miércoles, 23 de febrero de 2011

"Pero sigo siendo el rey", en Ociozero




Reseña de Óscar Bribián



Pero sigo siendo el rey (Salto de Página, 2009) es una novela diferente. Hay quien podría calificarla de novela negra hilarante, lo que parece una contradicción, pero no lo es, y me explico: recuerda a películas como Airbag o El gran Lebowski o a las novelas de Bukowski, toda esa ambientación cáustica y absurda se entremezcla a la perfección en una trama detectivesca que no está exenta de intriga, situaciones tensas y personajes complejos. Es sencilla y llanamente una novela negra diferente, donde las premisas son disparatadas y la prosa terriblemente ágil.

José María Arregui es un ex policía metido a detective, atormentado por una culpa tras una relación truncada con la muerte y poseedor de un carácter visceral, lo que se traduce en persona de verbo áspero y puños rápidos, diestro para los disfraces (como los antiguos detectives de novela de principios del siglo XX) y, cómo no, aferrado al alcohol. Todo parece transcurrir normalmente en la agencia de detectives hasta que Arregui recibe una inesperada visita, la de un empresario de altos vuelos, Zuruaga, y su matón de armario elevado al cubo, con la intención de capturar al rey. A su vez, el mismísimo Ministro del Interior le encarga una extraña tarea: encontrar y traer de vuelta al rey Juan Carlos I de Borbón, el cual ha desaparecido dejando una extraña nota: «Me voy a buscar al niño. Volveré cuando lo encuentre. O no. Feliz Navidad».

Envuelto en una omnipresente intriga, Arregui da por casualidad con el paradero del rey, ansioso de aventuras, con el que a partir de entonces forma una insólita pareja. Perseguidos por el Miedo, el guardaespaldas de Zuruaga, por el propio empresario y otros secuaces, Arregui y el rey emprenden una disparatada huida durante el mes de diciembre por los pueblos de Portugal y España, una y otra vez acompañados por el ritmo de las rancheras que el autor transcribe de cuando en cuando, y por el himno español tarareado por el propio rey. Durante la historia aparecerá una mujer con la que Arregui mantiene una singular relación por Internet, para quizás olvidar a su antiguo amor, y otros personajes mucho menos convencionales. El lector podrá disfrutar de las anécdotas de Juan Carlos y Arregui disfrazados de hippies en su andanza junto a Sosiris, un hombre con la cualidad de ver no el futuro, sino el pasado oculto de las personas, lo que le trae beneficios pero muchos problemas en los pueblos que visita. Será entrañable la presencia de la oveja Rosita, de la que se encariñan. También aparecerá Cabo, un extraño compositor vestido con esmoquin blanco que viaja sin rumbo fijo en un Rolls Royce, con una batuta y un atril sin partituras, en busca de una melodía. Aparece un hacker adolescente cuya madre quiere beneficiarse al protagonista. Un hombre apellidado Aguerri, acusado por su empresa de robar material de oficina, y que «tiene pinta de no haber metido un gol en toda su vida», como lo describe el detective. Un anciano ermitaño, armado y oculto en los montes, que cree que la Guerra Civil jamás terminó. Octavio el cocinero y Soldati, un veterano argentino dueño de un restaurante. Taibo, un excéntrico escritor mexicano de novelas policíacas que puede descubrir con un solo sorbo la procedencia del envasado de cualquier Coca-Cola. Un elenco de personajes de lo más variopinto, con secundarios como la Guardia Civil y unos cuantos alcohólicos y desheredados.

Curiosa, frenética, hilarante historia que nos presenta Carlos Salem mediante la insólita amistad entre un rey y un ex policía obligado a custodiarle y protegerse de sus perseguidores, pese a sus deseos de romperle la nariz debido a los caprichos y los malos chistes que cuenta el monarca. Una narración que comienza en primera persona, gira casi de forma imperceptible en un narrador omnisciente y termina nuevamente en primera persona. Una parodia que aglutina un cruce de perspectivas y sensaciones sin igual, capaz de hacer reír y reflexionar, entretenida e insolente, en la que el autor recupera a personajes de sus anteriores obras. Tras esta novela me ha quedado claro que Carlos Salem es uno de esos autores que produce obras singulares e irrepetibles, con una voz propia inconfundible.

http://www.ociozero.com/20484/pero-sigo-siendo-el-rey

domingo, 20 de febrero de 2011

El Experimento Azul, Epílogo púrpura

Supongo que es sábado. Todo ha terminado y demoro un bourbon en la barra de Diablos Azules.
Hay noches en las que apuro la copa.
Hoy la hago durar, necesito que algo dure.
Queda poca gente en el bar, pero nunca falta alguien que olvida que no es martes ni miércoles, es decir que no estoy aquí para presentar la jam session de poesía o la de Minificción. Y siempre viene alguno a preguntarme "si hoy hay poesía", como quien pregunta a cómo tienes los tomates. Los espanto llevando con hastío la mano hasta el bolsillo interior de mi abrigo negro, abultado por un forma alargada y sólida.
Tragan saliva -menudo desperdicio, con los cócteles tan buenos que prepara Pilar-, me dicen cuídate, Salem y se van a seguir preguntando por ahí si esta noche hay poesía, que es lo mismo que asumir que si se tropezaran con la poesía en plena calle, no la reconocerían.
Poesía con piernas -y qué piernas- es la rubia que bebe un bloody mary en el otro extremo de la barra. Rubia de las de verdad, las que los son por vocación y no por la quiniela amañada de los genes. En otro momento me acercaría, intentaría comprobar que no me mira porque le llama la atención el pañuelo negro que envuelve mi cabeza o le recuerdo a un hámster que tuvo de pequeña y acabó metiendo en el microondas. Pero hoy no.
Hoy toco el bolsillo interior de mi abrigo y el peso de la Nintendo DS XL me dice una y otra vez que el Experimento Azul ha terminado.
Llegué al final del Ghost Trick y aún sigo sorprendido, desconcertado y, nostálgico. Porque ya nada será lo mismo.
Llevo un par de días evitando las llamadas de mis compañeros de experiencia, Vanessa Montfort y David Torres. No quiero soportar sus burlas. Tampoco llamo a Fernando Marías, cerebro del experimento. No quiero compasión.
Tal vez por eso bajo mirada hasta el charco ambarino que espera en mi vaso cuando la rubia me sonríe con clase. En El largo adiós, la novela que me cambió la vida a los trece años, Raymond Chandler establecía una completa clasificación de rubias, pero como la que traía de cabeza a Philip Marlowe, pobre detective sin más gloria que su código de honor y callejones, esta rubia de la barra de Diablos Azules no encajaría en ningún apartado. Hay mujeres que despistan a los tópicos porque los tópicos se distraen mirándoles las piernas y pierden la ocasión de encasillarlas, que es lo suyo.
Eludo la mirada amigable de la rubia, que no parece ser de las que buscan, sino de las que se dejan sorprender por los encuentros.
Saco del bolsillo la Nintendo, seguro de que así la ahuyentaré, como quiero ahuyentar esta noche todo lo que no sea la pena por el final del Experimento Azul.
Tenía un mes para responder a una pregunta: ¿Se puede hacer novela negra en un videojuego? Y me dejé llevar por el absurdo cotidiano que ronda mi vida, por locas aventuras y frenéticas obsesiones, para no responder. Vaya si se puede. De hecho, soy incapaz, estos días, de avanzar en mi novela, porque cada capitulo me sugiere una ramificación probable de un improbable juego.
Cierro los ojos y antes de abrirlos, un perfume rubio me informa que no estoy solo.
-¿Por qué estás tan triste? -pregunta la rubia y tiene la voz adecuada, la ronquera que exijo en un rubia de verdad. Para otros la blondas voces de pito, el aflautado tono que anuncia, siempre, palabras vacías o elogios al nuevo disco de Bustamante. Una rubia como esta debe tener una voz como esta: de esas voces que curan o te hieren para siempre.
-Se acabó el Azul- le digo-. He llegado al final y ahora no sé qué hacer.
- Hay más colores- insinúa.
-Ya. Pero...
- No entiendo qué os pasa a todos con el azul, esta noche- me corta-. En la esquina, cuando venía para aquí, vi a un tipo con pinta de sin techo, sentado en la acera y pidiendo a los paseantes: "un poquito de azul, por caridad". Y el caso es que su cara me sonaba, juraría que era el novelista David Torres... Y si te asomas a la puerta del bar, verás a una pelirroja alta, encadenada al portal de al lado. Vanessa Montfort, creo que se llama... Está envuelta en una pancarta que reclama "Azul libre, gratuito y obligatorio para todos"...
Paradójicamente, me siento mejor.
-Los conozco -admito-. Los tres formamos parte del mismo experimento...
-Sí, estaba segura de que alguien había experimentado contigo -comenta la rubia.
La miro. No puedo dejar de mirarla y por suerte Pilar ha puesto un disco de Sabina, que me echa un cable con Peor para el sol. Canturreamos un par de estrofas y ella desafina bastante, como debe ser. Una rubia vocacional no puede cantar bien. Remember Norma Jean.
-No soy una buena compañía esta noche, rubia -le advierto-. He llegado al final del azul y no sé que hay más allá.
Se acerca hasta que sus labios rozan mi oreja:
-Después del azul viene el púrpura. ¿Quieres venir a descubrirlo conmigo?
Me ofrece un sorbo de su Bloody Mary y le cuento que en un tiempo, no hace tanto, tuve un bar en el que yo preparaba ese trago y hasta Dios bajaba a beberse unos cuantos.
-¿Y qué pasó para que dejara de ir?
-Tuve que echarlo porque siempre se marchaba sin pagar argumentando que había olvidado la cartera.
-Tú estás majara- dice como si eso le gustara-. Vamos, y llévate la consola, que el juego tiene buen pinta y mañana podemos echar unas partidas
en mi casa... Si te quedan fuerzas para encenderla.
Pagamos y detecto cierto tono de envidia en la voz grabada de Sabina cuando canta "volví al bar a la noche siguiente, a brindar con su silla vacía..."
En el portal vecino, Vanessa Montfort aúlla una consigna política según la cual los semáforos deberían tener tres luces azules, y un poco más allá mi amigo David Torres mendiga limosnas azules a personas grises.
-¿No tienes algo que darle? Me pena... -le digo a la rubia.
Ella rebusca en el bolso hasta encontrar un lápiz de ojos con el que pinta una espiral en la mano de Torres.
-Pero...-dice el insigne escritor-, es de color verde.
Tiene razón: el mismo tono de verde que dibuja una línea al final de los ojos de la rubia.
-Sí, es verde -contesta ella-. Pero una vez fue azul.
Nos alejamos abrazados en busca de un taxi.
-¿Así que después del azul viene el púrpura? -pregunto en su oído.
-Profundamente púrpura -promete ella.
Y la luna, que también es rubia de bote, es decir porque quiere, se pone verde de envidia.

El Experimento Azul

Experimento Azul, epílogo


Supongo que es sábado. Todo ha terminado y demoro un bourbon en la barra de Diablos Azules.
Hay noches en las que apuro la copa.
Hoy la hago durar, necesito que algo dure.
Queda poca gente en el bar, pero nunca falta alguien que olvida que no es martes ni miércoles, es decir que no estoy aquí para presentar la jam session de poesía o la de Minificción. Y siempre viene alguno a preguntarme "si hoy hay poesía", como quien pregunta a cómo tienes los tomates. Los espanto llevando con hastío la mano hasta el bolsillo interior de mi abrigo negro, abultado por un forma alargada y sólida.
Tragan saliva -menudo desperdicio, con los cócteles tan buenos que prepara Pilar-, me dicen cuídate, Salem y se van a seguir preguntando por ahí si esta noche hay poesía, que es lo mismo que asumir que si se tropezaran con la poesía en plena calle, no la reconocerían.
Poesía con piernas -y qué piernas- es la rubia que bebe un bloody mary en el otro extremo de la barra. Rubia de las de verdad, las que los son por vocación y no por la quiniela amañada de los genes. En otro momento me acercaría, intentaría comprobar que no me mira porque le llama la atención el pañuelo negro que envuelve mi cabeza o le recuerdo a un hámster que tuvo de pequeña y acabó metiendo en el microondas. Pero hoy no.
Hoy toco el bolsillo interior de mi abrigo y el peso de la Nintendo DS XL me dice una y otra vez que el Experimento Azul ha terminado.
Llegué al final del Ghost Trick y aún sigo sorprendido, desconcertado y, nostálgico. Porque ya nada será lo mismo.
Llevo un par de días evitando las llamadas de mis compañeros de experiencia, Vanessa Montfort y David Torres. No quiero soportar sus burlas. Tampoco llamo a Fernando Marías, cerebro del experimento. No quiero compasión.
Tal vez por eso bajo mirada hasta el charco ambarino que espera en mi vaso cuando la rubia me sonríe con clase. En El largo adiós, la novela que me cambió la vida a los trece años, Raymond Chandler establecía una completa clasificación de rubias, pero como la que traía de cabeza a Philip Marlowe, pobre detective sin más gloria que su código de honor y callejones, esta rubia de la barra de Diablos Azules no encajaría en ningún apartado. Hay mujeres que despistan a los tópicos porque los tópicos se distraen mirándoles las piernas y pierden la ocasión de encasillarlas, que es lo suyo.
Eludo la mirada amigable de la rubia, que no parece ser de las que buscan, sino de las que se dejan sorprender por los encuentros.
Saco del bolsillo la Nintendo, seguro de que así la ahuyentaré, como quiero ahuyentar esta noche todo lo que no sea la pena por el final del Experimento Azul.
Tenía un mes para responder a una pregunta: ¿Se puede hacer novela negra en un videojuego? Y me dejé llevar por el absurdo cotidiano que ronda mi vida, por locas aventuras y frenéticas obsesiones, para no responder. Vaya si se puede. De hecho, soy incapaz, estos días, de avanzar en mi novela, porque cada capitulo me sugiere una ramificación probable de un improbable juego.
Cierro los ojos y antes de abrirlos, un perfume rubio me informa que no estoy solo.
-¿Por qué estás tan triste? -pregunta la rubia y tiene la voz adecuada, la ronquera que exijo en un rubia de verdad. Para otros la blondas voces de pito, el aflautado tono que anuncia, siempre, palabras vacías o elogios al nuevo disco de Bustamante. Una rubia como esta debe tener una voz como esta: de esas voces que curan o te hieren para siempre.
-Se acabó el Azul- le digo-. He llegado al final y ahora no sé qué hacer.
- Hay más colores- insinúa.
-Ya. Pero...
- No entiendo qué os pasa a todos con el azul, esta noche- me corta-. En la esquina, cuando venía para aquí, vi a un tipo con pinta de sin techo, sentado en la acera y pidiendo a los paseantes: "un poquito de azul, por caridad". Y el caso es que su cara me sonaba, juraría que era el novelista David Torres... Y si te asomas a la puerta del bar, verás a una pelirroja alta, encadenada al portal de al lado. Vanessa Montfort, creo que se llama... Está envuelta en una pancarta que reclama "Azul libre, gratuito y obligatorio para todos"...
Paradójicamente, me siento mejor.
-Los conozco -admito-. Los tres formamos parte del mismo experimento...
-Sí, estaba segura de que alguien había experimentado contigo -comenta la rubia.
La miro. No puedo dejar de mirarla y por suerte Pilar ha puesto un disco de Sabina, que me echa un cable con Peor para el sol. Canturreamos un par de estrofas y ella desafina bastante, como debe ser. Una rubia vocacional no puede cantar bien. Remember Norma Jean.
-No soy una buena compañía esta noche, rubia -le advierto-. He llegado al final del azul y no sé que hay más allá.
Se acerca hasta que sus labios rozan mi oreja:
-Después del azul viene el púrpura. ¿Quieres venir a descubrirlo conmigo?
Me ofrece un sorbo de su Bloody Mary y le cuento que en un tiempo, no hace tanto, tuve un bar en el que yo preparaba ese trago y hasta Dios bajaba a beberse unos cuantos.
-¿Y qué pasó para que dejara de ir?
-Tuve que echarlo porque siempre se marchaba sin pagar argumentando que había olvidado la cartera.
-Tú estás majara- dice como si eso le gustara-. Vamos, y llévate la consola, que el juego tiene buen pinta y mañana podemos echar unas partidas
en mi casa... Si te quedan fuerzas para encenderla.
Pagamos y detecto cierto tono de envidia en la voz grabada de Sabina cuando canta "volví al bar a la noche siguiente, a brindar con su silla vacía..."
En el portal vecino, Vanessa Montfort aúlla una consigna política según la cual los semáforos deberían tener tres luces azules, y un poco más allá mi amigo David Torres mendiga limosnas azules a personas grises.
-¿No tienes algo que darle? Me pena... -le digo a la rubia.
Ella rebusca en el bolso hasta encontrar un lápiz de ojos con el que pinta una espiral en la mano de Torres.
-Pero...-dice el insigne escritor-, es de color verde.
Tiene razón: el mismo tono de verde que dibuja una línea al final de los ojos de la rubia.
-Sí, es verde -contesta ella-. Pero una vez fue azul.
Nos alejamos abrazados en busca de un taxi.
-¿Así que después del azul viene el púrpura? -pregunto en su oído.
-Profundamente púrpura -promete ella.
Y la luna, que también es rubia de bote, es decir porque quiere, se pone verde de envidia.

domingo, 13 de febrero de 2011

El experimento azul, nº 7

Querido diario:

Decidí buscar la ayuda de unpsicólogo, para que me ayudara a comprender lo que me ocurre con el Ghost Trick de Nintendo, el juego que llevo un mes probando y me ha cambiado la vida. La ha cambiado para mejor, porque peor no podía ir. Creí que al bucear en mis recuerdos podría también recordar en qué momento dejé de ser un niño prodigio para convertirme en un fenómeno de feria. Y me bastó una sola sesión para comprender que la moderna psicología puede ser la solución a todos mis problemas. Cierto es que el terapeuta tardó un poco en sintonizar conmigo, y que le molestó bastante mi exigencia de que saliera a comprar una pipa y una barba postiza, pero es que cuando hay que hacer las cosas, hay que hacerlas bien. Cierto también que aunque la pipa se asemejaba bastante a las que he visto fumar a los psicólogos de las películas, la barba que el noble facultativo pudo obtener en la tienda de disfraces de la acera de enfrente, era más propia de un lobo de mar que de un experto en almas. Pero lo resolvió comprando también un paisaje marino de dudosa calidad artística, pero tan realista que por momentos salpicaba.
-Hábleme de usted -me sugirió cuando estuve tendido en el diván.
-¿Es que le he tuteado, doctor? No es propio de mí tomarme esas confianzas.
-No, que me hable de su vida, de sus anhelos, ¡de su infancia, hábleme de su infancia!
- La infancia, doctor, fue ese tiempo en el que todo era dulce, hasta los azotes de mi padre…
- ¿Cómo dice?
- Sí: papá trabajaba por entonces en una pastelería y gustaba de pegarme con sacos de azúcar.
-Eh-h, y ¿qué es lo primero que recuerda de su infancia?
-Primero estaba flotando en un líquido tibio. Luego, una sensación de girar y girar y girar… que se detuvo de pronto y la luz lo inundó todo.
-¿Recuerda su nacimiento?
-¿Qué nacimiento? Es que mamá, como buena primeriza, se hizo un lío y me metió en la lavadora junto con mis ropitas…
-¿Y está seguro de que fue un error? -murmuró el terapeuta.
-¿Qué quiere decir?
-Nada, nada. Siga contándome.
-Nada especial. Como la situación económica era tan precaria, mis padres me cambiaron con unos vecinos por una lavadora. No funcionaba, pero al menos, como dijo papá “uno sabe que es normal”. Pero en cuanto me empecé a comer el detergente, los vecinos deshicieron el trato.
-“Rechazo paternal” -murmuró el psicólogo mientras apuntaba en su libreta. Y luego agregó-: “razonable, si se conoce al paciente”.
- En todo caso, doctor, desde muy pequeño se destacaron en mí las cualidades de sagacidad e intuición que habrían de convetirme en escritor de novela negra. Lo mío siempre fue la investigación. Cuando algo se perdía en casa, ya fuera la vuelta de la compra, la dentadura de oro de la abuela, o la pierna ortopédica de mamá, siempre recurrían a mí para encontrarlo. Y lo encontraba, ya fuera en los bolsillos de papá, o en el monte de piedad que había a pocos metros de casa, tras entregar el correspondiente resguardo hallado en los cajones de la mesita de noche paterna. Mi padre se enternecía tanto por ese olfato de sabueso precoz, que me palmeaba afectuosamente las posaderas, tal vez con cierto exceso de energía.
-Hábleme de su primer amor…
-Era bella, era elegante y suave, pero al mismo tiempo, fría y distante, como si me ignorase…
- Natural- dijo entre dientes el doctor.
-…y comprendí que lo nuestro era imposible cuando le arranqué la ropa.
-¿Qué, qué? ¿Cuántos años tenía usted?-Nueve. Ya, no me lo diga. Mamá también se enfadó y dijo que no tenía edad para jugar con las Barbie de mi hermana.

El silencio detrás de mí me hizo volver la cabeza y advertí que mi terapeuta padecía de un curioso tic en ambos ojos, además de temblarle el pulso. No hice observación alguna sobre el hecho de que se estuviera comiendo la barba postiza, porque con esas nuevas dietas de moda, nunca se sabe.
-Pero lo que realmente marcó mi vida es un hecho más reciente, y temo que aún no lo he superado, doctor. ¿Se lo cuento?
Creo que asintió, aunque como estaba hincando de rodillas en el suelo, rezando mientras se daba goles en el pecho con una estatuilla de bronce, pensé que sería de mal gusto insistir:
-Creo que Getrudis, mi ex novia, me engañaba.
-¿Po-por-qué lo sospechaba?
-Uno no será un hombre de mundo, pero siempre me pareció extraño que su consejero espiritual viniera a domicilio y la confesara en nuestro cuarto, a puerta cerrada…
Detrás de mí se escuchó un gemido ahogado, algo así como “pordios,másno”, y aunque no soy particularmente religioso, me alegré de que mi terapeuta lo fuera, ya que el asunto estaba relacionado:
-Además, una noche que entré de pronto en el cuarto y vi al sacerdote desnudando a mi novia, he de admitir que desconfié…
El sonido se hizo más agudo.
-…hasta que el confesor me dijo que pertenecía a la Teología de la Liberación y Getru necesitaba ser liberada.
Mi terapeuta comenzó a comerse su bigote, aunque era natural.
-Pero lo que en realidad me desvelaba, doctor, eran los gemidos y aullidos que ella soltaba durante las confesiones. Cuando el santo hombre comenzó a venir acompañado de otros cuatro colegas, supe que lo de mi novia era grave, y pese a que me mandaron a buscar hielo y cigarrillos, supongo que para que no me preocupara, supe que mis peores sospechas eran acertadas.
El silencio recibió mis palabras.
-A la mañana siguiente le dije a Claudia: “a mí no me engañas y desde anoche lo tengo claro: tú has sido poseída”. ¿Sabe lo que me respondió?: “no sabes tú bien cuánto. Pero poseída, poseída, poseída.” Yo le dije que no se preocupara, que tratara de olvidarse de todo, y para demostrarle que la comprendía, fui al video club y alquilé El exorcista, y…
Una corriente de aire llamó mi atención y al girar la cabeza no vi a mi psicólogo. La ventana estaba abierta y me asomé. Ahí estaba, sobre la delgada cornisa de la planta 15.
-¡No me diga nada, no pienso bajar de aquí en mi vida!- Gritó-. ¡Sólo de pensar que me puede tocar otro como usted!
-Venga, hombre- le dije-. Precisamente usted debería saber que casi todo problema tiene solución. Además, no hemos hecho más que empezar. Imagine todo lo que descubriremos juntos durante las sesiones venideras. Estoy dispuesto a seguir la terapia con su sabia guía durante todo el tiempo que sea necesario, meses, años, décadas si es preciso.
Comenzó a llorar y supe que mis palabras lo emocionaban. Insistí:
-Venga doctor, no puede quedarse inmovilizado en este punto de su vida. ¡Es la hora de dar un paso adelante!
Me miró. Sonrió. Y dio el paso.
Seguía sonriendo mientras caía.

El entierro fue conmovedor, estaban todos los psicólogos de la ciudad. Yo me mantuve a distancia respetuosa, y para pasar el rato superé una nueva etapa de Ghost Trick sentado en una tumba soleada. Escuché que los psicólogos comentaban: “ha venido el loco del videojuego”, pero no lo relacioné conmigo, desde luego, e imaginé que mi buen amigo David Torres había acudido a ellos en busca de ayuda para superar su incapacidad para avanzar en el Ghost Trick.
Allí estaban, querido diario: todos los psicólogos de Madrid. Pero, por extraño que parezca, ninguno tiene espacio en su agenda para seguir mi tratamiento.
Me temo que hay más gente con problemas psicológicos de lo que pensaba.

viernes, 11 de febrero de 2011

El experimento Azul nº6

Querido Diario:

Mientras mi cuarto sigue ocupado por mi ex, Gertrudis, y su nuevo novio senegalés, Bnamhmwammboo, he aprovechado para salir de casa armado con mi Nintendo DS XL y el Ghost Trick, el juego que en las últimas semanas ha ocupado mi mente y mis energías. Ha sido un acto de rebeldía ante la prepotencia de Gertrudis: vale que se mudara a mi casa porque la han echado de la suya a causa de los excesivos ruidos amatorios que producía con el moreno; pase que además trajera consigo su colección de 258 relojes de arena. Pero al ordenarme que me ocupara de darles “cuerda” regularmente dándoles vuelta, Gertru despertó al indomable rebelde que dormía en mi interior. Y sin que me temblara el pulso, mientras ellos de ocupaban de escandalizar a mis vecinos, salí andando de puntillas y no dudé en pagarle un buen dinero al ucraniano que está pintando en la casa de al lado, para que se ocupe de los relojes.
Ya sabes: los cobardes no escriben la historia, querido diario.





Y aquí estoy, en este vetusto locutorio dotado de ordenadores que deben datar de la infancia de Bill Gates, por lo menos. Pero libre, como mi corazón.
Reviso mi correo electrónico. Algo interesante. En una nota anónima alguien me agradece las noches encendidas de sensualidad, enumera una por una las acrobacias sexuales realizadas, y anhela nuevas locuras sin final, aunque propone que la próxima vez podríamos dejar de lado lo del látigo de nueve colas y lo que llama la refinada pero un tanto exasperante técnica de la miel y las hormigas, “porque luego me siguen las moscas durante semanas”. Lo firma un tal Manolo y apunto mentalmente que debo prohibir a Gertrudis que siga dando mi dirección de e-mail para recibir mensajes de sus amantes. Además, nunca quiso hacer lo de las hormigas conmigo.
¡Por fin! Respuesta de la agencia de relaciones a la que acudí para buscar a mi media naranja, “o fruto sucedáneo más o menos digerible”, agregué en mi carta de presentación. Tampoco hay que ser tan exigente. Me comentan en su mensaje que han seguido los pasos habituales y tras introducir en su banco de datos mis preferencias en materia de relaciones, los requisitos que debe cubrir mi posible compañera, las exigencias intelectuales y físicas y los deportes que quisiera compartir con ella, por fin han obtenido resultados. Se disculpan por el retraso, pero argumentan en su favor que han tenido que renovar el personal varias veces debido a las renuncias en masa provocadas por mi gestión y agregan que ¡la han hallado! Responde, me dicen, punto por punto a mis peticiones, parece creada para cumplir mis sueños, desde los más tiernos hasta los más perversos. Lo malo, me informan, es que esa variedad de iguana de las regiones árticas, se extinguió hace por los menos 20.000 años. Suspiro. Siempre pensé que no había nacido en la era adecuada.
No puedo seguir llorando porque suena mi teléfono móvil y es mi agente literaria, que me pregunta, con el respeto que le provoca el valor de mis escritos, que “cómo has sido capaz de escribir una bazofia de tal calibre”.
- Me alegro de que te guste -digo
- Lo que me gustaría es pagarte una lobotomía, pero sería dinero tirado, porque no creo que con medio cerebro puedas hacerlo peor.
No contesto nada, porque ya estoy habituado a su fino sentido del humor cuando se refiere a mí, aunque a lo de dejarme encerrado en el balcón de la agencia, a ocho pisos de altura y durante todo un fin de semana, la verdad, no acabé de encontrarle la gracia.
- ¿Cómo te manejas con el correo electrónico? -pregunta.
- Regular. Siempre me hago un lío al pegarle los sellos, pero no volveré a intentarlo con la lengua, que la última vez casi me electrocuto.
-Olvídalo -suspira-. El caso es que te he remitido varios e-mails de lectores que han llegado a la agencia a tu nombre. Seguro que son insultos, así que mejor los respondes tú.
Ha colgado y me apresuro a abrir el archivo remitido bajo el título de “para el memo”.
El primer e-mail promete:
“Querido Carlos: detrás de tu aparente imbecilidad congénita he detectado una sensualidad sin límites y una sensibilidad que me excita. No importa que tu ex, Gertrudis, ese pendón desorejado, sea incapaz de valorar tus atractivos. Me llamo Valeria y estoy dispuesta a cometer contigo todas las locuras posibles y algunas por inventar. Como sé que eres hombre al fin -o algo parecido- y que el físico os importa mucho, te diré que he sido reina de belleza en varias ocasiones, y que más de un poeta ha perdido la razón por mis encantos. Cuando quieras, lo que quieras, cómo quieras, siempre tuya, Valeria.
PD: No creas que soy la típica tonta inexperta que luego se echará atrás cuando llegue el momento. Tengo experiencia, y no en vano este mes he cumplido 115 años. Te envío dos fotos mía, desnuda, desde luego. Una de cuándo fui Miss Liguero 1907, y otra, también desnuda, de la semana pasada.”
Le respondo de inmediato:
“Querida Valeria: es imposible resistir tu oferta, y menos después de ver las fotos. Pero por el momento, lo ajetreado de mi agenda me impide concretar nuestra cita de inmediato, por lo que te pido un poco de paciencia. 30 o 40 años, como mucho. Salvo que antes de esa fecha se invente la máquina del tiempo y pueda viajar a 1907.
Tuyo, Carlos.”

El siguiente es un ferviente admirador de mi talento:
Salem, tío: Leo cada mes la revista y soy un forofo de tus relatos, aunque me indigna ver lo que tienes que pasar por culpa de Gertrudis. Olvídala, tío, no te merece. Vale que por lo que cuentas es guapísima, que tiene menos reparos morales que un ministro, y que sea insaciable en la cama. Vale que además, a juzgar por lo que cuentas, está más buena que un camión de quesos y que se debe saber de memoria todo el Kamasutra, y que… a propósito, ¿me podrías facilitar su teléfono o su dirección, para decirle todo esto a la cara?
Un abrazo, Ernesto Cador de Piernas.”

Respondo, agradecido:
Querido Ernesto: Gracias por compadecerte de mí, es increíble la solidaridad que despierta mi caso, porque el tuyo es el e-mail número 23.437 que expresa esa comprensión y se ofrece para recriminar en persona a Claudia su actitud. Para evitar aglomeraciones, he creado una lista de espera en la que procedo a apuntarte. Como todo indica que la demora será considerable, te envío en documento adjunto la foto y dirección de una buena amiga, Valeria, que sin duda sabrá hacerte agradable la espera.”

Hay muchos e-mail más, de lectores de mis libros, y debo responderlos todos.
Pero a modo de resumen diré, para la amable lectora Elsa Bañón Rojo, que no, que no tengo previsto esterilizarme todavía, aunque agradezco su ofrecimiento de correr con los gastos.
Lo mismo vale para todos los particulares e instituciones que han realizado la misma oferta (453), y para los lectores que han tenido la gentileza de invitarme a su casa “para demostrarle a mi mujer que yo no soy el más gilipollas de España”. Lamentablemente no puedo ir a todos los sitios, como no puedo aceptar la invitación para viajar a la Antártida y escribir allí un ensayo sobre la incidencia de la fauna tropical en la decoración de interiores de los iglús.
Lamento entonces no utilizar el billete de avión pagado -sólo ida- que me llegó por correo.
Lo que no entiendo es por qué ese mensaje tenía como remitente la dirección de correo electrónico de mi agente.
Basta por hoy.
Ha llegado la hora de los placeres.
Desenvuelvo un caramelo de licor, lo introduzco en mi boca y lo saboreo.
Enciendo la Nintendo y me zambullo en el Ghost Trick. El protagonista está muerto desde que empieza el juego y debe averiguar quién y por qué lo ha matado. Y para hacerlo, como es un fantasma, debe ir ocupando diferentes objetos que están a su alcance. El primer escenario es un vertedero y el detective se dispone a ir viajando por la basura.
Desde luego, los hay con suerte.