el millonario récord de Roberto Carlos, pero ya son dos mil y pico). Entre nosotros, soy un loco de los aparatitos. Existe un nombre inglés o japonés para eso, pero prefiero no saberlo. Es decir que la tecnología me es familiar. Pero nunca tuve una consola, ni portátil, ni doméstica o como se denominen. Ciertos escarceos, hace años, con juegos de PC, acaso porque en las redacciones de los diarios echas más horas que una veleta en Tarifa. Y poco más.
Y ahora Fernando me ha metido en El Experimento Azul, que recuerda a El Martillo Azul de Ross Macdonald, y mac fue siempre para mí el hijo putativo más aventajado del imposible matrimonio entre Raymond Chandler y Dasshiell Hammett.
Además, están los otros.
No estaré sólo ante el peligro. Aunque el peligro igual son mis ¿compañeros?, ¿competidores?, ¿adversarios?. Vaya uno a saber. Y siempre lo sabes tarde.
Vanessa Montfort tiene pinta de tener en su casa media docena de consolas y cocinar al dictado del juego ése de cocina que hace un par de años estuve por comprarme pero desistí porque uno tiene una imagen que defender. Es asquerosamente joven, desalmadamente guapa y como toda pelirroja de casta, implacablemente lista.
David Torres no es tan joven. Tampoco es guapo. Para nada. Pero detrás de esa mirada capaz de acojonar a Joe Pesci-Nicky santoro en Casino, se esconde una computadora que baraja como naipes marcados miles de películas y novelas del género negro. Cada vez que hablo con él corro a casa para exprimir Wikipedia a ver si lo pillo en un fallo. En vano.
Con esa gente me tengo que enfrentar. Y con un juego de investigación llamado Ghost Trick. He aceptado el caso porque tengo el sí fácil. Y deberé dedicarle muchas horas (probablemente para aprender cómo se enciende la Nintendo DS, cuando me llegue). Mamá tenía razón. Otra vez me he tirado al río. Y sin saber nadar.

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Hace dos días llegó el mensajero con el paquete. Yo sabía que contenía la consola portátil porque una escueta llamada telefónica de Fernando Marías me lo había advertido. El mensajero me miraba con sorna pero vi que el paquete no tenía ningún logo y salvé mi imagen asegurando que era un juguete erótico que había encargado por correo. No coló. El chaval me dijo que él también tenía una Nintendo DS y que el modelo nuevo permitía conectarse a internet. Se fue silbando un Fantasma en la máquina de Police. Y me consolé pensando que cuando Police era Police, ese chaval no había nacido. No sé porqué, ese pensamiento, en lugar de confortarme, me deprimió un poquito.

******

Hoy es el día. Ya sé como se enciende la consola y hasta he comprobado, mediante un juego de entrenamiento cerebral, que mi edad mental es de 99 años. Para tapar la boca a mi madre, que siempre dice que mi edad mental es de cuatro años y medio. Toma ya. Si quiero me tiro al Manzanares. Mejor no.
Inicio el Ghost Trick convencido de que, para un escritor-lector como yo, que a los trece cambió los tebeos por Cosecha roja y a los trece ya sentía nostalgia de El largo adiós, esto estará chupado.
Hay un detective rubio y muerto, con pelo en cresta. Y una pelirroja con el pelo en cola de caballo, a la que matan y tengo que salvar. Yo soy el rubio de pelo en cresta, pero si estoy muerto, ¿cómo voy a salvarla? Aprendo rápido y me pregunto quién me mató y por qué. Tendré que dedicar a esto varias horas, en casa y con los postigos cerrados, para que no me vea ningún vecino. De llevarme la consola por ahí, ni soñarlo. No imagino a Bukowski dándole a la pantalla táctil con el lápiz, ni a Marlowe intentado salvar, mediante la combinación de objetos presentes en el escenario, a esta pelirroja cabeza loca que no hace más que meterse en líos. Paso el primer capítulo y doy la vuelta olímpica por casa.
¿Cómo les irá a los otros? Me conecto por wifi desde la consola y ni David ni Vanessa han colgado nada en sus blogs. Seguro que los malditos ya van por el nivel 4, por lo menos.
Suena el móvil. Es Torres. Me pregunta qué tal estoy y le digo que de maravillas. Espera que le hable del juego pero me hago el tonto hasta que pregunta.
Psé, es fácil, le digo, ya voy por el nivel 9 y tiene su gracia.
Contiene la respiración y pregunta:
¿Nivel 9?
, le digo. Seguro que tú también andas por ahí.
Más o menos, responde. Inventa una excusa y corta, imagino que para lanzarse al juego y avanzar. Sonrío hasta que me doy cuenta de que tengo que pasar el nivel 2 y no será nada fácil. Seguro que Vannessa sí va por el nivel 9. Hora de hacer la compra para que mi nevera no fallezca de inanición. Me pongo el abrigo largo de cuero y oculto la consola en el bolsillo en el que iría el arma, si llevara una.
A esta hora las colas en el súper son eternas y si escondo la Nintendo con los faldones del abrigo mientras espero que me cobren, seguro que logro avanzar otra pantalla y que mis compañeros de cola piensen que estoy viendo una porno.
Tengo que imagen que defender.

lunes, 10 de enero de 2011

El Experimento Azul



Fernando Marías fue uno de los primeros novelistas consagrados que conocí en mi experiencia inaugural en la Semana Negra de Gijón. También, si duda, uno de los más generosos a la hora de aconsejar desde la experiencia y ayudarte con contactos.
Vamos, que no se le puede decir que no a nada.

Si no me creen, miren bien la foto.

El caso es que hace unos días me invitó a participar en lo que denomina EL EXPERIMENTO AZUL.
Como Fernando no es dado al consumo de sustancias alucinantes, descarté mi primera hipótesis de que se trataba de uno de esos míticos hapening literarios en los que corre el alcohol y otras cosas, repletos de bellas lectoras disputándose un trocito de novelista (después de nueve libros publicados comienzo a sospechar que tales reuniones no existen, pero por si acaso, siempre digo que sí a todo...; pero no podía negarme.

Vuelvan a mirar la foto, por favor.
¿A que ahora me comprenden?
Me dijo que no estaría solo en la aventura, que me acompañarían otros dos novelistas. "Gente de fiar", dijo Marías.
Y yo le creí.
Ayer me enteré de que uno de ellos es DAVID TORRES, autor, entre otros libros excelentes, de Niños de Tiza, y El gran silencio, que supone para mí una especie de fetiche.
Un tipo peligroso. Sé por qué lo digo.
Creo que en breve conoceré la identidad del tercer miembro de la banda.
Fernando Marías ha dado a entender que será una mujer.
Tengo mis sospechas.
TEMO LO PEOR.

Si algo me ocurre, no gasten tiempo en buscarme.
Son profesionales.
De los mejores.
O de los peores. Según se mire.
Y se mire como se mire, esto da miedo.
Un miedo Azul.

Martes de poesía y miércoles de minificción en Diablos azules


En la revista NARRATIVAS

http://escaletra.blogspot.com/2011/01/oh-salem.html

Queremos tanto a Salem
Yo lloré con Terminator 2
(relatos de cerveza-ficción)

Por Pablo Lorente
Revista Narrativas


Tras la publicación en la misma editorial de otro interesante libro de relatos que anuncia en parte el que nos ocupa: Yo también puedo escribir una jodida historia de amor, debemos a Carlos Salem (Buenos Aires, 1959) la ingeniosa creación de un nuevo género literario para los estudios literarios: la "cerveza-ficción". La invención de deja de ser útil, sobre todo en nuestro país, donde la proliferación de bares no es nada desdeñable.

"Sabía que Carlos Salem, el escritor argespañol más prolífico que existe, le daba a casi todos los palos, de la poesía a la novela policiaca y el relato urbano. En 2007 ganó el premio de la Semana Negra de Gijón a la mejor novela con Camino de ida, son legendarios los recitales poéticos que organizaba en Bukowski Club, e incluso ha inventado un nuevo género literario, los relatos de cerveza-ficción. Por eso resulta más sorprendente su última pirueta: acaba de ganar un premio de novela romántica, nada menos que el Seseña, con Cracovia sin ti, aunque, eso sí, me aseguran que es suficientemente canalla, que se bebe muy bien y no deja resaca." (Juan Palomo, "Bodas con arte", suplemento El Cultural, 21-05-2010).

En el caso que nos ocupa, catorce relatos conforman un universo de los bajos fondos (grandes bebedores de cerveza, putas, ladrones, criminales). El autor, que parece no dejar un solo cabo suelto, nos avisa de sus intenciones en un prólogo donde figuran los "Apuntes para una teoría de la cerveza-ficción". Son los siguientes: No hay principios. Ni siquiera finales; No es necesario ingerir bebidas espirituosas para escribirla. Pero ayuda cantidad; Aunque no todo acabe en un bar, debe comenzar en un bar o referirse a un bar aunque sea en el recuerdo; Todo está inventado, pero nadie ha leído todos los libros; La literatura es una exageración; El género no importa; La posteridad no existe.

El género, más bien el estilo, como afirma el autor en uno de estos principios, no es del todo orifinal y se adscribe a los que se ha dado en llamar "realismo sucio". "Cualquier lector o aspirante a escritor que pretenda enrolarse en las filas de la cerveza-ficción, se encontrará de inmediato con algún espabilado que le señalará con suficiencia que el género que aquí presentamos no es para nada novedoso. Al listillo en cuestión le sobrarán ejemplos, comenzando tal vez por Bukowski y Miller, saltando por Lowry o ciertos cuentos de Carver, para seguir con Chandler o Kerouac" (yo añadiría, sin pretensión de parecer "listillo", la poesía de David Gonzálex o la obra de Roger Wolfe, sobre todo la novela El índice de Dios).


A través de los principios que el autor nos presenta, podemos recorrer algunas de las claves de este libro. Sin exageraciones, como el autor afirma, y con un desenfado muy de agradecer, ya que no busca la posteridad, nos presenta un libro de relatos unitario y muy efectivo. Por un lado, la mayoría de los personajes (Poe, Lola, Harly, el Loco) aparecen en varios de los cuentos, con lo que el lector se familiariza con sus experiencias, algunas de ellas fantásticas como el encuentro sexual con un ángel (siempre cabe la duda pues la presencia del alcohol y las drogas en constante) en "Acabo de escapar del cielo". Por otro lado, la aparición permanente del bar de Lola aporta una gran firmeza narrativa, ya que las historias son del todo independientes. El bar como lugar de encuentro o de llegada, pero siempre presente y además, ese curioso personaje femenino que no tiene ningún protagonismo en el libro, algo mucho más inquietante puesto que se nombra en multitud de ocasiones.



Otro de los nexos de unión es la aparición de los "majaras" y más concretamente una frase que se repite en casi todos los cuentos: "Estoy harto de majaras". La repetición es tal que al final de la lectura, cabe preguntarse si nosotros, que en teoría estamos cuerdos, no seremos finalmente unos locos por mero contraste con los despropósitos, algunos de ellos bastante divertidos, por cierto, que ocurren en la obra.

Es llamativo el relato que da nombre a la obra y que parece una declaración de intenciones que se repetirá en otras ocasiones en la obra, dos personajes intentando ingresar en un banco el dinero de un atraco, comentando cómo se enternecen con una película tan "emotiva" como Terminator 2. Unos personajes majaras, quijotescos, pues en ocasiones se empeñan en "deshacer entueros", como es el relato citado o "Cada verano la llevo a ver el mar", donde uno de nuestros cuerdos personajes venga a una pobre mujer víctima de los malos tratos. En este mundo al revés, no falta la ironía, tampoco las tramas detectivescas, pues Poe ocupa sus ratos entre cerveza y cerveza haciendo ingeniosas averiguaciones para la policía, como es el caso de "El albañil cósmico" o "Una bola de cristal de las buenas".

La acertada construcción de estos relatos, la valentía a la hora de definirlos y presentarlos y la efectividad de los ambientes creados a lo largo de una obra muy unitaria, hacen de este libro una interesante lectura y un hito importante en la trayectoria de Salem, trayectoria, por otra parte, que parece estar consolidada. La creatividad de los argumentos, la variedad de estilos, la habilidad a la hora de plantear situaciones extremas y desconcertantes y hacerlas pasar por normales, hacen que ello no sea extraño.

librorelatospablolorente.blogspot.com

miércoles, 22 de diciembre de 2010

lunes, 20 de diciembre de 2010

Un regalito de Navidad

El siguiente relato fue publicado hace unos meses en l
a revista OTROTIPO. Usé para inspirarme en los personajes de esta trama negra con ecos clásicos (y un poco de erotismo, que con este frío viene bien), a dos tipos que aprecio y admiro como escritores y como amigos: Pedro de Paz y Jerónimo Tristante. El policía se basa en Pedro, y El Lobo en Jero. Tarea difícil, ya que los dos dan más el timpo delincuentoide...
Las ilustraciones son del GRAN GRAN Daviz del Reino, alias El Arrugao.




¿Quién mató al lobo feroz?



Avancé con el coche por el camino privado durante medio kilómetro y sólo entonces pude ver la mansión. Detrás, el parque natural que limita con la propiedad parecía pedir disculpas porque sus árboles no se veían tan pulcros como los de sus vecinos ricos. Las luces de todas las ventanas estaban encendidas y delante del porche conté tres coches. Ninguno oficial. Mejor, pensé. Me gusta llegar a la escena del crimen antes de que los de la Científica, envenenados con tanta serie de televisión, lo llenen todo de letreritos amarillos y sustancias pringosas. De algo tenía que servirme ser el único policía de Homicidios que sólo trabaja en el turno de noche.
Toqué el timbre aunque la puerta estaba entornada y abrió “La abuelita”. Tenía que serlo: la llamada la había hecho una muchacha denunciando que intentaron matarla a ella y a su abuelita. Y la mujer que me observaba no tenía pinta de nieta. Tampoco de abuelita. Aparentaba treinta y pocos años y sólo vestía una corta bata de seda negra que se untaba en su cuerpo. Le mostré la credencial y traté de mirarla sólo a los ojos. Casi lo consigo.
—¡Ha sido horrible! —dijo ella mientras me abrazaba— ¡Ha sido horrible!
—Quisiera ver el lugar en el que ocurrió, por favor.
La seguí por escaleras amplias y sin barandillas, mientras la bata negra bailaba delante de mis ojos. Para pensar en otra cosa, pregunté si el personal de servicio seguía en la casa.
—Es martes, tienen día libre —me dijo como si esa información figurase en el BOE y yo estuviera obligado a saberlo.
Seguimos por un ancho pasillo alfombrado hasta desembocar en dormitorio interminable. El suelo y techo eran blancos, revestidos de un material de apariencia suave. Los espejos que cubrían los muros extendían el espacio, y completaba el efecto la enorme cama blanca, en la que media docena de personas que se odiaran podrían dormir sin tocarse. Aunque no era eso lo primero en lo que uno pensaba al ver ese lecho.
Y en el centro de la cama, estropeando tanta blancura, el cuerpo de Jerónimo El Lobo Tristante, desnudo y definitivamente muerto.


Avancé hacia él. Tenía los ojos azules abiertos como si no acabara de creerse que la fiesta había terminado. No soy forense, ni lo quiero ser, pero hubiera apostado una caja de balas de plata a que la causa del deceso había que buscarla en el tajo limpio que le cercenaba el cuello
Detrás de mí, la Abuelita emitió un ruidito agudo. Giré y vi que caía hacia mis brazos, con los ojos cerrados. Di un paso al costado y la dejé completar la trayectoria, hasta quedar de bruces, medio cuerpo sobre la cama, la bata insuficiente y nada más debajo. Quedó inmóvil, con la respiración agitada. Me acerqué y tomé el pie de El Lobo, lo levanté y lo desplacé hasta que tocó el brazo de la Abuelita. Ella ronroneó, suponiendo que era mi piel lo que tocaba, pero de pronto comprendió, abrió los ojos y se le pasó el desmayo. Se sentó en el borde de la cama, lo más lejos posible del cadáver, y trató de cubrirse con la bata, que no estaba pensada para tal fin.
—Tengo toda la noche para jueguecitos, señora —le dije mientras encendía un cigarrillo, aunque no había ceniceros a la vista —.Pero usted no. En quince minutos, llegarán mis compañeros. Y ellos sólo verán que tiene un muerto en su cama. Creo que le conviene contarme qué ocurrió.
Presionó un botón invisible al costado de la cama y un panel se deslizó en silencio, dejando al descubierto un surtido de licores que hubiera provocado la envidia del barman de Los tres cerditos, el bar en el que El Lobo Tristante y yo solíamos cruzarnos como pasajeros de la noche. Comprendí lo que quería la Abuelita y deslicé la mano frente a las botellas, hasta que un gesto imperceptible de ella me indicó sus preferencias: ginebra Hendricks. Le serví un vaso generoso, con tres cubos de hielo y se lo alcancé. Sacudí la cabeza y me puse una buena ración de un bourbon importado. Al diablo con los tópicos sobre policías que no beben estando de servicio. Lo necesitaba: El Lobo estaba muerto sobre la cama y había sido mi amigo. O algo parecido.
La Abuelita bebió un largo trago y empezó a hablar:
—Ya lo explicó todo mi nieta cuando llamó a la policía: él entró con engaños, me violó e hizo lo mismo con ella. Luego intentó matarnos y…
Saqué el móvil y empecé a marcar un número:
—¿Qué hace?
—Llamo a los de la Científica para que traigan también a un informático Apostaría a que este tinglado erótico-tecnológico incluye por lo menos cuatro ocultas, y aunque hayan borrado la grabación, siempre se puede recuperar. ¿Lo sabía, señora? Vamos, que la violación habrá quedado registrada…
Tomo un trago e hizo un gesto con la mano. Guardé el móvil en el bolsillo.
—Tiene razón. inspector…
—Puede llamarme Pedro.
—No fue exactamente una violación. Llegó a eso de las siete preguntando por mi nieta. Ella había avisado que vendría a cenar un ex -profesor suyo.
—¿No le extrañó que su nieta tuviera un amigo cuarentón?
Encajaba. Entre otras cosas, El Lobo Tristante era profesor de instituto. Aunque en comisaría muchos compañeros llevaban años intentando cargarle toda clase de delitos, la única actividad “ilegal” que le conocía era aprovechar la ausencia de ciertos policías para tener líos con sus mujeres. No sabía que le fueran las jovencitas, pero era típico en él intentar una función doble intergeneracional con la nieta y la abuela. Y más con una Abuelita como esa.
Ella me contó que a poco de llegar el Lobo recibió un sms de su nieta advirtiendo que se retrasaría unas horas, y que en su papel de anfitriona le ofreció algo de beber y comenzaron a charlar.
—Era un hombre simpático —dijo—. No dejaba de bromear y contaba con gracia los chistes más groseros. Una cosa fue llevando a la otra y…
Típico del Lobo. Las chicas de Los tres cerditos solían regalarle favores porque las hacía reír. A mí me lo hacían gratis porque yo era policía y también porque siempre estaba triste. Eso decían ellas. A Práctico, el mayor de los trillizos dueños del local, no le hacía gracia nuestra amistad, pero a las chicas les encantaba vernos llegar y siempre bromeaban con lo de Pedro y El Lobo.
—Veo que la inmovilizó —comenté mirando las marcas en sus muñecas.
—En realidad —se ruborizó la Abuelita— , eso fue parte del… juego.
Distinguí, blancas ocultas en el blanco, las cuerdas de apariencia suave y firme que salían del cabecero y los extremos de la cama.
—¿En qué momento el juego dejó de serlo, señora?
—Faltaba mucho para que regresara mi nieta y él me dejó atada, “para que no te me escapes”, bromeó. Y preparó un par de daiquiris de frambuesa. Bebí un poco y me dormí. Supongo que me echó algo en la bebida… Desperté en quince minutos —señaló on la cabeza el reloj de números blancos que formaba parte del muro—, y escuché esos ruidos horribles: muebles volcados, disparos, rugidos y… los gritos desesperados de mi nieta. Luego me enteré de lo que había ocurrido y fue que…
—Sólo lo que vio en persona —la corté— ¿Puedo hablar con su nieta?
La Abuelita se puso de pie y la bata resbaló por su hombro izquierdo:
—¿Es necesario hacerla revivir todo ese horror, inspector? Yo le estaría muy, muy agradecida si…
Ejecutó un hábil movimiento con el hombro cubierto, que hizo deslizar la bata por su cuerpo y quedó desnuda. Giró exhibiendo el premio ofrecido a mi colaboración. Volví a preguntarme cuántos años tendría la Abuelita, porque sin ropa no parecían muchos más de treinta. Aproveché que seguía exhibiéndose para comprobar que no se apreciaban mordiscos en su piel. Levanté la bata del suelo alfombrado y se la alcancé.
—Tal vez en otra ocasión, señora. Trataré a su nieta con delicadeza.
Se resignó y me guió hasta la cocina. Por el camino desveló el misterio de su edad. No era la abuela carnal de la muchacha, sino la última mujer de su abuelo, un empresario valenciano fallecido cinco años antes. La chica vivía con ella desde la muerte en accidente de aviación de sus padres, agregó, y pensé que eran demasiadas muertes para una familia con tanto dinero. Puede que los ricos lloren, pero suelen vivir más que los pobres.
En la cocina, cuya superficie triplicaba la de mi piso, nos esperaban la nietecita y un tipo con pinta de leñador ecologista o viceversa. El leñador resultó llamarse Antonio Leñador y era guardia en el parque nacional vecino a la finca. El salvador de las dos mujeres indefensas se miraba las manos como si buscara en ellas manchas de sangre que sólo él podía ver. Es normal que eso ocurra, la primera vez que matas a alguien.
En cuanto a la nietecita, no retuve su nombre irlandés, porque luego podría leerlo en el atestado, y porque desde la primera mirada supe que ella, para mí, se llamaría Caperucita.
Las batas cortas de seda era un uniforme en esa casa, aunque la de Caperucita lucía color rojo brillante y no dejaba mucho a la imaginación. También era rojo su pelo cortado en melena y con raya al medio, hasta darle el aspecto de una capucha bermeja. Los ojos eran de un verde que debería estar prohibido y preferí pensar que era mayor de edad para no tener que denunciarme a mi mismo por los pensamientos que cruzaron mi cabeza.
Hice salir a Leñador y Caperucita me habló de su amistad con el ex-profesor Tristante. Llevaba tiempo planeando presentárselo a su “Abuelita”, porque estaba muy sola y creyó que congeniarían. A mediodía había quedado a comer en el centro con El Lobo, como hacían una vez al mes, y él propuso realizar las presentaciones esa noche:
—No me di cuenta de que lo tenía todo planeado…
—Sólo los hechos, por favor.
—Perdone. Le expliqué que era el día libre del servicio y él dijo que mejor aún, para que todo fuera más informal. Se ofreció a cocinar para nosotras, era un chef de primera. Entonces, cuando ya había avisado a mi Abuelita que teníamos un invitado, él recordó que tenía que realizar unas gestiones urgentes
y no le daría tiempo a comprar los ingredientes para la cena. Me convenció para que los comprara yo, y acepté aunque eso significaría retrasarme casi tres horas y dar un gran rodeo para volver a casa…
—Pero llegó mucho antes de lo esperado.
—Sí. No pensaba ir de mercado en mercado, como una maruja. Así que compré lo necesario para un aperitivo, hice que lo metieran en una cesta de pic nic, y el resto de los ingredientes los encargué por teléfono a una tienda de delicatessen, para que los trajeran hasta aquí.
Sollozó y sentí ganas de consolarla.


—Cuando llegué, me llamó la atención ver el coche de Jerónimo. En el salón había vasos y bebidas, pero ellos no estaban, así que pensé que…
Se sonrojó, pero siguió:
—Escuché ruidos en el estudio de Abu. Entré y lo vi, desnudo y fuera de si. Intentaba abrir la caja fuerte. Cuando me descubrió comenzó a zarandearme y me exigía que le diera la combinación. Le dije que no la conocía y me contó que había drogado a Abu para conseguirla, pero la serie de números que ella le dio no servía. Nunca lo había visto así, me amenazó con una pistola, me arrancó la ropa y me…, usted ya sabe lo que quiero decir.
Me dije que además de daiquiris de frambuesa, el profesor pelirrojo se habría preparado un buen cóctel de pastillas azules, porque según las chicas de Los tres cerditos, ya no estaba para proezas eróticas. Caperucita narraba en tono monocorde todo lo que el Lobo le había hecho y tosí para interrumpirla:
—Tengo que hacerle una pregunta delicada, pero necesaria, señorita: ¿El señor Tristante y usted habían intimado con anterioridad?
Tardó en comprender pero luego contestó con naturalidad:
—¿Qué si me lo había tirado? ¡Por supuesto! Cinco o seis veces, desde que acabé el instituto. Pero eso terminó hace mucho, mucho tiempo, más de dos meses… Ahora sólo éramos amigos.
Sonreí: para las chicas como ella, dos meses eran “mucho, mucho tiempo”. Luego recordé que hay noches que se me hacen interminables y descarté la ironía.
—Continúe, por favor.
—Lo peor vino después. En lugar de calmarse, se enardeció. Dijo que nos mataría a las dos si no conseguía la combinación. Hizo varios disparos al aire y comenzó a rugir, parecía estar transformándose en… otra cosa.
Se abrazó a mí y comenzó a llorar. La bata cayó por su hombro y lo inspeccioné repitiéndome que sólo lo hacía desde el punto de vista profesional. Subí la tela roja para cubrirla de modo que al hacerlo dejé al descubierto el otro hombro. Allí estaba: un mordisco profundo y reciente, que sin embargo parecía cicatrizar ante mis ojos. Le acomodé la bata y la consolé un poco más.
— ¿Qué ocurrió después?
— Escapé y me escondí en el laboratorio fotográfico de Abu, es su hobby, ¿sabe?, pero él pero me encontró. Ya no era el mismo: había crecido y le brotaba pelo rojizo por todo el cuerpo. Me asusté tanto que le arrojé una cubeta del líquido que se usa para revelar y empezó a quemarse, aullaba.
Productos para revelar fotos. Sales de plata.
—Salí corriendo al jardín, desnuda como estaba y fui hacia el Parque, porque sabía que la caseta de los guardas forestales estaba cerca. Él me siguió, tropezando, y traía la pistola en la mano. Por suerte Antonio apareció a tiempo, si no ya estaría muerta…
Cuando terminó de narrar su versión, le recomendé no comentar con los otros policías, cuando llegaran, todo eso de transformaciones extrañas. Asintió obediente y fue a llamar a Leñador.

Ignoraba cómo había sido el carácter de ese muchachote de aspecto sano antes de esa noche, pero estaba seguro de que no volvería a ser el mismo. Hablaba como si le costara comprender lo que había visto y lo que había hecho. Su versión encajaba con la de Caperucita: anochecía cuando escuchó disparos en la mansión, se asomó para ver qué lo ocurría y vio llegar a la muchacha, desnuda y huyendo despavorida. Detrás, una enorme sombra rojiza que la seguía rugiendo y con un arma en la mano, garra o lo que fuera. No parecía humano. Leñador hizo lo que todo héroe en potencia, aferró el hacha y cuando El Lobo estuvo cerca, le cortó el cuello. Luego perdió la noción de los hechos, siguió golpeando y se desmayó.
—Es extraño, señor Leñador —comenté cómo si hablara para mi mismo—. Su versión parece coherente por momentos, pero tiene aspectos un poco… psicotrópicos.
Se derrumbó y admitió que solía aprovechar el anochecer para fumarse unos porros en contacto con la naturaleza. Cuando Caperucita y El Lobo llegaron, ya iba por el cuarto. Rogó que no lo comentara o perdería el trabajo, y le dije que contara con mi silencio, pero le aconsejé que podara de su historia los toques sobrenaturales cuando hablara con mis compañeros.
Antes de marcharme, recorrí la casa. El cuarto de la chica era lujoso pero me sorprendió la variada biblioteca que cubría toda una pared. Revisé los líquidos en el laboratorio fotográfico de la Abuelita, y en el estudio hallé, entre muebles destrozados, las ropas de El Lobo y los jirones de lo que habría sido el vestido de Caperucita. La pistola, me contaron después, apareció cerca de la cabaña de Antonio Leñador.
Cuando estaba por marcharme, la muchacha me detuvo:
—Sé que Jerónimo quería robar y hasta matarnos, pero no comprendo por qué se transformó en esa bestia inhumana. Quiero saber ¿Me ayudará?
La miré a los ojos y le pedí que me diera unas semanas para investigar. Le di el número de mi teléfono móvil y dijo que si la ayudaba a resolver el misterio me quedaría muy, muy agradecida.
Al salir, mi coche casi choca con una furgoneta blanca que tenía la silueta de un chef pintada en los costados. Eran los de la tienda de delicatessen, preocupados porque habían confundido el camino y temían llegar tarde. Les dije que la fiesta, en cierto modo, acaba de comenzar. Detrás venían los patrulleros y el coche de los de la Científica. Pensé que los compañeros, esa noche, tendrían algo más que café recalentado y bocadillos rancios para acompañar la tarea.


****

Un mes más tarde Caperucita me llamó y le dije que había hallado una explicación para el misterio. Me citó en su casa, a las ocho. Intenté cambiar el lugar del encuentro pero ella dijo que podríamos hablar sin testigos, porque su Abuelita estaba de viaje. Después de colgar, comprobé sin necesidad el calendario sobre mi escritorio: era martes, el servicio tenía el día libre.
Admito que estaba nervioso. Cuando trabajas por la noche, sueles perder la noción de los días y tuve la sensación de que sólo habían pasado unos minutos desde la muerte de El Lobo, en lugar de varias semanas. Tampoco ayudó demasiado que Caperucita me recibiera con la misma bata roja de seda que llevaba aquella noche. Me encogí de hombros: igual las tenía por docenas.
Rogó que la disculpara por su atuendo, pero acababa de darse una ducha y le dije que no había nada que disculpar. Pasamos al salón y me ofreció de beber.
—No estaría mal un daiquiri de frambuesa —dije.
—No parece una bebida apropiada para usted, Pedro.
—Tampoco le pegaba a El Lobo Tristante, pero mire por dónde…
—No le caigo bien —dijo ella mientras preparaba los combinados—. Le parece inmoral que me acostara con mi profesor, ¿verdad? Pero es que siempre me gustaron los hombres maduros, como Jerónimo… o como usted. Creo que hay un dicho al respecto: la antigüedad es un grado, o algo así.
Me dio mi copa y se sentó en el sofá, las piernas recogidas bajo la barbilla. La noche avanzaba en el gran ventanal y yo me sentí aún más inquieto. Sobre la mesa baja había tendido un mantel a cuadros rojos y blancos, y en el centro, una cesta de pic nic aguardaba su momento.
Ella dejó su copa sobre la mesa, como si no se hubiera dado cuenta de que la bata ya casi no la vestía. El mordisco era una línea apenas visible en su hombro y la luna asomaba detrás de los árboles del parque. Empecé a sudar.
—Supongo que ha venido por su recompensa, inspector De Paz. Y se la daré con gusto… aunque ya no necesito que me explique nada.
Bebí un trago del daiquiri de frambuesa y me pregunté cómo podía gustarle eso a El Lobo.
—Lo imaginaba, Caperucita. Pero los hombres de maduros tendemos a volvernos obsesivos y nos gusta terminar el trabajo, porque a menudo no tenemos más que eso. Mi trabajo es averiguar cosas y eso he hecho.
—Por mí, no se prive —murmuró ella sin apartar los ojos del ventanal.
—Sólo tengo una duda: ¿Por qué un plan tan complejo, no hubiera sido más sencillo provocar un accidente, como con sus padres?
Ella se sobresaltó pero recuperó la compostura. Detrás de los árboles, la luna anunciaba su brillo blanco.
—Hablamos por hablar —dijo—, no se puede demostrar nada. El mecánico que arregló el avión de papá se volvió ambicioso, quería más dinero y más… —con la mirada señaló su cuerpo y con una mano tiró de la cinta de seda que sostenía la bata. Ahora podía ver todo aquello de lo que el mecánico quería más. Y era mucho. Mi mano comenzó a temblar un poco. Me desnudé sin dejar de mirarla y Caperucita disfrutó de su victoria al ver el efecto que provocaba en mí. Pero en lugar de saltar sobre ella, como esperaba, tome mi copa de la mesa y volví a sentarme:
—Así que para liquidar a su Abuelita optó por buscar un cómplice que no conociera todo su plan, sino sólo una parte.
Bostezó y se estiró en el sofá. Estaba ganando tiempo y yo lo sabía, pero me costaba apartar los ojos de su cuerpo. La línea del mordisco en su hombro se volvió más oscura y parecía latir.
—Jerónimo estaba loco por mí, le dije que con las joyas que guardaba Abu en la caja fuerte podríamos vivir para siempre en una isla paradisíaca…
—Pero no le contó que planeaba matarla a ella, echarle la culpa, y simular que lo había asesinado en defensa propia… Aunque que las cosas no salieron como esperabas, Caperucita…
Sonrió dulcemente. Como una niña perdida en el bosque:
—Con el abuelo bastó una sobredosis de medicamentos, pero ahora era diferente. Y no pensé que Jerónimo fuera tan blando. Puso en la copa de Abu menos droga de la que le indiqué, por miedo a matarla. Y no logró arrancarle la combinación correcta de la caja fuerte. Si hubiera llegado a abrirla, todo resultaría más creíble. Aunque, en realidad, nunca planeé robar las joyas… ¿Para qué, si todo sería mío legalmente?
—Pero cuando llegaste una hora y media antes, él descubrió tu plan…
—Qué va. Estaba muy nervioso, decía que se hacía de noche, que tenía que huir… Me costó tranquilizarlo, pero recurrí al viejo truco horizontal, y cuando el viejo quedó exhausto, me disponía a liquidarlo, pero…
—Pero ocurrió lo único que no esperabas.
—¿No quiere su premio ahora, inspector Pedro de Paz? Pronto será tarde y me temo que usted ya lo sabe…
—Puede. Pero como dijiste hace un mes, necesito saber. ¿Lo de Leñador fue una improvisación? Por que en ese caso, tu capacidad es admirable…
—Me lo vengo tirando desde que tenía quince años y conozco sus costumbres. Por eso, cuando Jerónimo empezó a transformarse, huí hasta donde estaba él, porque mientras el tonto de Antonio se hacía el héroe y el otro lo mataba, tal vez yo podría escapar.
—¿Y lo del líquido con sales de plata?
—Pura casualidad. En ese momento, lo que yo menos podría imaginar era que Jerónimo…
—Pero enseguida comprendiste. He visto tu biblioteca y sabes bastante de temas sobrenaturales… ¿De dónde sacaste el cuchillo de plata? Un hachazo sólo deja fuera de combate a un hombre lobo por unos minutos…
Sonrió con dulzura y comenzó a ponerse de pie:
—Ay, inspector. Se nota que viene usted de cuna humilde. En casas como ésta, toda la cubertería es de plata. Cuando entendí lo que pasaba, dejé sin sentido a Antonio de una pedrada, corrí hasta la cocina, busqué el cuchillo más grande y sólo tuve que repasar el tajo del hacha y adiós hombre-lobo. Ninguno de los dos se enteró de nada. El pobre Antonio quedó tan trastornado por haber matado a Jero, que está ingresado en un psiquiátrico. El mejor, desde luego. Me ocupé de que lo traten bien.
—¿Tu Abuelita regresará viva de este viaje?
—Desde luego. No soy tonta. Es un fastidio, pero tendré que dejar pasar un tiempo antes de ocuparme de ella.
Bebí lo que quedaba de mi copa procurando no mirar hacia el ventanal el en el que la luna asomaba invicta sobre los árboles. La luna llena.
—Tenías todo bajo control, salvo una cosa…
—Sí. El mordisco. Cuando pude releer mis libros sobre el tema, todo fue sumar dos más dos. Al principio me asusté, pero luego empecé a esperar con impaciencia la próxima noche de luna llena. Que es esta.
Se acercó al ventanal, estiró los brazos y las piernas y dejó que la luz de la luna bañara su cuerpo:
—No se moleste en buscar en la cesta de pic nic, inspector. Esta vez no la usé para ocultar la pistola. Ya no necesito armas ni las armas pueden dañarme. Le advertí que cobrara su premio cuando aún tenía tiempo…
—Lo haré —dije.
Supongo que fue mi voz, repentinamente ronca, lo que la alertó. Se volvió,recortada por la luna. Me miró sorprendida.
—Tenías razón sobre el dicho, Caperucita: la antigüedad es un grado. Y no sólo para los hombres. También para los hombres-lobo. Y las mujeres-lobo.
En más de treinta años de licántropo, fue la única vez en que no me dolió la transformación. Ella sacudió la cabeza tratando de comprender y estuve a punto de explicarle que la primera vez que te transformas después del mordisco inicial, el proceso tarda varias horas. Pero no le dije nada porque de mi garganta ya no salían palabras, sólo rugidos. Me vi reflejado en el ventanal, cubierto del pelaje renegrido que tanta gracia le causaba a Jerónimo, y pensé vagamente en aquella noche en que nos conocimos, en Los tres cerditos, durante una reunión de Licántropos Anónimos, y en el apoyo mutuo que nos habíamos brindando durante años para vencer nuestra adicción. Pensé también en que todo ese esfuerzo se había ido al garete por culpa de esa niñata que ahora temblaba de terror, y en que el mal no es exclusivo de los que padecemos una maldición. Después no pensé en nada, porque todo fue rojo y desgarro. y muerte.

Con un débil vestigio de conciencia logré frenar mi impulso de huir al bosque cuando todo acabó. Sabía que ella habría tomado los recaudos para que nadie viniera a la casa hasta el día siguiente.
Así que me dormí a su lado y desperté al amanecer, evitando mirar en qué se había convertido la dulce Caperucita. Me di una larga ducha para quitarme su sangre y al volver a vestirme me sentí limpio y satisfecho.
Antes de marcharme desconecté los discos duros del sistema de cámaras y me los llevé conmigo.
Mientras me alejaba por la autovía me prometí volver pronto para consolar a la Abuelita. Pero lo haría de día.
Y tal vez dentro de dos meses, un martes de luna llena, le haría una visita nocturna.
Aunque quién sabe: como decía Caperucita, dos meses es mucho, mucho tiempo.

Carlos Salem

Dos "vacunas" contra la fiebre navideña

Se vienen las fiestas con su habitual carga de encuentros, brindis, sobrinos molestos, cuñados asesinables, cuñadas deseables e inaccesibles, tías solteronas y discusiones políticas a ambos lados de trincheras de lombarda.
Nada podemos hacer contra la crisis económica, pero sí proporcionarte un antídoto previo contra esta enfermedad sobre la cual la OMS calla cobardemente y ni siquiera Wikileaks se atreve a publicar ni un tímido sms.

El tratamiento se aplica en dos dosis:
El martes 21 y el miércoles 22 de diciembre, en Diablos Azules,
(Apodaca, 6 - Metros Tribunal y Bilbao)
con sus respectivas jam session de poesía minificción.

A las dos tomas puedes acudir con tus poemas (3 máximo, el martes) y tus microrrelatos (no más de 3 folios en total, el miércoles)
Y no es necesario venir en ayunas.

Para reforzar el efecto de la medicación, ambos días contaremos con la presencia de especialistas.
Así que ya sabes: si no quieres que esta fiestas te aruinen la fiesta,
te esperamos a partir de las 21.00 horas.



Luna Miguel nació el 6 de noviembre de 1990. Estudia Periodismo en la URJC. Trabaja como lectora editorial, como columnista en el diario Público desde agosto de 2009 y ha colaborado en medios como ACL Radio y La Voz de Almería y en revistas como Quimera, Vice, Shandy, Madriz, y Koult.

Sus poemas, traducidos al inglés, francés, portugués y ruso, han aparecido desde 2001 en algunos espacios, entre ellos: Salamandria, El coloquio de los perros, Los Noveles, Espacio Luke, El maquinista de la generación, 3AM Magazine, The Srcrambler, o La bolsa de pipas.

Ha sido antologada en las publicaciones El Jaiku en España (Hiperión, 2003), La casa del poeta (Sloper, 2007), Y para qué (+) poetas (Eppur, 2010), Pájaros raíces, en torno a José Ángel Valente (Adaba 2010), y Almanaque poético. 12 poetas para un año. (El Gaviero Ediciones, 2010).

Es autora de los cuadernos Menú de sombras (Banderines Zaguán, 2006), Síntomas (La Bella Varsovia, 2008), Proceso (Vitolas Anaïs, 2009), y Cruzo un desierto (CAIN, 2010).
También ha publicado los poemarios Estar enfermo (La Bella Varsovia, 2010) y Poetry is not dead (DVD Ediciones, 2010); y la micro novela Exhumación (Alpha Decay, 2010) coescrita con Antonio J. Rodríguez.

Ha prologado los diarios de Félix Francisco Casanova Yo hubiera o hubiese amado (Demipage, 2010) y dirije la edición de la antología Las Hermanas de Monelle en la que participarán las poetas Ruth Llana, Marta Echaves, Laura Rosal y Marina Ramón-Borja con un prólogo de la autora argentina Natalia Litvinova.
En 2010 ha sido galardonada con el Premio Andalucía Joven en la modalidad de Arte como un reconocimiento a su breve trayectoria literaria y profesional.



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Manuel Espada (Salamanca, 1974), es Licenciado en Periodismo y Máster por RNE.
Lleva doce años trabajando como guionista en diversos programas y series de RNE, TVE, Antena 3, Telemadrid y Telecinco.
También ha escrito el cortometraje “El tercer día”, y la obra de teatro del mismo nombre.
Ha ganado el premio de micros Relatos en Cadena de la SER, el Premio Internacional Lenteja de Oro de la Armuña, el Premio Villa de Ermua, el Villa de Alcorisa y el de la editorial Grupobuho, gracias al cuál pudo publicar su primer libro de relatos “El desguace”.
Recientemente ha publicado el libro de relatos “Fuera de temario” con Editores Policarbonados y en breve publicará un libro de micros titulado “Zoom. Ciento y pico novelas a escala”, con la editorial Paréntesis.
Habitualmente escribe en su blog “La espada oxidada”.

jueves, 9 de diciembre de 2010

En directo y en diferido



Si te gusta escribir o leer microrrelatos, ven el miércoles 15 a Diablos azules. EL TAMAÑO SI QUE IMPORTA. Participa en los concursos de imporvissación, leer tus relatos y disfruta del Narrado Invitado. Esta semana: NICOLAS MELINI

(Y si vives fuera de Madrid y no puedes venir, envías tus minificciones a siqueimporta@gmail.com, que las leeremos en directo.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Esta noche, en la Sala Triángulo




Acompañado por algunos de mi amigos poetas, los más valientes, presentaremos Memorias Circulares del hombre-peonza"

Si quieres pasarte por allí... te esperamos.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Premio "París Noir" de Novela para "Nager sans se mouiller" ("Matar y guardar la ropa" en francés)




El jurado del Festival Europeo de Novela y Cine Negro "París Noir", formado por Catherine DIRAN (écrivain, directrice littéraire Paris Noir); Nathalie BEUNAT ( éditrice);Herve DELOUCHE (813); Stephane ALLEGRET (journaliste et scénariste); Marc FERNANDEZ (écrivain et journaliste), decidió anoche en París otorgar el premio a la mejor novela negra a "Nager sans se mouiller", versión francesa de "Matar y guardar la ropa", editada en Francia por Actes Sud.

El vídeo lo debo a la cortesía de mi amigo Sebastién Rutés. Al verlo creo que deberían haberme dado el premio a la peor pronunciación en francés de la Historia...


GRACIAS A TODOS LOS AMIGOS QUE PASARON ESTOS DÍAS CON LOS DEDOS CRUZADOS!!!!

viernes, 5 de noviembre de 2010

Yo pienso de que: El arte de esquilar ovejas

Paradojas de la moderna vida ibérica: mientras faltan sólo unas semanas para que entre en vigor una nueva ley anti-tabaco que prohibirá fumar hasta bajo el agua, los que se arrogan el derecho a pensar por nosotros nos ahogan con sucesivas cortinas de humo. Fumadores pasivos de esos puros mediáticos (o como coño se diga), tenemos que tragar. “Porque si no tragas te pones en contra a las corrientes de opinión pre-cocinada y ya sabes cómo te puede ir”. Así me lo han dicho unos cuántos en estos días.
Pues no trago.
Esta vez no.
El escándalo montado en torno a una frase contenida en un libro en el que Fernando Sánchez Dragó y Albert Boadella narraban batallitas, se aviva artificialmente con peticiones para que intervenga el Defensor del Menor, y a este paso acabarán solicitando castración o cosas peores (si es que existen), en nombre de una supuesta protección de la infancia.
Se marea la perdiz (¿cómo sabrá una perdiz mareada, debo escribirle a Ferrán Adriá, que seguro que lo probado en su laboratorio) para que no pensemos en lo que se viene, en lo que ya está aquí, en el hecho de que ni los que están ni los que quieren estar tienen la menor idea de los pasos a seguir para sacarnos de la crisis.
No hace mucho, cuando el garrulo del alcalde de Valladolid dijo lo que dijo sobre Leire Pajín, tuvo su justo merecido…, durante los dos primeros días. El resto, todo lo que siguió y sigue, es cortina de humo. Como lo de los apellidos y el lugar de colocación, en un país en el que siguen muriendo mujeres según la asquerosa costumbre de la maté porque era mía. Como lo que se inventarán unos y otros pasado mañana, cuando ya no se pueda seguir ordeñando la teta del “caso Dragó” (es una metáfora, pobre pero metáfora, ¿eh?); como todos esos fueguitos de madera mojada que se encienden para distraernos de la aterradora verdad: aquí, si nos descuidamos, teminará gobernando Belén Esteban, si es que no gobierna ya, en cierto modo.
¿Quiere esto decir que estoy a favor de la descalificación machista de ministras o de las relaciones sexuales con menores de edad? Pues no, no estoy a favor, pero si achinamos los ojos y miramos entre el humo, veremos a un puñado de tecnócratas que consultan el manual sobre El arte de esquilar ovejas, mientras van echando leña verde al fuego de la tontería general.
Y en el caso de Sánchez Dragó, detrás de los vendedores de humo, los cazadores de brujas recargan sus mecheros.
El escritor ya ha declarado que lo que dice en el libro no ocurrió, que se dejó llevar por el calor de la charla y por el juego con Boadella a ver quién tenía la vida más larga y más golfa. De alguna manera se buscó el primer escándalo (ya sabes en qué país vives, Fernando), aunque los supuestos hechos ocurrieran en 1967. Pero lo que ha seguido después es humo de otra hoguera, que tiene como combustible esa profunda vocación futbolera con que entendemos la política.
Hay mucha gente a la que el escritor le cae mal, porque no sabe pasar inadvertido ni callarse la boca.
También hay mucha gente a la que le cae bien, por los mismos motivos.
Ambos grupos merecen mis respetos. A los que no entiendo es a los autómatas del pensamiento, que gritan a favor o en contra según su color (¿?) político, porque sospecho que si el protagonista del follón hubiera sido otro, otra sería su reacción.
Lo que aquí se cuestiona es la libertad para fabular, decir y, si me apuran, pensar lo que a uno le salga de las meninges. Muchas de las grandes obras de la literatura no podrían escribirse hoy sin exponerse el autor a la pública lapidación a cargo de l@s adalides y adalidas de la corrección política, l@s mism@s que miran hacia otro lado cuando escuchan gritos en la casa del vecino. En Facebook y otras hamburgueserías del pensamiento se multiplican los grupos y las quejas sobre una trola literaria de un escritor que desayuna cada mañana con la controversia, mientras hace unos mese Save the Children informaba que los españoles estamos en el Top Ten del turismo sexual con menores. Y eso ocurre en 2010, no en una anécdota ficticia fechada hace 43 años.
En la actualidad, el leñador que se carga al lobo en Caperucita roja sería acusado de brutalidad con los animales, Alí Babá denunciado por los cuarenta ladrones por escuchas ilegales (remember Garzón), y el tal Héctor Oliveira, jugador de Rayuela, iría al talego por omisión de socorro en París para con un niño llamado Rocamadour.
Y más de uno aplaudiría esas medidas ejemplares, comentando que ya era hora de que alguien pusiera freno a esos modernos bufones, los escritores; para luego proponer el empalamiento del vecino de 4º izquierda, por no reciclar correctamente la basura. Y es que, como revela el estribillo de una canción del grupo argentino Bersuit Bergarabat, “no hay nada menos ecológico que un infeliz”.
En fin, que siga el circo.
Y mientras tanto, los cazadores de brujas afilan sus estacas.
Porque después de los brujos, llegará el turno de las ovejas.

Carlos Salem

jueves, 4 de noviembre de 2010

El hombre que no leía novelas históricas




Desconfío, por sistema, de las novelas que intentan contarme la Historia como si fuera una historia. Desconfío aunque las escriba un amigo, como es el caso del autor de El hombre que mató a Durruti, acaso porque soy un defensor de la poco admitida teoría de que la realidad imita a la ficción, y demasiadas novelas históricas facturadas para el consumo rápido, demasiados placebos literarios al estilo de la perniciosa serie televisiva Águila Roja, fundamentan la conclusión de que lo que suele buscarse no es ni facturar una buena novela ni desvelar misterios históricos, sino forrarse y punto (lo que por otra parte no constituye delito alguno y es lo que todo novelista desea, aunque en público lo neguemos).
En el caso que nos ocupa, Pedro de Paz podría haber optado por muchos caminos, pero eligió el mejor, el que -aparte de un premio a la primera novela que escribía, ahí es nada- no le depararía fama galáctica ni millones de fans con rulos y tiempo de sobra para suspirar imaginando a su comandante Fernández Durán en cueros o al teniente Alcázar seduciendo espías enemigas. No. El autor juega con éxito a la contención y acierta, al ofrecer un marco histórico bien documentado pero nunca tedioso, se vale de los datos y las imágenes que tenemos en mente tras décadas de películas y series que tratan sobre la Guerra Civil, pero no depende de ellos para contar su historia. Al mismo tiempo, sin golpes de efecto ni acumulación de tics, construye unos personajes (en especial los dos citados), definidos, reconocibles y -lo que es más difícil- creíbles. Esto resulta condenadamente complejo en un texto en el que el verdadero protagonista está ausente todo el tiempo, ausente y muerto es su misterio. De Paz lo consigue usando las herramientas del buen novelista, dejando que los personajes fluyan dentro del rígido marco de un estamento militar y una situación política en la que nadie quería sacar los pies del plato o hablar de más. Y es dentro de ese esquema que la novela se vuelve fascinante y muy creíble: no se habla del miedo a perder que tienen todos os personajes, pero se siente.
Puesto a poner alguna pega a la novela, ahí va una ridícula: se hace demasiado corta. Uno se queda con ganas de más, y eso indica que el libro funciona más allá del anzuelo histórico de un personaje mítico como Durruti. El balance que hace el autor entre las dos materias a tratar (las diferentes hipótesis sobre la muerte del legendario dirigente anarquista y la investigación ficticia), es ejemplar y acaso uno de los secretos de este texto.
Mención aparte merece la pareja detectivesca, que aquí asoma y con fuerza pero sin estridencia, y que pide a gritos nuevas apariciones, más extensas y aprovechando el buen control que tiene el autor sobre la época narrada. Eso, o casos posteriores a la contienda, fechados en esa segunda vida que tiene el comandante Fernández Durán y que pese a estar sólo apuntada en el texto, incita a saber más.
En resumen, que El hombre que mató a Durruti me obliga a examinar y poner en cuarentena mis prejuicios automáticos hacia las novelas históricas. Al menos, si las escribe Pedro de Paz.

Carlos Salem

miércoles, 3 de noviembre de 2010

RAYUELA 5 NOVIEMBRE




El viernes comienza en DIABLOS AZULES (Apodaca, 6)
el único programa de radio que no sale en antena ni internet,
una revista literaria sin papel si web...

MOTEL RAYUELA (Albergue Transitorio Literario),

presentado por Marcelo Luján y Carlos Salem.

Invitados de lujo para la primera emisión que no se emitirá por sintonía alguna:
SEBASTIAN ABAD y RODRIGO GALARZA.
21.00 HORAS.

martes, 26 de octubre de 2010

HOMBRE PEONZA TAPASYFOTOS

El viernes 29 de octubre,
a las 21.30 horas en TAPAS Y FOTOS,
(Calle Doctor Piga, 7, Metro Lavapiés),

presento mi nuevo libro de poemas
"Memorias circulares del hombre-peonza"
(editorial Ya lo dijo Casimiro Parker),

que cierra la trilogía "Poemas al otro lado de la barra".

Te espero
salvo que, como suele ocurrir,
te llegue este mensaje y vivas a miles de kilómetros)
Gracias.



jueves, 21 de octubre de 2010

Reseña de Yann Le Tumelín








Carlos Salem se met à nu

Carlos Salem était présent à Toulouse le week-end dernier pour le festival des littératures policières. Il a fait tatouer sur son avant-bras le titre de son premier roman, il porte le bouc, la moustache et un bandeau sur la tête. Comme ça, il ressemble à un pirate. Probablement un rêve de gosse, qu'il prête d'ailleurs à Juan Juan Perez, son personnage de Nager sans se mouiller.


Dans la "vie civile", Juan est un petit employé timoré et sans relief, quadragénaire et divorcé. En réalité, Juan est Numéro Trois, un tueur à gages, très doué par dessus le marché.
Alors qu'il s'apprête à emmener ses enfants en vacances sur la côte, on lui confie un contrat, et voilà comment il se retrouve dans un camp naturiste, avec pour cible... son ex-femme !
Dit comme ça, ça ressemble à une grosse blague et on se dit qu'on va bien rigoler. Et on rigole, pas de doute là-dessus, mais pas seulement.

"Vous, Juan, confronté à une situation inconfortable comme celle que vous vivez et à un âge que j'envie mais qui est pétri de doutes, au lieu de simplement réfléchir à ce qui vous arrive, vous écrivez une histoire. Dans votre tête, mais vous l'écrivez. Et il y a tout dedans : la culpabilité, votre mariage détruit, la séparation d'avec vos enfants, et même la perspective d'un nouvel amour qui serait votre rédemption. Le reste, le métier de tueur à gages, la trame de l'intrigue, vous sert à ne pas trop vous attarder sur une réalité qui se peint toujours, toujours en gris."
Tout est dit.

(Texto íntegro en:)
http://moisson-noire.over-blog.com/article-nager-sans-se-mouiller-carlos-salem-58905837.html

lunes, 18 de octubre de 2010

Reseña de Jean-Marc Laherrére


http://actu-du-noir.over-blog.com/article-carlos-salem-nage-sans-se-mouiller-59096710.html

Carlos Salem nage sans se mouiller.



Parmi les invités de TPS version 2010, il y avait un auteur qui avait marqué le salon 2009, l’inoubliable Carlos Salem. Coup de chance, son second roman traduit en français venait juste de sortir : Nager sans se mouiller. Après le délirant mais très cohérent Aller simple, ses lecteurs l’attendait au tournant. Mais ils n’étaient pas au bon tournant ! Loin du délire contrôlé du premier roman, ils ont droit ici à un polar pur jus, dans les règles (des règles un peu revues quand même).
Je m'appelle Juanito Perez Perez. Et je suis représentant en papier hygiénique. Quoi de plus banal ? Quoi de plus ennuyeux ? C'est l'identité que connaissent mon ex femme, et mes deux enfants. Pour l'Entreprise, je suis Numéro 3. Je prends mes ordre de Numéro 2. Et j'ai quinze morts à mon actif. Mais là, je compte bien partir en vacances avec mes deux enfants, que mon ex me laisse, exceptionnellement, pour être seule avec son nouveau Jules.



Malheureusement, Numéro 2 me confie une nouvelle mission, compatible avec les vacances prévues. Soi-disant. L'ennui est que je dois loger près de la cible. Dans un camp de nudiste. Et que la cible n'est autre que mon ex. Pour comble, sur place je tombe sur mon ami d'enfance, perdu de vue depuis bien longtemps. Trop, beaucoup trop de coïncidences …



Contrairement à ce que cet embryon de résumé pourrait laisser croire, Carlos Salem s'est assagi. Si, si ! Disons assagi par rapport à Aller simple. Si la situation de départ (et les rebondissements nombreux) sont inattendus, voire rocambolesques, le récit suit par ailleurs une trame relativement classique, parfaitement maîtrisée, et laissant peu (voire pas) de place à l'improvisation. Après tout, on suit une histoire classique dans le polar, celle du tueur aspirant à la retraite poursuivi par ses anciens employeurs.



Trame classique donc, mais revisitée par Carlos Salem. Alors on n'est pas un procédural anglo-saxon, il y a du cul (disons les choses comme elles sont), c'est souvent drôle, mais aussi très souvent émouvant, parfois profond, toujours humain. L’auteur multiplie les références : un des personnages est un vieux monsieur très classe nommé … Camilleri, le tueur, pour s’occuper, lit … Aller simple, il y a un juge dont le nom fait furieusement penser à Baltasar Garzon … Bref du Carlos Salem.



Et il y a ce tueur. Loin des psychopathes de service, loin des supermen surentraînés, c’est juste un homme qui fait son boulot. Sans passion mais sans ennui, sans émotion. Un peu comme quelqu’un qui construirait des missiles vendus au Pakistan ou qui mettrait au point des aditifs qui rendent accro à la clope ou à une boisson gazeuse … Rien de personnel, juste un boulot.



Finalement, c’est l’auteur qui parle le mieux de son roman dans les remerciements où il écrit « Tous ceux-là et beaucoup d’autres que j’oublie (pardon) m’aident à poursuivre l’écriture de ces histoires tristes qui font rire les lecteurs ». Je ne saurais mieux dire.



Carlos Salem / Nager sans se mouiller (Matar y guardar la ropa, 2008), Actes Sud (2010), traduit de l’espagnol par Danielle Schramm.

Par Jean-Marc Laherrère - Publié dans : Polars espagnols - Communauté : Le monde du polar