martes, 15 de marzo de 2011

Crítica de" Matar y guardar la ropa", en Timp Pierdut

http://vicenterosenstock.blogspot.com/2011/03/critica-de-matar-y-guardar-la-ropa-de.html

Los espejos del ascensor nos rpeiten, creando a partir de los cuatro pasajeros una multitud de clones. Es un ascensor moderno, como el edificio, y hace un momento, cunado suvíamos el hombre del traje azul y yo, en la planta número catorce, se me antojó un truco de feria, un truco cruel, porque en lugar de deformarnos, la óptima calidad óptica de los espejos nos mostraba con precisión. Y eso duele.


~Carlos Salem, Primer párrafo de Matar y guardar la ropa.




Hay novelas que se saborean, casi página por página. Manchan el paladar y lo impregnan de cada una de sus frases. Como el buen jamón, o el vino, como más se disfrutan es recordándolas, En esas obras, leer no es más que un paréntesis de sentir, un paro en la reflexión.

Pero no. No es este el caso de Matar y guardar la ropa, segunda novela del escritor argentino (Afincado en Madrid) Carlos Salem. Matar y guardar la boca no se paladea: se devora. Frase por frase, capítulo por capítulo: una vez la pruebas no puedes sino seguir. Como el eslogan de aquellas patatas insulsas. Ya no hay stop.

No sabría decir qué tipo de novela me gusta más. Son estilos distintos, supongo. También están las novelas que ni se degustan ni se engullen, novelas que se escupen casi al instante de probarlas.

Pero ésa es otra historia. A Salem se le devora con gusto. La novela negra, bien escrita, es lo que tiene. Se lee rápido, para que no se enfríe. Abandonar un libro de este género a la mitad para continuar uno, dos meses después es casi un acto delictivo. Sus indicaciones son similares a las del yogur líquido: Agitar antes de usar, consumir preferentemente en un plazo no superior a una semana.

El problema de la novela negra es que repetirse es muy sencillo. Son cientos (Por no decir miles) los ejemplares casi clónicos que pueblan las estanterías y que solo se distinguen por el color de la portada y un par de ingredientes distintos. Aquí, un agente de seguros. Esta otra la protagoniza el asesino. Por eso Salem se agradece, por conseguir, a base de los clásicos ingredientes, un libro original.

Y eso, ya entrado el siglo XXI, no es de perogrullo. Porque sobran historias ambientadas en las oscuras calles de la gran ciudad (Véase Nueva York, Londres o incluso Madrid), por eso Salem se agradece.

Porque un camping (Nudista, nada menos) de Murcia puede ser igual de válido para un crimen que las callejuelas del Bronx, por eso Salem se agradece.

Porque fulano de tal Juanito Pérez Pérez es un nombre tan digno como James Bond, por eso Salem se agradece. Por evitar a los personajes sin pasado ni futuro, por su habilidad para mantener el suspense (Que atrapa desde el principio) y al mismo tiempo sacarte una sonrisa, por evitar las trampas que insultan al lector.

Por eso Salem se agradece.

En definitiva, una lectura entretenida y agradable, fácil de leer pero no por ello simplona. La técnica de Salem es, en una palabra (Generalista, pero acertada), envidiable.

Y si no me creéis, ya sabéis: echadle un ojo y juzgad vosotros mismos.


Susurrado por Vicente Rosenstock a las 16:18

lunes, 14 de marzo de 2011

Con Argemí y Orsi, en Clarín

Los referentes del policial español son argentinos
 y están inéditos en el país


Están premiados y traducidos en el resto de Europa:
son tres “negros” criollos que brillan en España.




POR ALEJANDRA ZINA, ESPECIAL PARA CLARÍN

En España son premiados, están traducidos a varios idiomas –inglés, francés, alemán, holandés, italiano– y los celebran lectores, editores, y críticos. Son Guillermo Orsi, Raúl Argemí y Carlos Salem: el trío mejor guardado de la literatura policial argentina, referentes del género negro ibérico. Pese a que llevan más de tres décadas en el oficio, la popularidad les llegó del otro lado del océano.
“En el 2001 gané el Premio Felipe Trigo con Los muertos siempre pierden los zapatos . Estaba tan seguro de que no le darían bola, por ser tan argentina, que hasta me olvidé de que la había enviado. Pero un día me llamaron para decirme que había ganado, y comencé a publicar novelas que había escrito o comenzado a escribir allá”. Allá es acá, y el que habla es Raúl Argemí desde su casa en Barcelona. Nacido en 1946 en La Plata, pasó unos años en Río Negro antes de cruzar el Atlántico en el 2000. Lleva publicadas las novelas Penúltimo nombre de guerra (Premio Dashiell Hammett), Patagonia Chu Chu y Retrato de familia con muerta (recreación ficcional del crimen de María Marta García Belsunce, Premio internacional de Novela Negra L´H Confidencial), entre otras obras. El mundo de Argemí es áspero y compacto como el desierto patagónico donde transcurren muchas de sus historias. Su estilo, inspirado en el humor crudo de Roberto Arlt, recrea climas que van de lo sórdido a lo nostálgico y de lo íntimo a lo político. Una prosa que suena a tango, country y rock & roll.
Un concurso fue también la puerta de entrada de Guillermo Orsi. “En España me publicaron en 2004, cuando obtuve el Premio Umbriel/Semana Negra por Sueños de perro . Nacido el mismo año que Argemí, Orsi reside desde 1995 en el Valle de Calamuchita, Córdoba. Algunas de sus obras son El vagón de los locos (Premio Emecé), Buscadores de oro , Nadie ama a un policía (Premio Internacional de Carmona) y Ciudad Santa (Premio Dashiell Hammett). En su literatura predomina cierto sentido del deber, un código de honor que lleva a los personajes a meterse en la boca del lobo. El lobo es la metrópoli contemporánea poblada de narcos, ex torturadores reciclados, policías corruptos, inmigrantes ilegales.

El caso de Salem fue distinto. “Hasta mayo de 2007 era inédito. Ese año se publicó mi novela Camino de ida en la editorial Salto de Página. El resto es tan vertiginoso que prefiero no pensarlo, en cuatro años publiqué nueve libros”. Carlos Salem nació en Buenos Aires en 1959, y reside en España desde 1988. A Camino de ida , ganadora del Premio Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón, le siguieron Matar y guardar la ropa (Premio París Noir 2010 en su versión traducida), Pero sigo siendo el rey , y Cracovia sin ti (Premio Seseña de Novela). Sus novelas son aventuras desmesuradas con una pizca de policial negro, algo del humor de Leslie Nielsen, un dejo de nostalgia que recuerda a Soriano, momentos de alto voltaje erótico y lenguas filosas para los personajes, que no son tan perdedores como uno creería.

Publicar en España significó para Argemí depurar el lenguaje coloquial, y dosificarlo “como un pintor dosifica los colores”. Para Orsi, en cambio, es una tensión que ni los glosarios ni las notas al pie pueden resolver. Distinto de Salem, argeñol asumido, que escribe en el español de allá conservando “esa pequeña distancia que te permite ser cínicamente tierno en los dos lados del charco”.

A todos los premios que ya tiene, es muy probable que uno de los tres sume un premio en octubre de este año: están nominados para el Premio de novela del festival “Toulouse Polars du Sud” de esa ciudad de Francia.
¿Entonces por qué todavía no son conocidos en su tierra? Para Ernesto Mallo, un maestro del género negro, “hay muchos editores a quienes les gusta la literatura de Argemí, Orsi y Salem, y que les encantaría publicarlos, pero tienen que matar los manuscritos. Como dicen los mafiosos: no es nada personal, es negocio. A estos tipos les sobra algo, es eso”, remata el autor de Delincuente argentino .

El trío negro criollo

“La habilidad de Salem está en su capacidad para que convivan escenas de muchísimo humor en un policial sin quebrar la trama. En cualquier novela es difícil, pero mucho más en el ambiente sucio de la novela negra”.
Patricio Zunini. Coordinador del Filba.

“Un tipo old fashion, con la seguridad del que está de vuelta y no tiene que vender sabiduría. Disfruto de sus novelas esa mirada que tienen sus narradores. Resignadas. Pero sin perder el sentido del humor”.
Leonardo Oyola. Escritor.

“´¿Cómo este hombre no está editado en Argentina?’, me preguntó Magnus en un festival alemán. Lo mismo sentí al escucharlo leer: una novela bien escrita, interesante, que se siente verdadera y que da ganas de leer”.
Claudia Piñeiro. Escritora.








miércoles, 23 de febrero de 2011

"Pero sigo siendo el rey", en Ociozero




Reseña de Óscar Bribián



Pero sigo siendo el rey (Salto de Página, 2009) es una novela diferente. Hay quien podría calificarla de novela negra hilarante, lo que parece una contradicción, pero no lo es, y me explico: recuerda a películas como Airbag o El gran Lebowski o a las novelas de Bukowski, toda esa ambientación cáustica y absurda se entremezcla a la perfección en una trama detectivesca que no está exenta de intriga, situaciones tensas y personajes complejos. Es sencilla y llanamente una novela negra diferente, donde las premisas son disparatadas y la prosa terriblemente ágil.

José María Arregui es un ex policía metido a detective, atormentado por una culpa tras una relación truncada con la muerte y poseedor de un carácter visceral, lo que se traduce en persona de verbo áspero y puños rápidos, diestro para los disfraces (como los antiguos detectives de novela de principios del siglo XX) y, cómo no, aferrado al alcohol. Todo parece transcurrir normalmente en la agencia de detectives hasta que Arregui recibe una inesperada visita, la de un empresario de altos vuelos, Zuruaga, y su matón de armario elevado al cubo, con la intención de capturar al rey. A su vez, el mismísimo Ministro del Interior le encarga una extraña tarea: encontrar y traer de vuelta al rey Juan Carlos I de Borbón, el cual ha desaparecido dejando una extraña nota: «Me voy a buscar al niño. Volveré cuando lo encuentre. O no. Feliz Navidad».

Envuelto en una omnipresente intriga, Arregui da por casualidad con el paradero del rey, ansioso de aventuras, con el que a partir de entonces forma una insólita pareja. Perseguidos por el Miedo, el guardaespaldas de Zuruaga, por el propio empresario y otros secuaces, Arregui y el rey emprenden una disparatada huida durante el mes de diciembre por los pueblos de Portugal y España, una y otra vez acompañados por el ritmo de las rancheras que el autor transcribe de cuando en cuando, y por el himno español tarareado por el propio rey. Durante la historia aparecerá una mujer con la que Arregui mantiene una singular relación por Internet, para quizás olvidar a su antiguo amor, y otros personajes mucho menos convencionales. El lector podrá disfrutar de las anécdotas de Juan Carlos y Arregui disfrazados de hippies en su andanza junto a Sosiris, un hombre con la cualidad de ver no el futuro, sino el pasado oculto de las personas, lo que le trae beneficios pero muchos problemas en los pueblos que visita. Será entrañable la presencia de la oveja Rosita, de la que se encariñan. También aparecerá Cabo, un extraño compositor vestido con esmoquin blanco que viaja sin rumbo fijo en un Rolls Royce, con una batuta y un atril sin partituras, en busca de una melodía. Aparece un hacker adolescente cuya madre quiere beneficiarse al protagonista. Un hombre apellidado Aguerri, acusado por su empresa de robar material de oficina, y que «tiene pinta de no haber metido un gol en toda su vida», como lo describe el detective. Un anciano ermitaño, armado y oculto en los montes, que cree que la Guerra Civil jamás terminó. Octavio el cocinero y Soldati, un veterano argentino dueño de un restaurante. Taibo, un excéntrico escritor mexicano de novelas policíacas que puede descubrir con un solo sorbo la procedencia del envasado de cualquier Coca-Cola. Un elenco de personajes de lo más variopinto, con secundarios como la Guardia Civil y unos cuantos alcohólicos y desheredados.

Curiosa, frenética, hilarante historia que nos presenta Carlos Salem mediante la insólita amistad entre un rey y un ex policía obligado a custodiarle y protegerse de sus perseguidores, pese a sus deseos de romperle la nariz debido a los caprichos y los malos chistes que cuenta el monarca. Una narración que comienza en primera persona, gira casi de forma imperceptible en un narrador omnisciente y termina nuevamente en primera persona. Una parodia que aglutina un cruce de perspectivas y sensaciones sin igual, capaz de hacer reír y reflexionar, entretenida e insolente, en la que el autor recupera a personajes de sus anteriores obras. Tras esta novela me ha quedado claro que Carlos Salem es uno de esos autores que produce obras singulares e irrepetibles, con una voz propia inconfundible.

http://www.ociozero.com/20484/pero-sigo-siendo-el-rey

domingo, 20 de febrero de 2011

El Experimento Azul, Epílogo púrpura

Supongo que es sábado. Todo ha terminado y demoro un bourbon en la barra de Diablos Azules.
Hay noches en las que apuro la copa.
Hoy la hago durar, necesito que algo dure.
Queda poca gente en el bar, pero nunca falta alguien que olvida que no es martes ni miércoles, es decir que no estoy aquí para presentar la jam session de poesía o la de Minificción. Y siempre viene alguno a preguntarme "si hoy hay poesía", como quien pregunta a cómo tienes los tomates. Los espanto llevando con hastío la mano hasta el bolsillo interior de mi abrigo negro, abultado por un forma alargada y sólida.
Tragan saliva -menudo desperdicio, con los cócteles tan buenos que prepara Pilar-, me dicen cuídate, Salem y se van a seguir preguntando por ahí si esta noche hay poesía, que es lo mismo que asumir que si se tropezaran con la poesía en plena calle, no la reconocerían.
Poesía con piernas -y qué piernas- es la rubia que bebe un bloody mary en el otro extremo de la barra. Rubia de las de verdad, las que los son por vocación y no por la quiniela amañada de los genes. En otro momento me acercaría, intentaría comprobar que no me mira porque le llama la atención el pañuelo negro que envuelve mi cabeza o le recuerdo a un hámster que tuvo de pequeña y acabó metiendo en el microondas. Pero hoy no.
Hoy toco el bolsillo interior de mi abrigo y el peso de la Nintendo DS XL me dice una y otra vez que el Experimento Azul ha terminado.
Llegué al final del Ghost Trick y aún sigo sorprendido, desconcertado y, nostálgico. Porque ya nada será lo mismo.
Llevo un par de días evitando las llamadas de mis compañeros de experiencia, Vanessa Montfort y David Torres. No quiero soportar sus burlas. Tampoco llamo a Fernando Marías, cerebro del experimento. No quiero compasión.
Tal vez por eso bajo mirada hasta el charco ambarino que espera en mi vaso cuando la rubia me sonríe con clase. En El largo adiós, la novela que me cambió la vida a los trece años, Raymond Chandler establecía una completa clasificación de rubias, pero como la que traía de cabeza a Philip Marlowe, pobre detective sin más gloria que su código de honor y callejones, esta rubia de la barra de Diablos Azules no encajaría en ningún apartado. Hay mujeres que despistan a los tópicos porque los tópicos se distraen mirándoles las piernas y pierden la ocasión de encasillarlas, que es lo suyo.
Eludo la mirada amigable de la rubia, que no parece ser de las que buscan, sino de las que se dejan sorprender por los encuentros.
Saco del bolsillo la Nintendo, seguro de que así la ahuyentaré, como quiero ahuyentar esta noche todo lo que no sea la pena por el final del Experimento Azul.
Tenía un mes para responder a una pregunta: ¿Se puede hacer novela negra en un videojuego? Y me dejé llevar por el absurdo cotidiano que ronda mi vida, por locas aventuras y frenéticas obsesiones, para no responder. Vaya si se puede. De hecho, soy incapaz, estos días, de avanzar en mi novela, porque cada capitulo me sugiere una ramificación probable de un improbable juego.
Cierro los ojos y antes de abrirlos, un perfume rubio me informa que no estoy solo.
-¿Por qué estás tan triste? -pregunta la rubia y tiene la voz adecuada, la ronquera que exijo en un rubia de verdad. Para otros la blondas voces de pito, el aflautado tono que anuncia, siempre, palabras vacías o elogios al nuevo disco de Bustamante. Una rubia como esta debe tener una voz como esta: de esas voces que curan o te hieren para siempre.
-Se acabó el Azul- le digo-. He llegado al final y ahora no sé qué hacer.
- Hay más colores- insinúa.
-Ya. Pero...
- No entiendo qué os pasa a todos con el azul, esta noche- me corta-. En la esquina, cuando venía para aquí, vi a un tipo con pinta de sin techo, sentado en la acera y pidiendo a los paseantes: "un poquito de azul, por caridad". Y el caso es que su cara me sonaba, juraría que era el novelista David Torres... Y si te asomas a la puerta del bar, verás a una pelirroja alta, encadenada al portal de al lado. Vanessa Montfort, creo que se llama... Está envuelta en una pancarta que reclama "Azul libre, gratuito y obligatorio para todos"...
Paradójicamente, me siento mejor.
-Los conozco -admito-. Los tres formamos parte del mismo experimento...
-Sí, estaba segura de que alguien había experimentado contigo -comenta la rubia.
La miro. No puedo dejar de mirarla y por suerte Pilar ha puesto un disco de Sabina, que me echa un cable con Peor para el sol. Canturreamos un par de estrofas y ella desafina bastante, como debe ser. Una rubia vocacional no puede cantar bien. Remember Norma Jean.
-No soy una buena compañía esta noche, rubia -le advierto-. He llegado al final del azul y no sé que hay más allá.
Se acerca hasta que sus labios rozan mi oreja:
-Después del azul viene el púrpura. ¿Quieres venir a descubrirlo conmigo?
Me ofrece un sorbo de su Bloody Mary y le cuento que en un tiempo, no hace tanto, tuve un bar en el que yo preparaba ese trago y hasta Dios bajaba a beberse unos cuantos.
-¿Y qué pasó para que dejara de ir?
-Tuve que echarlo porque siempre se marchaba sin pagar argumentando que había olvidado la cartera.
-Tú estás majara- dice como si eso le gustara-. Vamos, y llévate la consola, que el juego tiene buen pinta y mañana podemos echar unas partidas
en mi casa... Si te quedan fuerzas para encenderla.
Pagamos y detecto cierto tono de envidia en la voz grabada de Sabina cuando canta "volví al bar a la noche siguiente, a brindar con su silla vacía..."
En el portal vecino, Vanessa Montfort aúlla una consigna política según la cual los semáforos deberían tener tres luces azules, y un poco más allá mi amigo David Torres mendiga limosnas azules a personas grises.
-¿No tienes algo que darle? Me pena... -le digo a la rubia.
Ella rebusca en el bolso hasta encontrar un lápiz de ojos con el que pinta una espiral en la mano de Torres.
-Pero...-dice el insigne escritor-, es de color verde.
Tiene razón: el mismo tono de verde que dibuja una línea al final de los ojos de la rubia.
-Sí, es verde -contesta ella-. Pero una vez fue azul.
Nos alejamos abrazados en busca de un taxi.
-¿Así que después del azul viene el púrpura? -pregunto en su oído.
-Profundamente púrpura -promete ella.
Y la luna, que también es rubia de bote, es decir porque quiere, se pone verde de envidia.

El Experimento Azul

Experimento Azul, epílogo


Supongo que es sábado. Todo ha terminado y demoro un bourbon en la barra de Diablos Azules.
Hay noches en las que apuro la copa.
Hoy la hago durar, necesito que algo dure.
Queda poca gente en el bar, pero nunca falta alguien que olvida que no es martes ni miércoles, es decir que no estoy aquí para presentar la jam session de poesía o la de Minificción. Y siempre viene alguno a preguntarme "si hoy hay poesía", como quien pregunta a cómo tienes los tomates. Los espanto llevando con hastío la mano hasta el bolsillo interior de mi abrigo negro, abultado por un forma alargada y sólida.
Tragan saliva -menudo desperdicio, con los cócteles tan buenos que prepara Pilar-, me dicen cuídate, Salem y se van a seguir preguntando por ahí si esta noche hay poesía, que es lo mismo que asumir que si se tropezaran con la poesía en plena calle, no la reconocerían.
Poesía con piernas -y qué piernas- es la rubia que bebe un bloody mary en el otro extremo de la barra. Rubia de las de verdad, las que los son por vocación y no por la quiniela amañada de los genes. En otro momento me acercaría, intentaría comprobar que no me mira porque le llama la atención el pañuelo negro que envuelve mi cabeza o le recuerdo a un hámster que tuvo de pequeña y acabó metiendo en el microondas. Pero hoy no.
Hoy toco el bolsillo interior de mi abrigo y el peso de la Nintendo DS XL me dice una y otra vez que el Experimento Azul ha terminado.
Llegué al final del Ghost Trick y aún sigo sorprendido, desconcertado y, nostálgico. Porque ya nada será lo mismo.
Llevo un par de días evitando las llamadas de mis compañeros de experiencia, Vanessa Montfort y David Torres. No quiero soportar sus burlas. Tampoco llamo a Fernando Marías, cerebro del experimento. No quiero compasión.
Tal vez por eso bajo mirada hasta el charco ambarino que espera en mi vaso cuando la rubia me sonríe con clase. En El largo adiós, la novela que me cambió la vida a los trece años, Raymond Chandler establecía una completa clasificación de rubias, pero como la que traía de cabeza a Philip Marlowe, pobre detective sin más gloria que su código de honor y callejones, esta rubia de la barra de Diablos Azules no encajaría en ningún apartado. Hay mujeres que despistan a los tópicos porque los tópicos se distraen mirándoles las piernas y pierden la ocasión de encasillarlas, que es lo suyo.
Eludo la mirada amigable de la rubia, que no parece ser de las que buscan, sino de las que se dejan sorprender por los encuentros.
Saco del bolsillo la Nintendo, seguro de que así la ahuyentaré, como quiero ahuyentar esta noche todo lo que no sea la pena por el final del Experimento Azul.
Tenía un mes para responder a una pregunta: ¿Se puede hacer novela negra en un videojuego? Y me dejé llevar por el absurdo cotidiano que ronda mi vida, por locas aventuras y frenéticas obsesiones, para no responder. Vaya si se puede. De hecho, soy incapaz, estos días, de avanzar en mi novela, porque cada capitulo me sugiere una ramificación probable de un improbable juego.
Cierro los ojos y antes de abrirlos, un perfume rubio me informa que no estoy solo.
-¿Por qué estás tan triste? -pregunta la rubia y tiene la voz adecuada, la ronquera que exijo en un rubia de verdad. Para otros la blondas voces de pito, el aflautado tono que anuncia, siempre, palabras vacías o elogios al nuevo disco de Bustamante. Una rubia como esta debe tener una voz como esta: de esas voces que curan o te hieren para siempre.
-Se acabó el Azul- le digo-. He llegado al final y ahora no sé qué hacer.
- Hay más colores- insinúa.
-Ya. Pero...
- No entiendo qué os pasa a todos con el azul, esta noche- me corta-. En la esquina, cuando venía para aquí, vi a un tipo con pinta de sin techo, sentado en la acera y pidiendo a los paseantes: "un poquito de azul, por caridad". Y el caso es que su cara me sonaba, juraría que era el novelista David Torres... Y si te asomas a la puerta del bar, verás a una pelirroja alta, encadenada al portal de al lado. Vanessa Montfort, creo que se llama... Está envuelta en una pancarta que reclama "Azul libre, gratuito y obligatorio para todos"...
Paradójicamente, me siento mejor.
-Los conozco -admito-. Los tres formamos parte del mismo experimento...
-Sí, estaba segura de que alguien había experimentado contigo -comenta la rubia.
La miro. No puedo dejar de mirarla y por suerte Pilar ha puesto un disco de Sabina, que me echa un cable con Peor para el sol. Canturreamos un par de estrofas y ella desafina bastante, como debe ser. Una rubia vocacional no puede cantar bien. Remember Norma Jean.
-No soy una buena compañía esta noche, rubia -le advierto-. He llegado al final del azul y no sé que hay más allá.
Se acerca hasta que sus labios rozan mi oreja:
-Después del azul viene el púrpura. ¿Quieres venir a descubrirlo conmigo?
Me ofrece un sorbo de su Bloody Mary y le cuento que en un tiempo, no hace tanto, tuve un bar en el que yo preparaba ese trago y hasta Dios bajaba a beberse unos cuantos.
-¿Y qué pasó para que dejara de ir?
-Tuve que echarlo porque siempre se marchaba sin pagar argumentando que había olvidado la cartera.
-Tú estás majara- dice como si eso le gustara-. Vamos, y llévate la consola, que el juego tiene buen pinta y mañana podemos echar unas partidas
en mi casa... Si te quedan fuerzas para encenderla.
Pagamos y detecto cierto tono de envidia en la voz grabada de Sabina cuando canta "volví al bar a la noche siguiente, a brindar con su silla vacía..."
En el portal vecino, Vanessa Montfort aúlla una consigna política según la cual los semáforos deberían tener tres luces azules, y un poco más allá mi amigo David Torres mendiga limosnas azules a personas grises.
-¿No tienes algo que darle? Me pena... -le digo a la rubia.
Ella rebusca en el bolso hasta encontrar un lápiz de ojos con el que pinta una espiral en la mano de Torres.
-Pero...-dice el insigne escritor-, es de color verde.
Tiene razón: el mismo tono de verde que dibuja una línea al final de los ojos de la rubia.
-Sí, es verde -contesta ella-. Pero una vez fue azul.
Nos alejamos abrazados en busca de un taxi.
-¿Así que después del azul viene el púrpura? -pregunto en su oído.
-Profundamente púrpura -promete ella.
Y la luna, que también es rubia de bote, es decir porque quiere, se pone verde de envidia.