martes, 8 de febrero de 2011
lunes, 7 de febrero de 2011
El Experimento Azul, nº4
Querido Diario:
Como te comentaba la última vez que escribí en tus páginas, he superado la adicción que adquirí por el Ghost Trick desde que Fernando Marías me involucró en lo que ha dado por llamar El experimento Azul. Y lo peor es que nada de esto ha salido en los papeles de Wikileaks, para que veas que con lo importante no se atreven. ¿Qué es el Experimento Azul? Pues un malvado plan consistente en coaccionar a tres novelistas relacionados con el género negro, darles una consola Nintendo DS XL y un ejemplar del citado juego, para comprobar si se puede hacer novela negra en ese formato.
Y vaya si se puede. Desde que empecé a jugar, mi vida se convirtió en una novela, no sólo negra, sino multicolor, invadiendo géneros y reinventándolos, como ocurre en el Ghost Trick.
Para que veas que no exagero, te cuento lo que me ocurrió en el hospital, al que llegué tras el ataque de risa permanente sufrido cuando leí un post de David Torres anunciando que había llegado al final del juego. Él, que necesita instrucciones para abrir la nevera. Como no dejaba de reír, llegó una ambulancia que me trasladó con urgencia al hospital, temerosos los abnegados para-médicos de que hubiera perdido la razón. Lo que perdí fue el sentido, a medias, agotado por la risa incesante. En esa duermevela mis carcajadas sonaban como ajenas, y creí haber atravesado la frontera de la realidad, ya que el espiar al médico con los ojos entornados, juraría que llevaba el pelo igual que el detective fantasma que protagoniza el juego. Y en cuanto a la enfermera que me aplicaba oxígeno, podría asegurar que era la misma pelirroja con coleta que durante cientos de horas habíamos intentado -el detective y yo- salvar de su recurrente tendencia a dejarse matar. Hasta el anestesista delgado y nervioso, que botaba de un lado al otro del quirófano, se me antojaba hermano gemelo del inspector del juego, un tipo raro con complejo de Travolta que oculta algo y estuve a punto de descubrirlo cuando sufrí la crisis.
-Se nos va -dijo el médico y temblé de miedo.
-¿No hay nada que podamos hacer, doctor? -se preocupó la pelirroja..
Abrí un poco más los ojos, sin dejar de reír cada vez que recordaba la baladronada de Torres. El médico y la enfermera no me estaban mirando a mí, sino a la consola Nintendo, que habían dispuesto bajo un foco en la camilla vecina.
-Este animal lleva días sin recargar la consola -dijo el doctor- y la adaptación que le hizo para conectarla a la placa solar que llevaba a la espalda, es una chapuza.
Ella le secó el sudor del a frente mientras el noble hipócrita intentaba salva la consola y yo seguía riendo sin parar.
-Lo hemos conseguido -susurró el médico horas más tarde-. Ha costado, pero la consola funciona otra vez.,
-Es usted un genio, doctor -dijo la enfermera admirada. Luego giró la cabeza hacia mí y murmuró -: ¿Y por él, no podremos hacer nada?
- Por mí, como si se la pica un pollo, después de lo que hizo con la consola...
Y se marcharon, dejándonos a la Nintendo y a mí en sendas camillas. A la consola la habían tapado con una manta. A mí me dejaron desnudo y atado a la camilla.
La sensación de irrealidad se hizo más fuerte, mis ojos enturbiados por las lágrimas que me provocaba la risa. ¿Y si había cruzado el límite, si de verdad estaba ya del lado de la fantasía y no podía volver? Sonreí burlonamente pensando en mi casera, pero no pude disfrutar mucho tiempo de la sensación, porque escuché voces junto a la puerta. Una era la de la enfermera, declarando que mi estado era delicado y no podía recibir visitas. La voz de hombre que le respondió, grave pero tímida, argumentó que sólo serían unos segundos, y lo secundó una voz chillona e impertinente de mujer.
-Mira, guapa, somos periodistas del Daily Planet y tenemos derecho a informar. Me llamo Lois Lane y el palurdo que viene conmigo es Clark Kent, así que déjanos pasar si no quieres que te empapelemos…
La puerta se abrió y pude divisar las dos siluetas.
-No deja de reír, Clark. ¿Tu crees que…?
-Sí, Lois, Me temo que el ciudadano Salem ha sido víctima del gas hilarante del Joker…
-Pobre desgraciado…
-No todo está perdido, Lois. Seguro que Batman tiene el antídoto y no tardará en venir.
-No lo digo por eso, Clark. Es que este tío está desnudo. Y da pena…
- Un poco, sí, Lois.
Y se marcharon, mientras yo le deseaba a Clarkito que Luthor le hubiera frotado sus calzoncillos favoritos con kirptonita y a Lois que la destinaran a trabajar en un diario español, que así se enteraría de lo que bueno.
Riendo, me dormí. Desperté sin dejar de reír y todo estaba en penumbras. Detecté ami lado una presencia que un instante antes no estaba allí. Entreabrí los párpados y divisé la sombra corpulenta y oscura, la presencia nocturna y poderosa que podía salvarme. Su musculosa figura estaba cubierta por un manto oscuro que la hacía confundirse con la noche, ser la esencia misma de la noche, su peligro y también su única opción de justicia, por implacable que fuera.
-Batman, has venido -murmuré agradecido.
-¡Qué Batman ni que murciélago a la parrilla! -dijo soltándome un bofetón que me curó de inmediato el ataque risa-. Soy la hermana Sor Vicisitudes, enfermera de este hospital, y estoy hasta el moño de que siempre me toquen los enfermos más colgados.
Abrí los ojos y, en efecto, era una monja. Con cuerpo de levantador de pesas, pero monja. Con la sombra de una barba cerrada pintando su rotunda barbilla, pero monja. Aunque no era la primera monja que conocía con ese aspecto.
-¿Y todo esto empezó por este aparatito -dijo tomando la Nintendo que se perdió en sus enormes manos -. Ya no saben que inventar, los jodíos…
-Usted no comprende, hermana.
-¡Calla, gandul! Y cúbrete con esta manta las vergüenzas, que en tu caso, más que una frase arcaica casi en desuso, es una descripción piadosa.
Me hice un pañal con la manta mientras Sor Vicisitudes se adentraba en los misterios del Ghost Trick:
-¿Pero esta pelirroja es tonta o qué? ¡Otra vez se ha dejado matar!
-Eso no es nada, hermana. Tengo un amigo que asegura haber llegado hasta el final del juego en sólo unos días…
-Sí, seguro. Y yo soy la novia del Papa, no te jode…
En el pasillo resonó una carcajada histérica que me puso los vellos de punta.
-Hermana, ya sé usted no es Batman, pero… ¿Y si es cierto que el Joker está detrás de esto?
-¡Qué Joker ni qué payaso frito! Ese es el chalado de la 215, un tal David Torres, al que ingresaron hace un rato porque no hace más que repetir que conoce “el gran secreto”… El pobre está como una regadera… Menos mal que lo dejé al cuidado de una enfermera pelirroja muy maja…
-¿Llevaba el pelo en una coleta, era pelirroja?
-No.
-¡Entonces no es una enfermera, es Vanessa Montfort, hermana! Seguro que ella y Torres se han colado en el hospital y quieren robar mi consola, para apropiarse de mis avances en el juego…
-Tú también estás chalado, calvito…
-¿Ya ha llegado a la pantalla en la que la pelirroja muere aplastada por un muslo de pollo gigante? -pregunté con mala intención.
-Sí. ¡Y es imposible salvarla, voto a Santa Sisebuta!
-Yo sé cómo hacerlo…
-¿Tú, piltrafilla? ¿De verdad?
-Y se lo enseñaré si me ayuda a escapar de esos dos.
La monja se irguió en toda su estatura y sacó pecho:
-En un momento lo arreglo. Tú espera aquí.
Regresó cinco minutos más tarde, sacudiéndose las palmas de las manos:
-Asunto arreglado. Tenías razón: esos dos estaban compinchados. Pero pude anestesiarlos y ya están rumbo al quirófano; ella para que le practiquen un aumento de pecho al tamaño de Pamela Anderson, y a él para que la hagan una vasectomía triple. ¿O era el revés? Da igual, nosotros a lo nuestro.
En ese momento, se oyó una explosión, y una carcajada siniestra, diferente de las anteriores. Una voz llenó el silencio, preguntado en tono burlón:
-¿Murciélago, dónde estás murcielaguito? Ven con papi, JA JA JA JA!
Sor Vicisitudes salió por la puerta y luego se escuchó un fuerte ruido de lucha, intercalado con ayes, rugidos y risas histéricas. La puerta se abrió y la monja me dijo con voz ronca:
-Como pille al cerrajero del Asilo Arkham, vamos a tener más que palabras. Era el Joker, nomás. Lo he retenido por un tiempo, pero volverá a la ataque. Pilla la consola, piltrafilla, que nos vamos.
-¿Cómo, donde? -alcancé a preguntar sin comprender nada.
La monja me aferró en sus fuertes brazos y saltó conmigo por la ventana. Cerré los ojos esperando el impacto contra el pavimento, pero sonó una explosión ahogada y sentí un fuerte tirón hacia arriba. Luego me desmayé.
Desperté hace dos días en esta cueva que es bastante confortable, si no tenemos en cuenta la humedad. Batman/ Sor Vicisitudes dice que me dejará marchar cuando el peligro haya pasado, pero yo sé que sólo quiere que le revele el secreto del Ghost Trick. Menos mal que Alfred, el mayordomo, cocina como una madre y estoy recobrando fuerzas. En cuanto a Robin, sé que me odia, pero como está de interna en un colegio de religiosas, sólo viene a molestarnos los fines de semana.
Lo bueno es que he recuperado la cordura y ya nada podrá detenerme.
Esta noche, cuando Batman salga a patrullar la ciudad o a la última misa, escaparé, querido diario. Y la Nintendo DS con el Ghost Trick, vendrá conmigo. Sé que la monja justiciera sufrirá por mi partida, pero acabará por aceptarlo.
Lo nuestro es imposible. Desde la más tierna infancia soy agnóstico, y además, tengo alergia a los murciélagos.
martes, 1 de febrero de 2011
El experimento Azul nº3

El Experimento Azul, nº3
Querido Diario:
Al fin puedo decirlo en voz alta: ¡he superado la adicción que adquirí por el Ghost Trick de Nintendo!
Estaba harto de merodear por los tejados de Tirso de Molina, cargando a la espalda una placa solar para alimentar la consola, disputando con las palomas las migas que dejan las ancianas en los balcones y hay que ver los picotazos que pegan, las malditas (me refiero a las palomas y no a las venerables ancianas, querido diario); harto de lavarme cuando llovía y vestirme con lo que tomaba prestado de los tendederos (la última semana me refugié en los tejados de un bloque ocupado por estudiantes del programa ERASMUS y hay qué ver lo poco que abrigan y lo incómodos que resultan los tangas, que era lo único que las gráciles estudiantes de intercambio ponían a tender); minada mi autoestima de escritor emergente (cada vez que escucho esa definición imagino a un tipo con el agua al cuello y en puntas de pie y el tipo se me parece) a causa de mi debilidad por un simple -no tan simple- juego de misterio.
Vale que los gráficos son excelentes y los personajes tan delirantes que alguno hasta podría haber aparecido en una de mis novelas.
Y que la trama de Ghost Trick está bien urdida que, además de cumplir las pruebas necesarias para ir pasando de nivel, uno quiere saber qué ocurrirá después, quién mató al detective fantasma que protagoniza la aventura. Y que, sobre todo, uno necesita averiguar por qué ha regresado de la muerte. De acuerdo que la variedad de escenarios amplia tanto las posibilidades que el jugador se siente dentro de la historia, y que el humor de las situaciones ayuda a evitar topicazos y momentos falsos; y reconozco que en conjunto, el juego atrapa hasta hacer perder la noción del tiempo.
Pero entre nosotros, no es para tanto.
Comencé a saber que había perdido el control cuando fui entrevistado, en un tejado tapizado de recuerdos de los almuerzos de las aves migratorias y de las otras, por una periodista con ojos peligrosos que decía llamarse Laura. Como buen profesional ( es decir sin dejar de jugar mientras la atendía) respondí a sus preguntas sin perder de vista que acaso fuera una espía de mis compañeros-rivales-competidores-enemigos en el Experimento Azul, Vanessa Montfort y David Torres.
¿Que exagero, querido diario?
Pues no.
En estos días he aprendido mucho viviendo en el cráneo erizado de tejas de Madrid. Y te sorprenderá saber que la única paloma que mostró compasión y cierta amistad por mí durante ese exilio de azoteas, acabó confesado que había sido entrenada y seducida (me avergüenza explica aquí mediante qué métodos), por Torres, para espiar mis avances en el juego. Martina, que así se llama la paloma, una vez que logramos entendernos en su lenguaje de arrullos, comprendió la ruindad del plan de mi amigo (¿?), la bajeza que supone recurrir a ese tipo de estratagemas para sacar ventaja en un simple juego, y la poca calidad humana que hay que tener para planear algo así. Y acabó aceptando espiar a Torres en mi beneficio tras llegar a un acuerdo cuyos términos te ahorraré, que igual esto lo leen niños y no es plan.
Y en cuanto a Montfort, esa dulce y rojiza muchacha espigada, te diré que tengo la certeza de haberla visto asomada a la ventanilla de un avión comercial (que no low cost, la pelirroja tiene estilo), armada de unos binoculares e intentando vislumbrar desde lo alto mis progresos en las pantallas de Ghost Trick.
En ese dilema estaba, y sin poder dejar de jugar, cuando vino en mi ayuda el más inesperado de los aliados: el propio David Torres.
Ayer estaba yo huyendo de una banda de aparentes golondrinas que bien podrían haber sido pájaros robotizados teledirigidos por Montfort, cuando el azar (y las copiosas descargas orgánicas de esas golondrinas mecánicas seguramente fabricadas en Japón, hay qué ver qué realismo tenía la lluvia de caca) hizo que buscara refugio en un ático. Seguramente en el anuncio para alquilarlo lo habrían definido como un “Loft”, es decir que era un cuartito en la azotea sin paredes internas y con los muros decorados por algo que bien podría ser la obra de un pintor vanguardista de fama mundial o manchas de humedad de las de toda la vida. Un reflejo de la sofisticada vida moderna y el confort al alcance de todos en el nuevo siglo., Vamos, que podías cocinar sentado en el váter mientras te ponías moreno con el sol de invierno y sus tenues intentos, querido diario. Una vivienda tan reducida qué más de un poeta que conozco habría tenido que alquilar otra vivienda vecina para alojar su ego, porque ambos no cabrían. Una birria de casa. Pero con conexión wi fi a internet.
El ocupante no estaba a la vista y como allí todo estaba a la vista, deduje que habría salido en busca de un fotomatón para pasar en él la tarde y sentirse a sus anchas.
Las golondrinas cibernéticas de Vanessa se habían marchado y aproveché el wi fi para conectar mi Nintendo DS XL y buscar ayuda en la red.
No existe -aún- ninguna ONG de ayuda a los adictos al Ghost Trick. Tampoco en las páginas de acupuntura pude hallar indicios de medios milenarios para calmar mi ansia de seguir jugando.
Desesperado, escribí en el buscador el nombre del juego y la palabra “ayuda”. Le di al enter y esperé. El enlace me condujo al blog de David Torres y a una entrada reciente en la que hablaba de su experiencia con Ghost Trick.
Y en ella, Torres aseguraba haber llegado al final del juego y sin ayuda.
Recordé una llamada telefónica suya, durante la cual me ofreció dinero a cambio de explicarle cómo se encendía la consola, y cómo tuve que tranquilizarlo contándole que los personajes animados del juego son sólo imágenes y no pequeños seres coloridos que habitan la consola.
Volví a leer y el blog decía lo mismo: que mi amigo había terminado el juego solito y sin ayuda.
Y entonces empecé a reírme.
A reír sin parar.
A reír tanto que sentí cómo mi adicción se evaporaba.
A reír como un loco del chiste de Torres.
Y no pude dejar de reír, querido diario, hasta que regresó el ocupante del ático-LOT-cuartucho y llamó a la ambulancia y me llevaron a ese hospital y…
Pero eso te lo contaré mañana, Querido Diario. Porque lo que ocurrió después resulta difícil de creer.
Además, la monja duerme y como se despierte, temo por mi integridad.
Mañana te cuento, querido diario.
Si es que llego a mañana.
viernes, 21 de enero de 2011
MIS NIÑAS MUERTAS DE CRISTINA FALLARÁS, PREMIO L’H CONFIDENCIAL 2011

El Premio se entregará el 26 de marzo en un acto público en la Bòbila
Con Mis niñas muertas, protagonizada por Victoria González, una detective embarazada de 26 semanas con despacho en el Raval barcelonés, la periodista y escritora Cristina Fallarás ha ganado el Premio Internacional de Novela Negra L'H Confidencial 2011. El Premio, promovido por la Biblioteca la Bòbila y convocado por el Ayuntamiento de L'Hospitalet y Roca Editorial, celebra este año su quinta edición.
La novela narra la investigación de la desaparición de dos hermanas de 3 y 5 años, que se convierte en un recorrido por los bajos fondos de la Barcelona más canalla, donde la pedofilia, el tráfico de drogas y la pornografía infantil son moneda corriente. La autora ahonda además en el tema de la maternidad, el abandono infantil y el consumo de estupefacientes en la actualidad.
El jurado está presidido por el teniente de alcalde del Área de Educación y Cultura del Ayuntamiento de L'Hospitalet, Mario Sanz, y formado por la editora Blanca Rosa Roca; la jefa de Bibliotecas de L'Hospitalet, Anna Riera; el director de la Biblioteca la Bòbila, Jordi Canal, y dos lectores apasionados por la novela negra, Ricardo Tormo, del Club de Lectura de Novela Negra, y Paco Camarasa, propietario de la librería Negra y Criminal y comisario de BCNegra.
El jurado destaca el retrato de los bajos fondos barceloneses donde se desarrolla la acción, así como del lenguaje crudo y realista que la autora utiliza para narrar una escalofriante historia en la que se ven involucrados la detective González y su ayudante Jesús, con el contrapunto de la evolución del embarazo de ella.
El premio se entregará en un acto público el próximo 26 de marzo, en la Biblioteca la Bòbila, donde se presentará la obra publicada, con la presencia de la autora.
Cristina Fallarás (Zaragoza, 1968), estudió Ciencias de la Información en la Universidad Autónoma de Barcelona, ha ejercido como periodista en la Cadena Ser, El Mundo, El Periódico de Catalunya, Ràdio 4, Com Ràdio, ADN y Factual. Ha colaborado en programas televisivos de las cadenas Cuatro y Antena 3, y actualmente dirige la revista digital Sigueleyendo y trabaja de asesora en temas de comunicación en línea para el sector editorial y los medios de comunicación. Dentro del género negro, Cristina Fallarás ha publicado No acaba la noche (Planeta, 2006) y Así murió el poeta Guadalupe (Alianza, 2009, finalista del Dashiel Hammett, 2010), y ha participado en la antología de relatos Barcelona Noir, para la editorial neoyorquina Akashic Books, que aparecerá el próximo mes de mayo.
En anteriores ediciones, los galardonados con el Premio L'H Confidencial han sido el vasco Ertlanz Gamboa con Caminos cruzados, el cántabro Julián Ibáñez con El baile ha terminado; el argentino Raúl Argemí con Retrato de familia con muerta y el mexicano Joaquín Guerrero-Casasola con Ley garrote.
El Experimento Azul, nº 2

Día 2:
Hace unos días, cuando Fernando Marías nos citó en su casa con aires de cardenal florentino en plena conspiración, para entregarnos las Nintendo DS XL y nuestros respectivos ejemplares del juego Gosth Trick, David Torres me dijo:
-Ten cuidado, tío, que tú eres un loco de los gadgets y a ver si acabas enganchado…
Y Vanessa Montfort agregó, pelirrojamente:
-Dalo por perdido, David: el Salem es capaz de enviciarse hasta con el cambio de luces de los semáforos peatonales.
Maldije el día en que le conté mi debilidad hacia esos adictivos instrumentos del mobiliario urbano y las tardes perdidas esperando que el hombrecillo rojo o verde se pusiera amarillo. Hay cosas que nunca debes contarle a una pelirroja.
Fernando Marías no dijo nada, porque seguramente estaría ideando un nuevo experimento ciber literario, como encerrar a una docena de novelistas vapuleados con un crítico malicioso en un ascensor y retransmitír a todo el mundo por Internet lo que ocurra. Pensándolo bien, no sería mala idea: el programa podría llamarse: “Que yo no he sido, has sido tú”, y como subtítulo: “Sólo puede quedar uno”.
En fin, que ante la burla de mis compañeros de experimento brotó mi lado más salvaje y los insulté con dureza, sin cortarme un pelo. Los insulté en armenio. Y telepáticamente, por las dudas. Porque sospecho que Torres habla el armenio y no podría asegurar que Vanessa no ejerza de telépata en sus ratos libres.
Pero lo llevan claro si creen que me engancharé con Gosth Trick. Ja.
Una de mis compañeras de piso golpea a la puerta del baño y me dice que llevo tres horas y media dentro, que deje de jugar con la consolita de las narices y salga de una vez, o se lo hará en el pasillo y me tocará limpiar a mí. De nada ha servido entrar con el Marca envolviendo la Nintendo con aire de llevar dentro una revista porno: me han pillado.
Día 3
El juego tiene su gracia: el detective muerto tiene que averiguar quién lo mató, pero ha perdido la memoria, por lo que antes tiene que saber quién era y qué buscaba cuanto estaba vivo. Como casi todos nosotros. Y para dificultar un poco más las cosas, tiene que estar constantemente salvando la vida de una pelirroja con coleta, que resulta ser una policía encubierta. Se la cargan. Siempre se la cargan, porque va provocando. Pero el detective puede retroceder en el tiempo cuatro minutos, los mismos con que cuenta para intentar salvarla. Si pudiera retroceder cuatro minutos en el tiempo, corregiría muchas cosas de mi vida. Como cuando la dije a Fernando que contara conmigo para el Experimento Azul. (Entre nosotros, estaba convencido de que la cosa consistía en probar alguna nueva especie de viagra de efecto permanente, pero no).
Día 4:
Mis compañeras de piso llaman a mi puerta y dicen que han cocinado un guiso de madre y que si quiero comer. Digo que ya voy, para ganar tiempo. Pero no me engañarán. Vivo en un piso compartido, en Lavapiés. Hay gente en el mundillo literario que cree que poso de escritor maldito, pero maldita la gracia que me hace, a mí, que nací para tener una piscina climatizada en el dormitorio y un jacuzzi en la biblioteca. Mi vida me recuerda a un letrero que mi viejo colgó cuando yo era niño en la puerta de su tienda:
Esta es una empresa sin fines de lucro
(no era nuestra intención inicial, pero…)
¿Por qué no gano lo mismo que Ruiz Zafón si ambos somos calvos y yo más alto y guapo? Misterios de la vida. Un día de estos me entrevistaré con Ruiz Zafón, a ver si salgo de dudas. Mejor no. A ver si resulta que es más alto que yo.
Mis compañeras llaman otra vez y por debajo de la puerta se cuela un aroma de cocido que despeina el suave vello animal del que debería estar recubierta mi alma, en el caso de que la tuviera. Digo que ya va y trato de salvar a la pelirroja, a punto de ser asesinada por novena vez. Casi lo consigo. Casi. Paciencia, sólo llevo catorce horas jugando sin parar, y Roma no se hizo en un día. Seguro que la compraron hecha. En cuanto llegue a las veinte horas lo dejo por hoy. Porque una cosa está clara: no voy a enviciarme. Les pido a mis compañeras que trituren mi ración de cocido y me la alcancen en un jarro, con una pajita. Dicen que estoy loco y que me quitarán la Nintendo. Cedo y salgo. ¿Has intentado comer cocido con una mano mientras salvas a una pelirroja a punto de morir aplastada por una para de pollo gigante? No lo intentes. O inténtalo si vives solo. Me encanta el cocido madrileño, pero cuando tus compañeras de piso te hacen tragar tu propio pañuelo negro por haber dejado perdido el salón, no tiene el mismo gusto.
Día 4:
Espío el blog de David Torres. Dice que ha superado el nivel 15 de Ghost Trick. Menos mal que llevo toda la noche encerrado en el baño jugando y sentado en el vater, porque me meo de risa.
Día 5:
¿Y si es cierto que David ha superado el nivel 15? No lo creo: es un tipo serio y no dedicará al juego más que una hora al día, mientras estudia ruso o checheno, o ve al mismo tiempo cinco películas de cine negro para luego poder vacilarnos. ¿Y Vanessa? Habla de regresiones y demás, pero no me lo trago: con toda la promoción del Premio Ateneo de Sevilla, no le quedará tiempo para jugar de verdad. Es lo bueno que tiene que todos los premios que me dan vayan acompañados de un diploma y una palmada en la espalda pero no lleven ni un duro de dotación: que me sobra tiempo para jugar. Y he salvado a la pelirroja de la pata de pollo gigante. ¡Toma ya! Se lo cuento al psicólogo que han contratado mis compañeras de piso para convencerme de dejar el juego. Él asiente y lo celebra. Creo. Porque con la mordaza que le he puesto en la boca y atado de pies y manos para que no intente quitarme la Nintendo, el discípulo de Freud no puede decir ni siquiera ahá o hummm.
Día 6:
Me llama por teléfono el chico de Vanessa. Dice que si le hago un sitio en el sofá de casa, porque ella, atrapada por el juego, lleva días sin hablarle. Le digo que exagera, que los del Ghost Trick no es para tanto.
-De verdad, Carlos: en la última semana sólo he conseguido que me diga ahá y hummm…
Le digo que pruebe con amordazarla y dice que no se atreve. Yo tampoco me atrevería. Insiste con lo del sofá y le cuento que no hay lugar: desde hace seis semanas están de visita diecinueve amigas de una compañera de piso griega que lleva seis meses sin vivir aquí. Cosas que pasan en Lavapiés. Pero que con lo mal que lo están pasando los griegos con el asunto de la crisis, no tenemos ánimo para echarlas. Cuelga sollozando y yo sonrío. Igual lo de pedir asilo era una treta de Vanessa para mandarlo a espiar mis progresos. Lo consulto con el psicólogo amarrado y me da la razón con el lenguaje que hemos inventado: un parpadeo quieren decir “sí” y cuarenta y ocho significan “no“. Intentaré aplicar ese método, mordaza incluida, la próxima vez que negocie con un editor.
Día 7:
Ha llamado la novia de David. Dice que él no hace más que jugar con la Nintendo y hablar en armenio todo el tiempo. Le recomiendo que en un descuido le robe el cargador de la consola, así cuando se agoten las baterías tendrá que dejar de jugar.
-Ya lo hice, Carlos, pero el tío había tenido la precaución de comprar media docena de cargadores -dice ella -. Y por si fuera poco, se ha inventado un dispositivo conectado a una placa solar en el techo, por si yo cortaba la electricidad de la casa…
Le digo que tenga paciencia, que en la tele han anunciado nubosidad variable y cuelgo. Tipo listo, Torres. Lo de la placa solar no se me había ocurrido. Igual es cierto que ha superado el nivel 15. Maldita sea. Tengo que esmerarme. El detective fantasma es listo pero sin mi ayuda la chica de la coleta morirá otra vez, ahora por culpa de un mecanismo automático y extravagante que acaba con una vieja pistola disparando contra ella. Por cierto: he notado que todos los personajes masculinos del juego se quieren beneficiar a la chica. Como la vida misma. Desoigo las amenazas de mis compañeras y me concentro. La salvo. ¡La he salvado! Oigo trompetas triunfales pero creo que en realidad son sirenas. Por la ventana veo que una ambulancia se detiene ante nuestro portal. Bajan unos tipos fornidos, vestidos de blanco y llevan en las manos una curiosa chaqueta del mismo color, de las que se abrochan por la espalda. Abro la Otra ventana y trepo por la cañería, con la Nintendo en el bolsillo izquierdo de mi abrigo. No pienso dejarme atrapar: como todo el mundo sabe, el color blanco engorda una barbaridad. Llego al tejado y mientras huyo localizo varios puntos donde instalar placas solares cuando se vayan. No esperarán mucho: la ambulancia era de la Seguridad Social y con un poco de suerte se llevarán al psicólogo creyendo que soy yo. Con los pies encajados en las tejas del techo, sigo jugando. Lo importante, me digo, es que no me he enganchado con el juego. Cede una teja. Y otra. En cuanto salve a la pelirroja buscaré un lugar más seguro para esconderme, no sea cosa que acabe por ceder la útima teja y me cai…
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