domingo, 20 de febrero de 2011

El Experimento Azul

Experimento Azul, epílogo


Supongo que es sábado. Todo ha terminado y demoro un bourbon en la barra de Diablos Azules.
Hay noches en las que apuro la copa.
Hoy la hago durar, necesito que algo dure.
Queda poca gente en el bar, pero nunca falta alguien que olvida que no es martes ni miércoles, es decir que no estoy aquí para presentar la jam session de poesía o la de Minificción. Y siempre viene alguno a preguntarme "si hoy hay poesía", como quien pregunta a cómo tienes los tomates. Los espanto llevando con hastío la mano hasta el bolsillo interior de mi abrigo negro, abultado por un forma alargada y sólida.
Tragan saliva -menudo desperdicio, con los cócteles tan buenos que prepara Pilar-, me dicen cuídate, Salem y se van a seguir preguntando por ahí si esta noche hay poesía, que es lo mismo que asumir que si se tropezaran con la poesía en plena calle, no la reconocerían.
Poesía con piernas -y qué piernas- es la rubia que bebe un bloody mary en el otro extremo de la barra. Rubia de las de verdad, las que los son por vocación y no por la quiniela amañada de los genes. En otro momento me acercaría, intentaría comprobar que no me mira porque le llama la atención el pañuelo negro que envuelve mi cabeza o le recuerdo a un hámster que tuvo de pequeña y acabó metiendo en el microondas. Pero hoy no.
Hoy toco el bolsillo interior de mi abrigo y el peso de la Nintendo DS XL me dice una y otra vez que el Experimento Azul ha terminado.
Llegué al final del Ghost Trick y aún sigo sorprendido, desconcertado y, nostálgico. Porque ya nada será lo mismo.
Llevo un par de días evitando las llamadas de mis compañeros de experiencia, Vanessa Montfort y David Torres. No quiero soportar sus burlas. Tampoco llamo a Fernando Marías, cerebro del experimento. No quiero compasión.
Tal vez por eso bajo mirada hasta el charco ambarino que espera en mi vaso cuando la rubia me sonríe con clase. En El largo adiós, la novela que me cambió la vida a los trece años, Raymond Chandler establecía una completa clasificación de rubias, pero como la que traía de cabeza a Philip Marlowe, pobre detective sin más gloria que su código de honor y callejones, esta rubia de la barra de Diablos Azules no encajaría en ningún apartado. Hay mujeres que despistan a los tópicos porque los tópicos se distraen mirándoles las piernas y pierden la ocasión de encasillarlas, que es lo suyo.
Eludo la mirada amigable de la rubia, que no parece ser de las que buscan, sino de las que se dejan sorprender por los encuentros.
Saco del bolsillo la Nintendo, seguro de que así la ahuyentaré, como quiero ahuyentar esta noche todo lo que no sea la pena por el final del Experimento Azul.
Tenía un mes para responder a una pregunta: ¿Se puede hacer novela negra en un videojuego? Y me dejé llevar por el absurdo cotidiano que ronda mi vida, por locas aventuras y frenéticas obsesiones, para no responder. Vaya si se puede. De hecho, soy incapaz, estos días, de avanzar en mi novela, porque cada capitulo me sugiere una ramificación probable de un improbable juego.
Cierro los ojos y antes de abrirlos, un perfume rubio me informa que no estoy solo.
-¿Por qué estás tan triste? -pregunta la rubia y tiene la voz adecuada, la ronquera que exijo en un rubia de verdad. Para otros la blondas voces de pito, el aflautado tono que anuncia, siempre, palabras vacías o elogios al nuevo disco de Bustamante. Una rubia como esta debe tener una voz como esta: de esas voces que curan o te hieren para siempre.
-Se acabó el Azul- le digo-. He llegado al final y ahora no sé qué hacer.
- Hay más colores- insinúa.
-Ya. Pero...
- No entiendo qué os pasa a todos con el azul, esta noche- me corta-. En la esquina, cuando venía para aquí, vi a un tipo con pinta de sin techo, sentado en la acera y pidiendo a los paseantes: "un poquito de azul, por caridad". Y el caso es que su cara me sonaba, juraría que era el novelista David Torres... Y si te asomas a la puerta del bar, verás a una pelirroja alta, encadenada al portal de al lado. Vanessa Montfort, creo que se llama... Está envuelta en una pancarta que reclama "Azul libre, gratuito y obligatorio para todos"...
Paradójicamente, me siento mejor.
-Los conozco -admito-. Los tres formamos parte del mismo experimento...
-Sí, estaba segura de que alguien había experimentado contigo -comenta la rubia.
La miro. No puedo dejar de mirarla y por suerte Pilar ha puesto un disco de Sabina, que me echa un cable con Peor para el sol. Canturreamos un par de estrofas y ella desafina bastante, como debe ser. Una rubia vocacional no puede cantar bien. Remember Norma Jean.
-No soy una buena compañía esta noche, rubia -le advierto-. He llegado al final del azul y no sé que hay más allá.
Se acerca hasta que sus labios rozan mi oreja:
-Después del azul viene el púrpura. ¿Quieres venir a descubrirlo conmigo?
Me ofrece un sorbo de su Bloody Mary y le cuento que en un tiempo, no hace tanto, tuve un bar en el que yo preparaba ese trago y hasta Dios bajaba a beberse unos cuantos.
-¿Y qué pasó para que dejara de ir?
-Tuve que echarlo porque siempre se marchaba sin pagar argumentando que había olvidado la cartera.
-Tú estás majara- dice como si eso le gustara-. Vamos, y llévate la consola, que el juego tiene buen pinta y mañana podemos echar unas partidas
en mi casa... Si te quedan fuerzas para encenderla.
Pagamos y detecto cierto tono de envidia en la voz grabada de Sabina cuando canta "volví al bar a la noche siguiente, a brindar con su silla vacía..."
En el portal vecino, Vanessa Montfort aúlla una consigna política según la cual los semáforos deberían tener tres luces azules, y un poco más allá mi amigo David Torres mendiga limosnas azules a personas grises.
-¿No tienes algo que darle? Me pena... -le digo a la rubia.
Ella rebusca en el bolso hasta encontrar un lápiz de ojos con el que pinta una espiral en la mano de Torres.
-Pero...-dice el insigne escritor-, es de color verde.
Tiene razón: el mismo tono de verde que dibuja una línea al final de los ojos de la rubia.
-Sí, es verde -contesta ella-. Pero una vez fue azul.
Nos alejamos abrazados en busca de un taxi.
-¿Así que después del azul viene el púrpura? -pregunto en su oído.
-Profundamente púrpura -promete ella.
Y la luna, que también es rubia de bote, es decir porque quiere, se pone verde de envidia.