jueves, 5 de mayo de 2011

Matar y guardar la ropa: Los escritores Isaac Rosa, Juan Bonilla y Carlos S...

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Los escritores Isaac Rosa, Juan Bonilla y Carlos Salem elegidos como finalistas del Premio Mandarache 2012

http://www.premiomandarache.es/info/escritores_isaac_rosa_juan_bonilla_y_carlos_salem_elegidos_como_finalistas_premio_mandarache_20


Begoña de Oro, Marisol Ortiz de Zárate y Fernando Morillo completan la tríada de finalistas del Premio Hache de Literatura Juvenil
El Proyecto Mandarache/Hache de fomento de la lectura entre jóvenes se enorgullece de presentar las obras y escritores finalistas de su próxima edición, la séptima, que tendrá lugar durante el curso escolar 2011-2012.
Los finalistas de cada edición son seleccionados por el Grupo Promotor del proyecto, formado por profesores de secundaria, libreros, bibliotecarios, animadores y técnicos de Juventud.
Las obras seleccionadas componen dos tríadas equilibradas con libros distintos entre sí que cubran las expectativas de distintos tipos de lectores y que integre a su vez a autores consagrados con otros más emergentes que, en ocasiones, quedan fuera de los circuitos del mercado y las grandes promociones editoriales. De esta manera el Premio Mandarache, otorgado por cientos de jóvenes entre 15 y 30 años, cuenta con: El país del miedo (Seix Barral, 2008; Booket, 2009) de Isaac Rosa, escritor y columnista de el diario Público; Pero sigo siendo el rey (Salto de Página, 2009), una novela policíaca y de humor mordaz del escritor Carlos Salem; y finalmente el libro de relatos Tanta gente sola (Seix Barral, 2009; Booket, 2011) del reconocido narrador y poeta Juan Bonilla.
Por otra parte, el Premio Hache de Literatura Juvenil contará con: Pomelo y limón (SM, 2011) de la escritora y editora Begoña de Oro, y viene avalada por el último Premio Gran Angular; La canción de Shao Li (Editorial Bambú, 2009) de la escritora infantil y juvenil Marisol Ortiz de Zárate; y, cerrando el trío de finalistas, La canción de Shao Li (Ibaizabal, 2008; Edelvives, 2010) del joven escritor vasco Fernando Morillo, considerado uno de los autores emergentes que están renovando la literatura vasca.
Los seis escritores visitarán Cartagena a lo largo del próximo curso escolar para presentar sus obras y encontrarse con cientos de lectores jóvenes y adolescentes que cada año conforman el popular jurado de estos democráticos premios literarios y que durante el mes de abril de 2012 votarán su favorito entre los seleccionados.

martes, 15 de marzo de 2011

Crítica de" Matar y guardar la ropa", en Timp Pierdut

http://vicenterosenstock.blogspot.com/2011/03/critica-de-matar-y-guardar-la-ropa-de.html

Los espejos del ascensor nos rpeiten, creando a partir de los cuatro pasajeros una multitud de clones. Es un ascensor moderno, como el edificio, y hace un momento, cunado suvíamos el hombre del traje azul y yo, en la planta número catorce, se me antojó un truco de feria, un truco cruel, porque en lugar de deformarnos, la óptima calidad óptica de los espejos nos mostraba con precisión. Y eso duele.


~Carlos Salem, Primer párrafo de Matar y guardar la ropa.




Hay novelas que se saborean, casi página por página. Manchan el paladar y lo impregnan de cada una de sus frases. Como el buen jamón, o el vino, como más se disfrutan es recordándolas, En esas obras, leer no es más que un paréntesis de sentir, un paro en la reflexión.

Pero no. No es este el caso de Matar y guardar la ropa, segunda novela del escritor argentino (Afincado en Madrid) Carlos Salem. Matar y guardar la boca no se paladea: se devora. Frase por frase, capítulo por capítulo: una vez la pruebas no puedes sino seguir. Como el eslogan de aquellas patatas insulsas. Ya no hay stop.

No sabría decir qué tipo de novela me gusta más. Son estilos distintos, supongo. También están las novelas que ni se degustan ni se engullen, novelas que se escupen casi al instante de probarlas.

Pero ésa es otra historia. A Salem se le devora con gusto. La novela negra, bien escrita, es lo que tiene. Se lee rápido, para que no se enfríe. Abandonar un libro de este género a la mitad para continuar uno, dos meses después es casi un acto delictivo. Sus indicaciones son similares a las del yogur líquido: Agitar antes de usar, consumir preferentemente en un plazo no superior a una semana.

El problema de la novela negra es que repetirse es muy sencillo. Son cientos (Por no decir miles) los ejemplares casi clónicos que pueblan las estanterías y que solo se distinguen por el color de la portada y un par de ingredientes distintos. Aquí, un agente de seguros. Esta otra la protagoniza el asesino. Por eso Salem se agradece, por conseguir, a base de los clásicos ingredientes, un libro original.

Y eso, ya entrado el siglo XXI, no es de perogrullo. Porque sobran historias ambientadas en las oscuras calles de la gran ciudad (Véase Nueva York, Londres o incluso Madrid), por eso Salem se agradece.

Porque un camping (Nudista, nada menos) de Murcia puede ser igual de válido para un crimen que las callejuelas del Bronx, por eso Salem se agradece.

Porque fulano de tal Juanito Pérez Pérez es un nombre tan digno como James Bond, por eso Salem se agradece. Por evitar a los personajes sin pasado ni futuro, por su habilidad para mantener el suspense (Que atrapa desde el principio) y al mismo tiempo sacarte una sonrisa, por evitar las trampas que insultan al lector.

Por eso Salem se agradece.

En definitiva, una lectura entretenida y agradable, fácil de leer pero no por ello simplona. La técnica de Salem es, en una palabra (Generalista, pero acertada), envidiable.

Y si no me creéis, ya sabéis: echadle un ojo y juzgad vosotros mismos.


Susurrado por Vicente Rosenstock a las 16:18

lunes, 14 de marzo de 2011

Con Argemí y Orsi, en Clarín

Los referentes del policial español son argentinos
 y están inéditos en el país


Están premiados y traducidos en el resto de Europa:
son tres “negros” criollos que brillan en España.




POR ALEJANDRA ZINA, ESPECIAL PARA CLARÍN

En España son premiados, están traducidos a varios idiomas –inglés, francés, alemán, holandés, italiano– y los celebran lectores, editores, y críticos. Son Guillermo Orsi, Raúl Argemí y Carlos Salem: el trío mejor guardado de la literatura policial argentina, referentes del género negro ibérico. Pese a que llevan más de tres décadas en el oficio, la popularidad les llegó del otro lado del océano.
“En el 2001 gané el Premio Felipe Trigo con Los muertos siempre pierden los zapatos . Estaba tan seguro de que no le darían bola, por ser tan argentina, que hasta me olvidé de que la había enviado. Pero un día me llamaron para decirme que había ganado, y comencé a publicar novelas que había escrito o comenzado a escribir allá”. Allá es acá, y el que habla es Raúl Argemí desde su casa en Barcelona. Nacido en 1946 en La Plata, pasó unos años en Río Negro antes de cruzar el Atlántico en el 2000. Lleva publicadas las novelas Penúltimo nombre de guerra (Premio Dashiell Hammett), Patagonia Chu Chu y Retrato de familia con muerta (recreación ficcional del crimen de María Marta García Belsunce, Premio internacional de Novela Negra L´H Confidencial), entre otras obras. El mundo de Argemí es áspero y compacto como el desierto patagónico donde transcurren muchas de sus historias. Su estilo, inspirado en el humor crudo de Roberto Arlt, recrea climas que van de lo sórdido a lo nostálgico y de lo íntimo a lo político. Una prosa que suena a tango, country y rock & roll.
Un concurso fue también la puerta de entrada de Guillermo Orsi. “En España me publicaron en 2004, cuando obtuve el Premio Umbriel/Semana Negra por Sueños de perro . Nacido el mismo año que Argemí, Orsi reside desde 1995 en el Valle de Calamuchita, Córdoba. Algunas de sus obras son El vagón de los locos (Premio Emecé), Buscadores de oro , Nadie ama a un policía (Premio Internacional de Carmona) y Ciudad Santa (Premio Dashiell Hammett). En su literatura predomina cierto sentido del deber, un código de honor que lleva a los personajes a meterse en la boca del lobo. El lobo es la metrópoli contemporánea poblada de narcos, ex torturadores reciclados, policías corruptos, inmigrantes ilegales.

El caso de Salem fue distinto. “Hasta mayo de 2007 era inédito. Ese año se publicó mi novela Camino de ida en la editorial Salto de Página. El resto es tan vertiginoso que prefiero no pensarlo, en cuatro años publiqué nueve libros”. Carlos Salem nació en Buenos Aires en 1959, y reside en España desde 1988. A Camino de ida , ganadora del Premio Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón, le siguieron Matar y guardar la ropa (Premio París Noir 2010 en su versión traducida), Pero sigo siendo el rey , y Cracovia sin ti (Premio Seseña de Novela). Sus novelas son aventuras desmesuradas con una pizca de policial negro, algo del humor de Leslie Nielsen, un dejo de nostalgia que recuerda a Soriano, momentos de alto voltaje erótico y lenguas filosas para los personajes, que no son tan perdedores como uno creería.

Publicar en España significó para Argemí depurar el lenguaje coloquial, y dosificarlo “como un pintor dosifica los colores”. Para Orsi, en cambio, es una tensión que ni los glosarios ni las notas al pie pueden resolver. Distinto de Salem, argeñol asumido, que escribe en el español de allá conservando “esa pequeña distancia que te permite ser cínicamente tierno en los dos lados del charco”.

A todos los premios que ya tiene, es muy probable que uno de los tres sume un premio en octubre de este año: están nominados para el Premio de novela del festival “Toulouse Polars du Sud” de esa ciudad de Francia.
¿Entonces por qué todavía no son conocidos en su tierra? Para Ernesto Mallo, un maestro del género negro, “hay muchos editores a quienes les gusta la literatura de Argemí, Orsi y Salem, y que les encantaría publicarlos, pero tienen que matar los manuscritos. Como dicen los mafiosos: no es nada personal, es negocio. A estos tipos les sobra algo, es eso”, remata el autor de Delincuente argentino .

El trío negro criollo

“La habilidad de Salem está en su capacidad para que convivan escenas de muchísimo humor en un policial sin quebrar la trama. En cualquier novela es difícil, pero mucho más en el ambiente sucio de la novela negra”.
Patricio Zunini. Coordinador del Filba.

“Un tipo old fashion, con la seguridad del que está de vuelta y no tiene que vender sabiduría. Disfruto de sus novelas esa mirada que tienen sus narradores. Resignadas. Pero sin perder el sentido del humor”.
Leonardo Oyola. Escritor.

“´¿Cómo este hombre no está editado en Argentina?’, me preguntó Magnus en un festival alemán. Lo mismo sentí al escucharlo leer: una novela bien escrita, interesante, que se siente verdadera y que da ganas de leer”.
Claudia Piñeiro. Escritora.








miércoles, 23 de febrero de 2011

"Pero sigo siendo el rey", en Ociozero




Reseña de Óscar Bribián



Pero sigo siendo el rey (Salto de Página, 2009) es una novela diferente. Hay quien podría calificarla de novela negra hilarante, lo que parece una contradicción, pero no lo es, y me explico: recuerda a películas como Airbag o El gran Lebowski o a las novelas de Bukowski, toda esa ambientación cáustica y absurda se entremezcla a la perfección en una trama detectivesca que no está exenta de intriga, situaciones tensas y personajes complejos. Es sencilla y llanamente una novela negra diferente, donde las premisas son disparatadas y la prosa terriblemente ágil.

José María Arregui es un ex policía metido a detective, atormentado por una culpa tras una relación truncada con la muerte y poseedor de un carácter visceral, lo que se traduce en persona de verbo áspero y puños rápidos, diestro para los disfraces (como los antiguos detectives de novela de principios del siglo XX) y, cómo no, aferrado al alcohol. Todo parece transcurrir normalmente en la agencia de detectives hasta que Arregui recibe una inesperada visita, la de un empresario de altos vuelos, Zuruaga, y su matón de armario elevado al cubo, con la intención de capturar al rey. A su vez, el mismísimo Ministro del Interior le encarga una extraña tarea: encontrar y traer de vuelta al rey Juan Carlos I de Borbón, el cual ha desaparecido dejando una extraña nota: «Me voy a buscar al niño. Volveré cuando lo encuentre. O no. Feliz Navidad».

Envuelto en una omnipresente intriga, Arregui da por casualidad con el paradero del rey, ansioso de aventuras, con el que a partir de entonces forma una insólita pareja. Perseguidos por el Miedo, el guardaespaldas de Zuruaga, por el propio empresario y otros secuaces, Arregui y el rey emprenden una disparatada huida durante el mes de diciembre por los pueblos de Portugal y España, una y otra vez acompañados por el ritmo de las rancheras que el autor transcribe de cuando en cuando, y por el himno español tarareado por el propio rey. Durante la historia aparecerá una mujer con la que Arregui mantiene una singular relación por Internet, para quizás olvidar a su antiguo amor, y otros personajes mucho menos convencionales. El lector podrá disfrutar de las anécdotas de Juan Carlos y Arregui disfrazados de hippies en su andanza junto a Sosiris, un hombre con la cualidad de ver no el futuro, sino el pasado oculto de las personas, lo que le trae beneficios pero muchos problemas en los pueblos que visita. Será entrañable la presencia de la oveja Rosita, de la que se encariñan. También aparecerá Cabo, un extraño compositor vestido con esmoquin blanco que viaja sin rumbo fijo en un Rolls Royce, con una batuta y un atril sin partituras, en busca de una melodía. Aparece un hacker adolescente cuya madre quiere beneficiarse al protagonista. Un hombre apellidado Aguerri, acusado por su empresa de robar material de oficina, y que «tiene pinta de no haber metido un gol en toda su vida», como lo describe el detective. Un anciano ermitaño, armado y oculto en los montes, que cree que la Guerra Civil jamás terminó. Octavio el cocinero y Soldati, un veterano argentino dueño de un restaurante. Taibo, un excéntrico escritor mexicano de novelas policíacas que puede descubrir con un solo sorbo la procedencia del envasado de cualquier Coca-Cola. Un elenco de personajes de lo más variopinto, con secundarios como la Guardia Civil y unos cuantos alcohólicos y desheredados.

Curiosa, frenética, hilarante historia que nos presenta Carlos Salem mediante la insólita amistad entre un rey y un ex policía obligado a custodiarle y protegerse de sus perseguidores, pese a sus deseos de romperle la nariz debido a los caprichos y los malos chistes que cuenta el monarca. Una narración que comienza en primera persona, gira casi de forma imperceptible en un narrador omnisciente y termina nuevamente en primera persona. Una parodia que aglutina un cruce de perspectivas y sensaciones sin igual, capaz de hacer reír y reflexionar, entretenida e insolente, en la que el autor recupera a personajes de sus anteriores obras. Tras esta novela me ha quedado claro que Carlos Salem es uno de esos autores que produce obras singulares e irrepetibles, con una voz propia inconfundible.

http://www.ociozero.com/20484/pero-sigo-siendo-el-rey

domingo, 20 de febrero de 2011

El Experimento Azul, Epílogo púrpura

Supongo que es sábado. Todo ha terminado y demoro un bourbon en la barra de Diablos Azules.
Hay noches en las que apuro la copa.
Hoy la hago durar, necesito que algo dure.
Queda poca gente en el bar, pero nunca falta alguien que olvida que no es martes ni miércoles, es decir que no estoy aquí para presentar la jam session de poesía o la de Minificción. Y siempre viene alguno a preguntarme "si hoy hay poesía", como quien pregunta a cómo tienes los tomates. Los espanto llevando con hastío la mano hasta el bolsillo interior de mi abrigo negro, abultado por un forma alargada y sólida.
Tragan saliva -menudo desperdicio, con los cócteles tan buenos que prepara Pilar-, me dicen cuídate, Salem y se van a seguir preguntando por ahí si esta noche hay poesía, que es lo mismo que asumir que si se tropezaran con la poesía en plena calle, no la reconocerían.
Poesía con piernas -y qué piernas- es la rubia que bebe un bloody mary en el otro extremo de la barra. Rubia de las de verdad, las que los son por vocación y no por la quiniela amañada de los genes. En otro momento me acercaría, intentaría comprobar que no me mira porque le llama la atención el pañuelo negro que envuelve mi cabeza o le recuerdo a un hámster que tuvo de pequeña y acabó metiendo en el microondas. Pero hoy no.
Hoy toco el bolsillo interior de mi abrigo y el peso de la Nintendo DS XL me dice una y otra vez que el Experimento Azul ha terminado.
Llegué al final del Ghost Trick y aún sigo sorprendido, desconcertado y, nostálgico. Porque ya nada será lo mismo.
Llevo un par de días evitando las llamadas de mis compañeros de experiencia, Vanessa Montfort y David Torres. No quiero soportar sus burlas. Tampoco llamo a Fernando Marías, cerebro del experimento. No quiero compasión.
Tal vez por eso bajo mirada hasta el charco ambarino que espera en mi vaso cuando la rubia me sonríe con clase. En El largo adiós, la novela que me cambió la vida a los trece años, Raymond Chandler establecía una completa clasificación de rubias, pero como la que traía de cabeza a Philip Marlowe, pobre detective sin más gloria que su código de honor y callejones, esta rubia de la barra de Diablos Azules no encajaría en ningún apartado. Hay mujeres que despistan a los tópicos porque los tópicos se distraen mirándoles las piernas y pierden la ocasión de encasillarlas, que es lo suyo.
Eludo la mirada amigable de la rubia, que no parece ser de las que buscan, sino de las que se dejan sorprender por los encuentros.
Saco del bolsillo la Nintendo, seguro de que así la ahuyentaré, como quiero ahuyentar esta noche todo lo que no sea la pena por el final del Experimento Azul.
Tenía un mes para responder a una pregunta: ¿Se puede hacer novela negra en un videojuego? Y me dejé llevar por el absurdo cotidiano que ronda mi vida, por locas aventuras y frenéticas obsesiones, para no responder. Vaya si se puede. De hecho, soy incapaz, estos días, de avanzar en mi novela, porque cada capitulo me sugiere una ramificación probable de un improbable juego.
Cierro los ojos y antes de abrirlos, un perfume rubio me informa que no estoy solo.
-¿Por qué estás tan triste? -pregunta la rubia y tiene la voz adecuada, la ronquera que exijo en un rubia de verdad. Para otros la blondas voces de pito, el aflautado tono que anuncia, siempre, palabras vacías o elogios al nuevo disco de Bustamante. Una rubia como esta debe tener una voz como esta: de esas voces que curan o te hieren para siempre.
-Se acabó el Azul- le digo-. He llegado al final y ahora no sé qué hacer.
- Hay más colores- insinúa.
-Ya. Pero...
- No entiendo qué os pasa a todos con el azul, esta noche- me corta-. En la esquina, cuando venía para aquí, vi a un tipo con pinta de sin techo, sentado en la acera y pidiendo a los paseantes: "un poquito de azul, por caridad". Y el caso es que su cara me sonaba, juraría que era el novelista David Torres... Y si te asomas a la puerta del bar, verás a una pelirroja alta, encadenada al portal de al lado. Vanessa Montfort, creo que se llama... Está envuelta en una pancarta que reclama "Azul libre, gratuito y obligatorio para todos"...
Paradójicamente, me siento mejor.
-Los conozco -admito-. Los tres formamos parte del mismo experimento...
-Sí, estaba segura de que alguien había experimentado contigo -comenta la rubia.
La miro. No puedo dejar de mirarla y por suerte Pilar ha puesto un disco de Sabina, que me echa un cable con Peor para el sol. Canturreamos un par de estrofas y ella desafina bastante, como debe ser. Una rubia vocacional no puede cantar bien. Remember Norma Jean.
-No soy una buena compañía esta noche, rubia -le advierto-. He llegado al final del azul y no sé que hay más allá.
Se acerca hasta que sus labios rozan mi oreja:
-Después del azul viene el púrpura. ¿Quieres venir a descubrirlo conmigo?
Me ofrece un sorbo de su Bloody Mary y le cuento que en un tiempo, no hace tanto, tuve un bar en el que yo preparaba ese trago y hasta Dios bajaba a beberse unos cuantos.
-¿Y qué pasó para que dejara de ir?
-Tuve que echarlo porque siempre se marchaba sin pagar argumentando que había olvidado la cartera.
-Tú estás majara- dice como si eso le gustara-. Vamos, y llévate la consola, que el juego tiene buen pinta y mañana podemos echar unas partidas
en mi casa... Si te quedan fuerzas para encenderla.
Pagamos y detecto cierto tono de envidia en la voz grabada de Sabina cuando canta "volví al bar a la noche siguiente, a brindar con su silla vacía..."
En el portal vecino, Vanessa Montfort aúlla una consigna política según la cual los semáforos deberían tener tres luces azules, y un poco más allá mi amigo David Torres mendiga limosnas azules a personas grises.
-¿No tienes algo que darle? Me pena... -le digo a la rubia.
Ella rebusca en el bolso hasta encontrar un lápiz de ojos con el que pinta una espiral en la mano de Torres.
-Pero...-dice el insigne escritor-, es de color verde.
Tiene razón: el mismo tono de verde que dibuja una línea al final de los ojos de la rubia.
-Sí, es verde -contesta ella-. Pero una vez fue azul.
Nos alejamos abrazados en busca de un taxi.
-¿Así que después del azul viene el púrpura? -pregunto en su oído.
-Profundamente púrpura -promete ella.
Y la luna, que también es rubia de bote, es decir porque quiere, se pone verde de envidia.

El Experimento Azul

Experimento Azul, epílogo


Supongo que es sábado. Todo ha terminado y demoro un bourbon en la barra de Diablos Azules.
Hay noches en las que apuro la copa.
Hoy la hago durar, necesito que algo dure.
Queda poca gente en el bar, pero nunca falta alguien que olvida que no es martes ni miércoles, es decir que no estoy aquí para presentar la jam session de poesía o la de Minificción. Y siempre viene alguno a preguntarme "si hoy hay poesía", como quien pregunta a cómo tienes los tomates. Los espanto llevando con hastío la mano hasta el bolsillo interior de mi abrigo negro, abultado por un forma alargada y sólida.
Tragan saliva -menudo desperdicio, con los cócteles tan buenos que prepara Pilar-, me dicen cuídate, Salem y se van a seguir preguntando por ahí si esta noche hay poesía, que es lo mismo que asumir que si se tropezaran con la poesía en plena calle, no la reconocerían.
Poesía con piernas -y qué piernas- es la rubia que bebe un bloody mary en el otro extremo de la barra. Rubia de las de verdad, las que los son por vocación y no por la quiniela amañada de los genes. En otro momento me acercaría, intentaría comprobar que no me mira porque le llama la atención el pañuelo negro que envuelve mi cabeza o le recuerdo a un hámster que tuvo de pequeña y acabó metiendo en el microondas. Pero hoy no.
Hoy toco el bolsillo interior de mi abrigo y el peso de la Nintendo DS XL me dice una y otra vez que el Experimento Azul ha terminado.
Llegué al final del Ghost Trick y aún sigo sorprendido, desconcertado y, nostálgico. Porque ya nada será lo mismo.
Llevo un par de días evitando las llamadas de mis compañeros de experiencia, Vanessa Montfort y David Torres. No quiero soportar sus burlas. Tampoco llamo a Fernando Marías, cerebro del experimento. No quiero compasión.
Tal vez por eso bajo mirada hasta el charco ambarino que espera en mi vaso cuando la rubia me sonríe con clase. En El largo adiós, la novela que me cambió la vida a los trece años, Raymond Chandler establecía una completa clasificación de rubias, pero como la que traía de cabeza a Philip Marlowe, pobre detective sin más gloria que su código de honor y callejones, esta rubia de la barra de Diablos Azules no encajaría en ningún apartado. Hay mujeres que despistan a los tópicos porque los tópicos se distraen mirándoles las piernas y pierden la ocasión de encasillarlas, que es lo suyo.
Eludo la mirada amigable de la rubia, que no parece ser de las que buscan, sino de las que se dejan sorprender por los encuentros.
Saco del bolsillo la Nintendo, seguro de que así la ahuyentaré, como quiero ahuyentar esta noche todo lo que no sea la pena por el final del Experimento Azul.
Tenía un mes para responder a una pregunta: ¿Se puede hacer novela negra en un videojuego? Y me dejé llevar por el absurdo cotidiano que ronda mi vida, por locas aventuras y frenéticas obsesiones, para no responder. Vaya si se puede. De hecho, soy incapaz, estos días, de avanzar en mi novela, porque cada capitulo me sugiere una ramificación probable de un improbable juego.
Cierro los ojos y antes de abrirlos, un perfume rubio me informa que no estoy solo.
-¿Por qué estás tan triste? -pregunta la rubia y tiene la voz adecuada, la ronquera que exijo en un rubia de verdad. Para otros la blondas voces de pito, el aflautado tono que anuncia, siempre, palabras vacías o elogios al nuevo disco de Bustamante. Una rubia como esta debe tener una voz como esta: de esas voces que curan o te hieren para siempre.
-Se acabó el Azul- le digo-. He llegado al final y ahora no sé qué hacer.
- Hay más colores- insinúa.
-Ya. Pero...
- No entiendo qué os pasa a todos con el azul, esta noche- me corta-. En la esquina, cuando venía para aquí, vi a un tipo con pinta de sin techo, sentado en la acera y pidiendo a los paseantes: "un poquito de azul, por caridad". Y el caso es que su cara me sonaba, juraría que era el novelista David Torres... Y si te asomas a la puerta del bar, verás a una pelirroja alta, encadenada al portal de al lado. Vanessa Montfort, creo que se llama... Está envuelta en una pancarta que reclama "Azul libre, gratuito y obligatorio para todos"...
Paradójicamente, me siento mejor.
-Los conozco -admito-. Los tres formamos parte del mismo experimento...
-Sí, estaba segura de que alguien había experimentado contigo -comenta la rubia.
La miro. No puedo dejar de mirarla y por suerte Pilar ha puesto un disco de Sabina, que me echa un cable con Peor para el sol. Canturreamos un par de estrofas y ella desafina bastante, como debe ser. Una rubia vocacional no puede cantar bien. Remember Norma Jean.
-No soy una buena compañía esta noche, rubia -le advierto-. He llegado al final del azul y no sé que hay más allá.
Se acerca hasta que sus labios rozan mi oreja:
-Después del azul viene el púrpura. ¿Quieres venir a descubrirlo conmigo?
Me ofrece un sorbo de su Bloody Mary y le cuento que en un tiempo, no hace tanto, tuve un bar en el que yo preparaba ese trago y hasta Dios bajaba a beberse unos cuantos.
-¿Y qué pasó para que dejara de ir?
-Tuve que echarlo porque siempre se marchaba sin pagar argumentando que había olvidado la cartera.
-Tú estás majara- dice como si eso le gustara-. Vamos, y llévate la consola, que el juego tiene buen pinta y mañana podemos echar unas partidas
en mi casa... Si te quedan fuerzas para encenderla.
Pagamos y detecto cierto tono de envidia en la voz grabada de Sabina cuando canta "volví al bar a la noche siguiente, a brindar con su silla vacía..."
En el portal vecino, Vanessa Montfort aúlla una consigna política según la cual los semáforos deberían tener tres luces azules, y un poco más allá mi amigo David Torres mendiga limosnas azules a personas grises.
-¿No tienes algo que darle? Me pena... -le digo a la rubia.
Ella rebusca en el bolso hasta encontrar un lápiz de ojos con el que pinta una espiral en la mano de Torres.
-Pero...-dice el insigne escritor-, es de color verde.
Tiene razón: el mismo tono de verde que dibuja una línea al final de los ojos de la rubia.
-Sí, es verde -contesta ella-. Pero una vez fue azul.
Nos alejamos abrazados en busca de un taxi.
-¿Así que después del azul viene el púrpura? -pregunto en su oído.
-Profundamente púrpura -promete ella.
Y la luna, que también es rubia de bote, es decir porque quiere, se pone verde de envidia.

domingo, 13 de febrero de 2011

El experimento azul, nº 7

Querido diario:

Decidí buscar la ayuda de unpsicólogo, para que me ayudara a comprender lo que me ocurre con el Ghost Trick de Nintendo, el juego que llevo un mes probando y me ha cambiado la vida. La ha cambiado para mejor, porque peor no podía ir. Creí que al bucear en mis recuerdos podría también recordar en qué momento dejé de ser un niño prodigio para convertirme en un fenómeno de feria. Y me bastó una sola sesión para comprender que la moderna psicología puede ser la solución a todos mis problemas. Cierto es que el terapeuta tardó un poco en sintonizar conmigo, y que le molestó bastante mi exigencia de que saliera a comprar una pipa y una barba postiza, pero es que cuando hay que hacer las cosas, hay que hacerlas bien. Cierto también que aunque la pipa se asemejaba bastante a las que he visto fumar a los psicólogos de las películas, la barba que el noble facultativo pudo obtener en la tienda de disfraces de la acera de enfrente, era más propia de un lobo de mar que de un experto en almas. Pero lo resolvió comprando también un paisaje marino de dudosa calidad artística, pero tan realista que por momentos salpicaba.
-Hábleme de usted -me sugirió cuando estuve tendido en el diván.
-¿Es que le he tuteado, doctor? No es propio de mí tomarme esas confianzas.
-No, que me hable de su vida, de sus anhelos, ¡de su infancia, hábleme de su infancia!
- La infancia, doctor, fue ese tiempo en el que todo era dulce, hasta los azotes de mi padre…
- ¿Cómo dice?
- Sí: papá trabajaba por entonces en una pastelería y gustaba de pegarme con sacos de azúcar.
-Eh-h, y ¿qué es lo primero que recuerda de su infancia?
-Primero estaba flotando en un líquido tibio. Luego, una sensación de girar y girar y girar… que se detuvo de pronto y la luz lo inundó todo.
-¿Recuerda su nacimiento?
-¿Qué nacimiento? Es que mamá, como buena primeriza, se hizo un lío y me metió en la lavadora junto con mis ropitas…
-¿Y está seguro de que fue un error? -murmuró el terapeuta.
-¿Qué quiere decir?
-Nada, nada. Siga contándome.
-Nada especial. Como la situación económica era tan precaria, mis padres me cambiaron con unos vecinos por una lavadora. No funcionaba, pero al menos, como dijo papá “uno sabe que es normal”. Pero en cuanto me empecé a comer el detergente, los vecinos deshicieron el trato.
-“Rechazo paternal” -murmuró el psicólogo mientras apuntaba en su libreta. Y luego agregó-: “razonable, si se conoce al paciente”.
- En todo caso, doctor, desde muy pequeño se destacaron en mí las cualidades de sagacidad e intuición que habrían de convetirme en escritor de novela negra. Lo mío siempre fue la investigación. Cuando algo se perdía en casa, ya fuera la vuelta de la compra, la dentadura de oro de la abuela, o la pierna ortopédica de mamá, siempre recurrían a mí para encontrarlo. Y lo encontraba, ya fuera en los bolsillos de papá, o en el monte de piedad que había a pocos metros de casa, tras entregar el correspondiente resguardo hallado en los cajones de la mesita de noche paterna. Mi padre se enternecía tanto por ese olfato de sabueso precoz, que me palmeaba afectuosamente las posaderas, tal vez con cierto exceso de energía.
-Hábleme de su primer amor…
-Era bella, era elegante y suave, pero al mismo tiempo, fría y distante, como si me ignorase…
- Natural- dijo entre dientes el doctor.
-…y comprendí que lo nuestro era imposible cuando le arranqué la ropa.
-¿Qué, qué? ¿Cuántos años tenía usted?-Nueve. Ya, no me lo diga. Mamá también se enfadó y dijo que no tenía edad para jugar con las Barbie de mi hermana.

El silencio detrás de mí me hizo volver la cabeza y advertí que mi terapeuta padecía de un curioso tic en ambos ojos, además de temblarle el pulso. No hice observación alguna sobre el hecho de que se estuviera comiendo la barba postiza, porque con esas nuevas dietas de moda, nunca se sabe.
-Pero lo que realmente marcó mi vida es un hecho más reciente, y temo que aún no lo he superado, doctor. ¿Se lo cuento?
Creo que asintió, aunque como estaba hincando de rodillas en el suelo, rezando mientras se daba goles en el pecho con una estatuilla de bronce, pensé que sería de mal gusto insistir:
-Creo que Getrudis, mi ex novia, me engañaba.
-¿Po-por-qué lo sospechaba?
-Uno no será un hombre de mundo, pero siempre me pareció extraño que su consejero espiritual viniera a domicilio y la confesara en nuestro cuarto, a puerta cerrada…
Detrás de mí se escuchó un gemido ahogado, algo así como “pordios,másno”, y aunque no soy particularmente religioso, me alegré de que mi terapeuta lo fuera, ya que el asunto estaba relacionado:
-Además, una noche que entré de pronto en el cuarto y vi al sacerdote desnudando a mi novia, he de admitir que desconfié…
El sonido se hizo más agudo.
-…hasta que el confesor me dijo que pertenecía a la Teología de la Liberación y Getru necesitaba ser liberada.
Mi terapeuta comenzó a comerse su bigote, aunque era natural.
-Pero lo que en realidad me desvelaba, doctor, eran los gemidos y aullidos que ella soltaba durante las confesiones. Cuando el santo hombre comenzó a venir acompañado de otros cuatro colegas, supe que lo de mi novia era grave, y pese a que me mandaron a buscar hielo y cigarrillos, supongo que para que no me preocupara, supe que mis peores sospechas eran acertadas.
El silencio recibió mis palabras.
-A la mañana siguiente le dije a Claudia: “a mí no me engañas y desde anoche lo tengo claro: tú has sido poseída”. ¿Sabe lo que me respondió?: “no sabes tú bien cuánto. Pero poseída, poseída, poseída.” Yo le dije que no se preocupara, que tratara de olvidarse de todo, y para demostrarle que la comprendía, fui al video club y alquilé El exorcista, y…
Una corriente de aire llamó mi atención y al girar la cabeza no vi a mi psicólogo. La ventana estaba abierta y me asomé. Ahí estaba, sobre la delgada cornisa de la planta 15.
-¡No me diga nada, no pienso bajar de aquí en mi vida!- Gritó-. ¡Sólo de pensar que me puede tocar otro como usted!
-Venga, hombre- le dije-. Precisamente usted debería saber que casi todo problema tiene solución. Además, no hemos hecho más que empezar. Imagine todo lo que descubriremos juntos durante las sesiones venideras. Estoy dispuesto a seguir la terapia con su sabia guía durante todo el tiempo que sea necesario, meses, años, décadas si es preciso.
Comenzó a llorar y supe que mis palabras lo emocionaban. Insistí:
-Venga doctor, no puede quedarse inmovilizado en este punto de su vida. ¡Es la hora de dar un paso adelante!
Me miró. Sonrió. Y dio el paso.
Seguía sonriendo mientras caía.

El entierro fue conmovedor, estaban todos los psicólogos de la ciudad. Yo me mantuve a distancia respetuosa, y para pasar el rato superé una nueva etapa de Ghost Trick sentado en una tumba soleada. Escuché que los psicólogos comentaban: “ha venido el loco del videojuego”, pero no lo relacioné conmigo, desde luego, e imaginé que mi buen amigo David Torres había acudido a ellos en busca de ayuda para superar su incapacidad para avanzar en el Ghost Trick.
Allí estaban, querido diario: todos los psicólogos de Madrid. Pero, por extraño que parezca, ninguno tiene espacio en su agenda para seguir mi tratamiento.
Me temo que hay más gente con problemas psicológicos de lo que pensaba.

viernes, 11 de febrero de 2011

El experimento Azul nº6

Querido Diario:

Mientras mi cuarto sigue ocupado por mi ex, Gertrudis, y su nuevo novio senegalés, Bnamhmwammboo, he aprovechado para salir de casa armado con mi Nintendo DS XL y el Ghost Trick, el juego que en las últimas semanas ha ocupado mi mente y mis energías. Ha sido un acto de rebeldía ante la prepotencia de Gertrudis: vale que se mudara a mi casa porque la han echado de la suya a causa de los excesivos ruidos amatorios que producía con el moreno; pase que además trajera consigo su colección de 258 relojes de arena. Pero al ordenarme que me ocupara de darles “cuerda” regularmente dándoles vuelta, Gertru despertó al indomable rebelde que dormía en mi interior. Y sin que me temblara el pulso, mientras ellos de ocupaban de escandalizar a mis vecinos, salí andando de puntillas y no dudé en pagarle un buen dinero al ucraniano que está pintando en la casa de al lado, para que se ocupe de los relojes.
Ya sabes: los cobardes no escriben la historia, querido diario.





Y aquí estoy, en este vetusto locutorio dotado de ordenadores que deben datar de la infancia de Bill Gates, por lo menos. Pero libre, como mi corazón.
Reviso mi correo electrónico. Algo interesante. En una nota anónima alguien me agradece las noches encendidas de sensualidad, enumera una por una las acrobacias sexuales realizadas, y anhela nuevas locuras sin final, aunque propone que la próxima vez podríamos dejar de lado lo del látigo de nueve colas y lo que llama la refinada pero un tanto exasperante técnica de la miel y las hormigas, “porque luego me siguen las moscas durante semanas”. Lo firma un tal Manolo y apunto mentalmente que debo prohibir a Gertrudis que siga dando mi dirección de e-mail para recibir mensajes de sus amantes. Además, nunca quiso hacer lo de las hormigas conmigo.
¡Por fin! Respuesta de la agencia de relaciones a la que acudí para buscar a mi media naranja, “o fruto sucedáneo más o menos digerible”, agregué en mi carta de presentación. Tampoco hay que ser tan exigente. Me comentan en su mensaje que han seguido los pasos habituales y tras introducir en su banco de datos mis preferencias en materia de relaciones, los requisitos que debe cubrir mi posible compañera, las exigencias intelectuales y físicas y los deportes que quisiera compartir con ella, por fin han obtenido resultados. Se disculpan por el retraso, pero argumentan en su favor que han tenido que renovar el personal varias veces debido a las renuncias en masa provocadas por mi gestión y agregan que ¡la han hallado! Responde, me dicen, punto por punto a mis peticiones, parece creada para cumplir mis sueños, desde los más tiernos hasta los más perversos. Lo malo, me informan, es que esa variedad de iguana de las regiones árticas, se extinguió hace por los menos 20.000 años. Suspiro. Siempre pensé que no había nacido en la era adecuada.
No puedo seguir llorando porque suena mi teléfono móvil y es mi agente literaria, que me pregunta, con el respeto que le provoca el valor de mis escritos, que “cómo has sido capaz de escribir una bazofia de tal calibre”.
- Me alegro de que te guste -digo
- Lo que me gustaría es pagarte una lobotomía, pero sería dinero tirado, porque no creo que con medio cerebro puedas hacerlo peor.
No contesto nada, porque ya estoy habituado a su fino sentido del humor cuando se refiere a mí, aunque a lo de dejarme encerrado en el balcón de la agencia, a ocho pisos de altura y durante todo un fin de semana, la verdad, no acabé de encontrarle la gracia.
- ¿Cómo te manejas con el correo electrónico? -pregunta.
- Regular. Siempre me hago un lío al pegarle los sellos, pero no volveré a intentarlo con la lengua, que la última vez casi me electrocuto.
-Olvídalo -suspira-. El caso es que te he remitido varios e-mails de lectores que han llegado a la agencia a tu nombre. Seguro que son insultos, así que mejor los respondes tú.
Ha colgado y me apresuro a abrir el archivo remitido bajo el título de “para el memo”.
El primer e-mail promete:
“Querido Carlos: detrás de tu aparente imbecilidad congénita he detectado una sensualidad sin límites y una sensibilidad que me excita. No importa que tu ex, Gertrudis, ese pendón desorejado, sea incapaz de valorar tus atractivos. Me llamo Valeria y estoy dispuesta a cometer contigo todas las locuras posibles y algunas por inventar. Como sé que eres hombre al fin -o algo parecido- y que el físico os importa mucho, te diré que he sido reina de belleza en varias ocasiones, y que más de un poeta ha perdido la razón por mis encantos. Cuando quieras, lo que quieras, cómo quieras, siempre tuya, Valeria.
PD: No creas que soy la típica tonta inexperta que luego se echará atrás cuando llegue el momento. Tengo experiencia, y no en vano este mes he cumplido 115 años. Te envío dos fotos mía, desnuda, desde luego. Una de cuándo fui Miss Liguero 1907, y otra, también desnuda, de la semana pasada.”
Le respondo de inmediato:
“Querida Valeria: es imposible resistir tu oferta, y menos después de ver las fotos. Pero por el momento, lo ajetreado de mi agenda me impide concretar nuestra cita de inmediato, por lo que te pido un poco de paciencia. 30 o 40 años, como mucho. Salvo que antes de esa fecha se invente la máquina del tiempo y pueda viajar a 1907.
Tuyo, Carlos.”

El siguiente es un ferviente admirador de mi talento:
Salem, tío: Leo cada mes la revista y soy un forofo de tus relatos, aunque me indigna ver lo que tienes que pasar por culpa de Gertrudis. Olvídala, tío, no te merece. Vale que por lo que cuentas es guapísima, que tiene menos reparos morales que un ministro, y que sea insaciable en la cama. Vale que además, a juzgar por lo que cuentas, está más buena que un camión de quesos y que se debe saber de memoria todo el Kamasutra, y que… a propósito, ¿me podrías facilitar su teléfono o su dirección, para decirle todo esto a la cara?
Un abrazo, Ernesto Cador de Piernas.”

Respondo, agradecido:
Querido Ernesto: Gracias por compadecerte de mí, es increíble la solidaridad que despierta mi caso, porque el tuyo es el e-mail número 23.437 que expresa esa comprensión y se ofrece para recriminar en persona a Claudia su actitud. Para evitar aglomeraciones, he creado una lista de espera en la que procedo a apuntarte. Como todo indica que la demora será considerable, te envío en documento adjunto la foto y dirección de una buena amiga, Valeria, que sin duda sabrá hacerte agradable la espera.”

Hay muchos e-mail más, de lectores de mis libros, y debo responderlos todos.
Pero a modo de resumen diré, para la amable lectora Elsa Bañón Rojo, que no, que no tengo previsto esterilizarme todavía, aunque agradezco su ofrecimiento de correr con los gastos.
Lo mismo vale para todos los particulares e instituciones que han realizado la misma oferta (453), y para los lectores que han tenido la gentileza de invitarme a su casa “para demostrarle a mi mujer que yo no soy el más gilipollas de España”. Lamentablemente no puedo ir a todos los sitios, como no puedo aceptar la invitación para viajar a la Antártida y escribir allí un ensayo sobre la incidencia de la fauna tropical en la decoración de interiores de los iglús.
Lamento entonces no utilizar el billete de avión pagado -sólo ida- que me llegó por correo.
Lo que no entiendo es por qué ese mensaje tenía como remitente la dirección de correo electrónico de mi agente.
Basta por hoy.
Ha llegado la hora de los placeres.
Desenvuelvo un caramelo de licor, lo introduzco en mi boca y lo saboreo.
Enciendo la Nintendo y me zambullo en el Ghost Trick. El protagonista está muerto desde que empieza el juego y debe averiguar quién y por qué lo ha matado. Y para hacerlo, como es un fantasma, debe ir ocupando diferentes objetos que están a su alcance. El primer escenario es un vertedero y el detective se dispone a ir viajando por la basura.
Desde luego, los hay con suerte.

miércoles, 9 de febrero de 2011

El Experimento Azul, nº 5

Querido diario:

Tras las extravagantes experiencias sufridas por haberme obsesionado con el Ghost Trick de Nintendo, he tomado las riendas de mi vida para devolverla a la normalidad, y he empuñado el timón de mi barca vital, decidido a esquivar escollos con intuición digna del capitán del Titanic. Vale, no ha sido un buen ejemplo, ¿pero qué esperabas después de pasarme semanas deambulando por los tejados de Madrid para eludir los intentos de Vanessa Montfort y David Torres por apropiarse de mis avances en el juego del detective fantasma?



No es que haya dejado de jugar pero sí he limitado el tiempo que le dedico a un número determinado de horas.
Y esta mañana volví a disfrutar de las pequeñas alegrías que supone vivir en el sencillo y laborioso barrio de Lavapies. Salí a pasear y lo primero que percibí fue que el invierno está cediendo en su empeño de congelarnos. Casi podría decirse que la primavera ya está aquí. Lo descubrí esta mañana porque mi casera, la vieja señora Kowalsky, llevaba sólo un jersey de cuello alto con guantes y bufanda a juego, y un abrigo hasta los tobillos. En diciembre parece un ovillo de lana ambulante. Me saludó con un afectuoso escupitajo que un escritor como yo, habituado a las situaciones peligrosas, hubiera esquivado sin dificultad si la señora Kowalsky fuera ciega. Comprobé que sigue manteniendo su vista de águila y me alegré por ella. Siente verdadera devoción por mí desde que resolví -como pago de los intereses de alquileres atrasados- el asunto de las misteriosas desapariciones de su marido. Tras varias noches de guardia, la primera vez que no me quedé dormido a las nueve y media, descubrí que el pobre señor Kowalsky, nativo de Siberia, añoraba el frío de su patria, por lo que a medianoche se ponía su mejor traje, una flor en el ojal, y se refugiaba en la nevera. Me cobré las pesquisas con los intereses de cuatro meses de alquiler, y recomendé a mi casera que acompañara a su marido en su inocente fantasía.
Lo malo fue que esa noche, cuando abrió la nevera, lo sorprendió en posición comprometida con una langosta del Báltico.
Desde entonces, mi casera monta guardia con una escopeta dentro del refrigerador, y estuvo a punto de ir a la cárcel por el asesinato de una pierna de cordero que, seamos sinceros, iba provocando. Se salvó porque la policía no pudo hallar el cuerpo del delito. El asado me sentó fatal, pero los tiempos no están para rechazar invitaciones, Querido Diario, sobre todo si te la formulan con amabilidad y una escopeta de perdigones.
Pero se acerca la primavera y me acerco al final del Ghost Trick, no como el febril jugador que fui hasta hace poco, sino como un responsable usuario de excelente artilugio dedicado al ocio y la superación. De modo que, bañado por el tibio sol de mediodía y sentado en una terraza de Tirso de Molina, apunto en un folio mis buenos propósitos a cumplir en breve:
1)Dejar de beber.
2) Dejar de fumar.
3) Dejar de pasar interminables noches de lujuria con bellas mujeres insaciables.
Recuerdo que en varias ocasiones he querido darme a la bebida y ella me rechazó. Además, mi economía sólo da para un tetra brick de Don Simón cada quince días y dos botellas de casera. No cuela.
Tacho Dejar la bebida.
El tabaco. Fumar es un placer, genial, sensual. Recuerdo a Nidia, a quien solía tararear la melodía de El humo ciega tus ojos y eso la hacía llorar. Me amaba con pasión hasta que le operaron de cataratas y dejamos de gustarle la canción y yo.
Tacho Dejar de fumar. Para un vicio seco que tengo… Cavilo un par de horas sobre cuáles serán los vicios húmedos y concluyo que tendrán algo que ver con las tardes de lluvia. Descartados: me resfrío con facilidad.
Dejar de pasar interminables noches de lujuria con bellas mujeres insaciables. Medito sobre mi vida sexual de los últimos meses, y en un arranque de sinceridad tacho el punto 3 de mi lista y escribo: Dejar de mentir. (Debo recomendar a mi amigo David Torres que haga lo mismo, ya que según he sabido, desde que escribió en su blog que había llegado al final del Ghost Trick, la gente lo señala entre carcajadas por la calle y hasta los han propuesto para desempeñar el cargo de Presidente Honorario de la prestigiosa ONG “Troleros Sin Fronteras”.)
Suena el móvil en el preciso momento en que la pelirroja Lynne, en el juego, está a punto de dejarse matar otra vez, y tanto el detective espectral, Sissel, somos incapaces de salvarla. Debo atender el teléfono. Seguro que es Gertrudis, mi ex, que después de cuatro años, dos semanas, seis días y nueve horas de separación (tal vez sean diez horas, no es que lleve la cuenta), ha comprendido que no puede vivir sin mí. Si es así, ha tardado 57, 32 novios en descubrirlo, pero es que ella siempre fue muy de analizarlo todo con calma. No es Gertrudis, sino la directora de una revista que suele encargarme reportajes y cuentos porque dice que le recuerdo al hijo “que por suerte no tuve”. Espero que esté de buen humor, y cuando al descolgar me llama “organismo mononeurónico deplorable“, se que estoy en lo cierto. Cuando está enfadada me llama cosas peores y en esta ocasión, al menos me concede una neurona de crédito. Me amenaza amablemente con enviarme dos gigantescos albano-kosovares a partirme las piernas si no le envío esta misma tarde el cuento que me encargó. Cuelga y advierto que en la Nintendo DS, Lynne se ha salvado. ¡La hemos salvado! Pero, ¿cómo? A ver si al final tenía razón Gertrudis al asegurar que las mejores noches de pasión que pasó conmigo tuvieron lugar durante mis ataques de sonambulismo. Debo pensar en ello, pero antes necesito resolver lo del cuento. No sé en que parte del mundo queda Albanokosovaria, pero no hay que tentar la suerte. Camino hasta el quiosco. Necesito ideas y como todo creador contemporáneo, me dedicaré a la disciplina más usada: copiar descaradamente. Dudo. Por un momento creo que en lugar de mi kiosco habitual he caído en un bazar de todo a 100. Pero el dueño no es un chino, sino mi amigo el quiosquero, Pablo, poeta en los ratos libres y portero de discoteca para mitigar las noches de soledad y machacar alguna que otra cabeza.
Veo colecciones de todo lo imaginable. Por 3,95 euros puedo iniciarme en el apasionante mundo de las ensaladeras en miniatura, o hacerme con trocitos de césped de los más famosos estadios de fútbol de Asia, o ¿por qué no? coleccionar bolsitas para emergencias de todas las líneas aéreas del globo, y entrar en el sorteo de una usada en su momento por Yeltsin, patrocinada por una marca de vodka; incluso podría lanzarme al desenfreno y hacerme, semana a semana, con una atrevida serie de fotos eróticas de la Reina Madre de Inglaterra.
Pablo me mira como si fuera un marciano cuando le pregunto si en realidad la gente compra tantos coleccionables.
—Tú es que vives en la luna, Salem. Si yo mismo estoy a punto de terminar mi colección sobre las variedades del papel higiénico a lo largo del mundo y de la historia. Viene con muestras certificadas, y cuando la acabe ¿sabes qué me regalarán?
No quiero saberlo y huyo a casa.
Vuelve a sonar el teléfono y esta vez sí es Gertrudis. Escucho con fingida indiferencia. Quiere volver a casa. No suplica pero le falta poco. Me hago el duro y la hago sufrir durante una buena fracción de segundo. Después cedo. Me da las gracias como antes, con la voz teñida de emoción.
— Eres el gilipollas más sensible que he conocido.
Y cuelga. Vendrá esta noche.
Canto. Limpio mi cuchitril y bajo a recuperar el gato del patio. Al fin y al cabo, fue Claudia quien lo hizo embalsamar cuando vivíamos juntos. Vuelve. Esta noche. Soy feliz y no pienso dejar que las minucias estropeen el momento: no importa que su retorno se deba a que la han echado de su piso, ni que se mude a mi casa con su nuevo novio senegalés, ni que fueran sus gemidos amatorios provocados por el moreno la causa de su expulsión del anterior domicilio. Seguro que se lo trae por que le da pena el pobre inmigrante, Claudia siempre ha sido muy solidaria. Y de paso, para disimular que me extrañaba.
Comienzo a empaquetar mis libros.
Claudia me he dicho que haga espacio en los estantes, porque también se trae su colección fascículos y relojes de arena, y tendré que encargarme de hacerlos girar cada hora.
Sólo son 258.
Tengo tiempo porque Gertrudis y Bnamhmwammboo (en casa le dicen Tito) llegarán a la anochecer. Enciendo la Nintendo y me sumerjo en el Ghost Trick. Si me entreno lo suficiente, podré jugar con una mano, mientras con la otra voy volteando los relojes de arena.

lunes, 7 de febrero de 2011

El Experimento Azul, nº4





Querido Diario:

Como te comentaba la última vez que escribí en tus páginas, he superado la adicción que adquirí por el Ghost Trick desde que Fernando Marías me involucró en lo que ha dado por llamar El experimento Azul. Y lo peor es que nada de esto ha salido en los papeles de Wikileaks, para que veas que con lo importante no se atreven. ¿Qué es el Experimento Azul? Pues un malvado plan consistente en coaccionar a tres novelistas relacionados con el género negro, darles una consola Nintendo DS XL y un ejemplar del citado juego, para comprobar si se puede hacer novela negra en ese formato.
Y vaya si se puede. Desde que empecé a jugar, mi vida se convirtió en una novela, no sólo negra, sino multicolor, invadiendo géneros y reinventándolos, como ocurre en el Ghost Trick.
Para que veas que no exagero, te cuento lo que me ocurrió en el hospital, al que llegué tras el ataque de risa permanente sufrido cuando leí un post de David Torres anunciando que había llegado al final del juego. Él, que necesita instrucciones para abrir la nevera. Como no dejaba de reír, llegó una ambulancia que me trasladó con urgencia al hospital, temerosos los abnegados para-médicos de que hubiera perdido la razón. Lo que perdí fue el sentido, a medias, agotado por la risa incesante. En esa duermevela mis carcajadas sonaban como ajenas, y creí haber atravesado la frontera de la realidad, ya que el espiar al médico con los ojos entornados, juraría que llevaba el pelo igual que el detective fantasma que protagoniza el juego. Y en cuanto a la enfermera que me aplicaba oxígeno, podría asegurar que era la misma pelirroja con coleta que durante cientos de horas habíamos intentado -el detective y yo- salvar de su recurrente tendencia a dejarse matar. Hasta el anestesista delgado y nervioso, que botaba de un lado al otro del quirófano, se me antojaba hermano gemelo del inspector del juego, un tipo raro con complejo de Travolta que oculta algo y estuve a punto de descubrirlo cuando sufrí la crisis.
-Se nos va -dijo el médico y temblé de miedo.
-¿No hay nada que podamos hacer, doctor? -se preocupó la pelirroja..
Abrí un poco más los ojos, sin dejar de reír cada vez que recordaba la baladronada de Torres. El médico y la enfermera no me estaban mirando a mí, sino a la consola Nintendo, que habían dispuesto bajo un foco en la camilla vecina.
-Este animal lleva días sin recargar la consola -dijo el doctor- y la adaptación que le hizo para conectarla a la placa solar que llevaba a la espalda, es una chapuza.
Ella le secó el sudor del a frente mientras el noble hipócrita intentaba salva la consola y yo seguía riendo sin parar.
-Lo hemos conseguido -susurró el médico horas más tarde-. Ha costado, pero la consola funciona otra vez.,
-Es usted un genio, doctor -dijo la enfermera admirada. Luego giró la cabeza hacia mí y murmuró -: ¿Y por él, no podremos hacer nada?
- Por mí, como si se la pica un pollo, después de lo que hizo con la consola...
Y se marcharon, dejándonos a la Nintendo y a mí en sendas camillas. A la consola la habían tapado con una manta. A mí me dejaron desnudo y atado a la camilla.
La sensación de irrealidad se hizo más fuerte, mis ojos enturbiados por las lágrimas que me provocaba la risa. ¿Y si había cruzado el límite, si de verdad estaba ya del lado de la fantasía y no podía volver? Sonreí burlonamente pensando en mi casera, pero no pude disfrutar mucho tiempo de la sensación, porque escuché voces junto a la puerta. Una era la de la enfermera, declarando que mi estado era delicado y no podía recibir visitas. La voz de hombre que le respondió, grave pero tímida, argumentó que sólo serían unos segundos, y lo secundó una voz chillona e impertinente de mujer.
-Mira, guapa, somos periodistas del Daily Planet y tenemos derecho a informar. Me llamo Lois Lane y el palurdo que viene conmigo es Clark Kent, así que déjanos pasar si no quieres que te empapelemos…
La puerta se abrió y pude divisar las dos siluetas.
-No deja de reír, Clark. ¿Tu crees que…?
-Sí, Lois, Me temo que el ciudadano Salem ha sido víctima del gas hilarante del Joker…
-Pobre desgraciado…
-No todo está perdido, Lois. Seguro que Batman tiene el antídoto y no tardará en venir.
-No lo digo por eso, Clark. Es que este tío está desnudo. Y da pena…
- Un poco, sí, Lois.
Y se marcharon, mientras yo le deseaba a Clarkito que Luthor le hubiera frotado sus calzoncillos favoritos con kirptonita y a Lois que la destinaran a trabajar en un diario español, que así se enteraría de lo que bueno.
Riendo, me dormí. Desperté sin dejar de reír y todo estaba en penumbras. Detecté ami lado una presencia que un instante antes no estaba allí. Entreabrí los párpados y divisé la sombra corpulenta y oscura, la presencia nocturna y poderosa que podía salvarme. Su musculosa figura estaba cubierta por un manto oscuro que la hacía confundirse con la noche, ser la esencia misma de la noche, su peligro y también su única opción de justicia, por implacable que fuera.
-Batman, has venido -murmuré agradecido.
-¡Qué Batman ni que murciélago a la parrilla! -dijo soltándome un bofetón que me curó de inmediato el ataque risa-. Soy la hermana Sor Vicisitudes, enfermera de este hospital, y estoy hasta el moño de que siempre me toquen los enfermos más colgados.
Abrí los ojos y, en efecto, era una monja. Con cuerpo de levantador de pesas, pero monja. Con la sombra de una barba cerrada pintando su rotunda barbilla, pero monja. Aunque no era la primera monja que conocía con ese aspecto.
-¿Y todo esto empezó por este aparatito -dijo tomando la Nintendo que se perdió en sus enormes manos -. Ya no saben que inventar, los jodíos…
-Usted no comprende, hermana.
-¡Calla, gandul! Y cúbrete con esta manta las vergüenzas, que en tu caso, más que una frase arcaica casi en desuso, es una descripción piadosa.
Me hice un pañal con la manta mientras Sor Vicisitudes se adentraba en los misterios del Ghost Trick:
-¿Pero esta pelirroja es tonta o qué? ¡Otra vez se ha dejado matar!
-Eso no es nada, hermana. Tengo un amigo que asegura haber llegado hasta el final del juego en sólo unos días…
-Sí, seguro. Y yo soy la novia del Papa, no te jode…
En el pasillo resonó una carcajada histérica que me puso los vellos de punta.
-Hermana, ya sé usted no es Batman, pero… ¿Y si es cierto que el Joker está detrás de esto?
-¡Qué Joker ni qué payaso frito! Ese es el chalado de la 215, un tal David Torres, al que ingresaron hace un rato porque no hace más que repetir que conoce “el gran secreto”… El pobre está como una regadera… Menos mal que lo dejé al cuidado de una enfermera pelirroja muy maja…
-¿Llevaba el pelo en una coleta, era pelirroja?
-No.
-¡Entonces no es una enfermera, es Vanessa Montfort, hermana! Seguro que ella y Torres se han colado en el hospital y quieren robar mi consola, para apropiarse de mis avances en el juego…
-Tú también estás chalado, calvito…
-¿Ya ha llegado a la pantalla en la que la pelirroja muere aplastada por un muslo de pollo gigante? -pregunté con mala intención.
-Sí. ¡Y es imposible salvarla, voto a Santa Sisebuta!
-Yo sé cómo hacerlo…
-¿Tú, piltrafilla? ¿De verdad?
-Y se lo enseñaré si me ayuda a escapar de esos dos.
La monja se irguió en toda su estatura y sacó pecho:
-En un momento lo arreglo. Tú espera aquí.
Regresó cinco minutos más tarde, sacudiéndose las palmas de las manos:
-Asunto arreglado. Tenías razón: esos dos estaban compinchados. Pero pude anestesiarlos y ya están rumbo al quirófano; ella para que le practiquen un aumento de pecho al tamaño de Pamela Anderson, y a él para que la hagan una vasectomía triple. ¿O era el revés? Da igual, nosotros a lo nuestro.
En ese momento, se oyó una explosión, y una carcajada siniestra, diferente de las anteriores. Una voz llenó el silencio, preguntado en tono burlón:
-¿Murciélago, dónde estás murcielaguito? Ven con papi, JA JA JA JA!
Sor Vicisitudes salió por la puerta y luego se escuchó un fuerte ruido de lucha, intercalado con ayes, rugidos y risas histéricas. La puerta se abrió y la monja me dijo con voz ronca:
-Como pille al cerrajero del Asilo Arkham, vamos a tener más que palabras. Era el Joker, nomás. Lo he retenido por un tiempo, pero volverá a la ataque. Pilla la consola, piltrafilla, que nos vamos.
-¿Cómo, donde? -alcancé a preguntar sin comprender nada.
La monja me aferró en sus fuertes brazos y saltó conmigo por la ventana. Cerré los ojos esperando el impacto contra el pavimento, pero sonó una explosión ahogada y sentí un fuerte tirón hacia arriba. Luego me desmayé.
Desperté hace dos días en esta cueva que es bastante confortable, si no tenemos en cuenta la humedad. Batman/ Sor Vicisitudes dice que me dejará marchar cuando el peligro haya pasado, pero yo sé que sólo quiere que le revele el secreto del Ghost Trick. Menos mal que Alfred, el mayordomo, cocina como una madre y estoy recobrando fuerzas. En cuanto a Robin, sé que me odia, pero como está de interna en un colegio de religiosas, sólo viene a molestarnos los fines de semana.
Lo bueno es que he recuperado la cordura y ya nada podrá detenerme.
Esta noche, cuando Batman salga a patrullar la ciudad o a la última misa, escaparé, querido diario. Y la Nintendo DS con el Ghost Trick, vendrá conmigo. Sé que la monja justiciera sufrirá por mi partida, pero acabará por aceptarlo.
Lo nuestro es imposible. Desde la más tierna infancia soy agnóstico, y además, tengo alergia a los murciélagos.

martes, 1 de febrero de 2011

El experimento Azul nº3


El Experimento Azul, nº3


Querido Diario:

Al fin puedo decirlo en voz alta: ¡he superado la adicción que adquirí por el Ghost Trick de Nintendo!
Estaba harto de merodear por los tejados de Tirso de Molina, cargando a la espalda una placa solar para alimentar la consola, disputando con las palomas las migas que dejan las ancianas en los balcones y hay que ver los picotazos que pegan, las malditas (me refiero a las palomas y no a las venerables ancianas, querido diario); harto de lavarme cuando llovía y vestirme con lo que tomaba prestado de los tendederos (la última semana me refugié en los tejados de un bloque ocupado por estudiantes del programa ERASMUS y hay qué ver lo poco que abrigan y lo incómodos que resultan los tangas, que era lo único que las gráciles estudiantes de intercambio ponían a tender); minada mi autoestima de escritor emergente (cada vez que escucho esa definición imagino a un tipo con el agua al cuello y en puntas de pie y el tipo se me parece) a causa de mi debilidad por un simple -no tan simple- juego de misterio.
Vale que los gráficos son excelentes y los personajes tan delirantes que alguno hasta podría haber aparecido en una de mis novelas.
Y que la trama de Ghost Trick está bien urdida que, además de cumplir las pruebas necesarias para ir pasando de nivel, uno quiere saber qué ocurrirá después, quién mató al detective fantasma que protagoniza la aventura. Y que, sobre todo, uno necesita averiguar por qué ha regresado de la muerte. De acuerdo que la variedad de escenarios amplia tanto las posibilidades que el jugador se siente dentro de la historia, y que el humor de las situaciones ayuda a evitar topicazos y momentos falsos; y reconozco que en conjunto, el juego atrapa hasta hacer perder la noción del tiempo.
Pero entre nosotros, no es para tanto.
Comencé a saber que había perdido el control cuando fui entrevistado, en un tejado tapizado de recuerdos de los almuerzos de las aves migratorias y de las otras, por una periodista con ojos peligrosos que decía llamarse Laura. Como buen profesional ( es decir sin dejar de jugar mientras la atendía) respondí a sus preguntas sin perder de vista que acaso fuera una espía de mis compañeros-rivales-competidores-enemigos en el Experimento Azul, Vanessa Montfort y David Torres.
¿Que exagero, querido diario?
Pues no.
En estos días he aprendido mucho viviendo en el cráneo erizado de tejas de Madrid. Y te sorprenderá saber que la única paloma que mostró compasión y cierta amistad por mí durante ese exilio de azoteas, acabó confesado que había sido entrenada y seducida (me avergüenza explica aquí mediante qué métodos), por Torres, para espiar mis avances en el juego. Martina, que así se llama la paloma, una vez que logramos entendernos en su lenguaje de arrullos, comprendió la ruindad del plan de mi amigo (¿?), la bajeza que supone recurrir a ese tipo de estratagemas para sacar ventaja en un simple juego, y la poca calidad humana que hay que tener para planear algo así. Y acabó aceptando espiar a Torres en mi beneficio tras llegar a un acuerdo cuyos términos te ahorraré, que igual esto lo leen niños y no es plan.
Y en cuanto a Montfort, esa dulce y rojiza muchacha espigada, te diré que tengo la certeza de haberla visto asomada a la ventanilla de un avión comercial (que no low cost, la pelirroja tiene estilo), armada de unos binoculares e intentando vislumbrar desde lo alto mis progresos en las pantallas de Ghost Trick.
En ese dilema estaba, y sin poder dejar de jugar, cuando vino en mi ayuda el más inesperado de los aliados: el propio David Torres.
Ayer estaba yo huyendo de una banda de aparentes golondrinas que bien podrían haber sido pájaros robotizados teledirigidos por Montfort, cuando el azar (y las copiosas descargas orgánicas de esas golondrinas mecánicas seguramente fabricadas en Japón, hay qué ver qué realismo tenía la lluvia de caca) hizo que buscara refugio en un ático. Seguramente en el anuncio para alquilarlo lo habrían definido como un “Loft”, es decir que era un cuartito en la azotea sin paredes internas y con los muros decorados por algo que bien podría ser la obra de un pintor vanguardista de fama mundial o manchas de humedad de las de toda la vida. Un reflejo de la sofisticada vida moderna y el confort al alcance de todos en el nuevo siglo., Vamos, que podías cocinar sentado en el váter mientras te ponías moreno con el sol de invierno y sus tenues intentos, querido diario. Una vivienda tan reducida qué más de un poeta que conozco habría tenido que alquilar otra vivienda vecina para alojar su ego, porque ambos no cabrían. Una birria de casa. Pero con conexión wi fi a internet.
El ocupante no estaba a la vista y como allí todo estaba a la vista, deduje que habría salido en busca de un fotomatón para pasar en él la tarde y sentirse a sus anchas.
Las golondrinas cibernéticas de Vanessa se habían marchado y aproveché el wi fi para conectar mi Nintendo DS XL y buscar ayuda en la red.
No existe -aún- ninguna ONG de ayuda a los adictos al Ghost Trick. Tampoco en las páginas de acupuntura pude hallar indicios de medios milenarios para calmar mi ansia de seguir jugando.
Desesperado, escribí en el buscador el nombre del juego y la palabra “ayuda”. Le di al enter y esperé. El enlace me condujo al blog de David Torres y a una entrada reciente en la que hablaba de su experiencia con Ghost Trick.
Y en ella, Torres aseguraba haber llegado al final del juego y sin ayuda.
Recordé una llamada telefónica suya, durante la cual me ofreció dinero a cambio de explicarle cómo se encendía la consola, y cómo tuve que tranquilizarlo contándole que los personajes animados del juego son sólo imágenes y no pequeños seres coloridos que habitan la consola.
Volví a leer y el blog decía lo mismo: que mi amigo había terminado el juego solito y sin ayuda.
Y entonces empecé a reírme.
A reír sin parar.
A reír tanto que sentí cómo mi adicción se evaporaba.
A reír como un loco del chiste de Torres.
Y no pude dejar de reír, querido diario, hasta que regresó el ocupante del ático-LOT-cuartucho y llamó a la ambulancia y me llevaron a ese hospital y…
Pero eso te lo contaré mañana, Querido Diario. Porque lo que ocurrió después resulta difícil de creer.
Además, la monja duerme y como se despierte, temo por mi integridad.
Mañana te cuento, querido diario.
Si es que llego a mañana.

viernes, 21 de enero de 2011

MIS NIÑAS MUERTAS DE CRISTINA FALLARÁS, PREMIO L’H CONFIDENCIAL 2011




El Premio se entregará el 26 de marzo en un acto público en la Bòbila


Con Mis niñas muertas, protagonizada por Victoria González, una detective embarazada de 26 semanas con despacho en el Raval barcelonés, la periodista y escritora Cristina Fallarás ha ganado el Premio Internacional de Novela Negra L'H Confidencial 2011. El Premio, promovido por la Biblioteca la Bòbila y convocado por el Ayuntamiento de L'Hospitalet y Roca Editorial, celebra este año su quinta edición.

La novela narra la investigación de la desaparición de dos hermanas de 3 y 5 años, que se convierte en un recorrido por los bajos fondos de la Barcelona más canalla, donde la pedofilia, el tráfico de drogas y la pornografía infantil son moneda corriente. La autora ahonda además en el tema de la maternidad, el abandono infantil y el consumo de estupefacientes en la actualidad.

El jurado está presidido por el teniente de alcalde del Área de Educación y Cultura del Ayuntamiento de L'Hospitalet, Mario Sanz, y formado por la editora Blanca Rosa Roca; la jefa de Bibliotecas de L'Hospitalet, Anna Riera; el director de la Biblioteca la Bòbila, Jordi Canal, y dos lectores apasionados por la novela negra, Ricardo Tormo, del Club de Lectura de Novela Negra, y Paco Camarasa, propietario de la librería Negra y Criminal y comisario de BCNegra.

El jurado destaca el retrato de los bajos fondos barceloneses donde se desarrolla la acción, así como del lenguaje crudo y realista que la autora utiliza para narrar una escalofriante historia en la que se ven involucrados la detective González y su ayudante Jesús, con el contrapunto de la evolución del embarazo de ella.

El premio se entregará en un acto público el próximo 26 de marzo, en la Biblioteca la Bòbila, donde se presentará la obra publicada, con la presencia de la autora.

Cristina Fallarás (Zaragoza, 1968), estudió Ciencias de la Información en la Universidad Autónoma de Barcelona, ha ejercido como periodista en la Cadena Ser, El Mundo, El Periódico de Catalunya, Ràdio 4, Com Ràdio, ADN y Factual. Ha colaborado en programas televisivos de las cadenas Cuatro y Antena 3, y actualmente dirige la revista digital Sigueleyendo y trabaja de asesora en temas de comunicación en línea para el sector editorial y los medios de comunicación. Dentro del género negro, Cristina Fallarás ha publicado No acaba la noche (Planeta, 2006) y Así murió el poeta Guadalupe (Alianza, 2009, finalista del Dashiel Hammett, 2010), y ha participado en la antología de relatos Barcelona Noir, para la editorial neoyorquina Akashic Books, que aparecerá el próximo mes de mayo.

En anteriores ediciones, los galardonados con el Premio L'H Confidencial han sido el vasco Ertlanz Gamboa con Caminos cruzados, el cántabro Julián Ibáñez con El baile ha terminado; el argentino Raúl Argemí con Retrato de familia con muerta y el mexicano Joaquín Guerrero-Casasola con Ley garrote.

El Experimento Azul, nº 2


Día 2:
Hace unos días, cuando Fernando Marías nos citó en su casa con aires de cardenal florentino en plena conspiración, para entregarnos las Nintendo DS XL y nuestros respectivos ejemplares del juego Gosth Trick, David Torres me dijo:
-Ten cuidado, tío, que tú eres un loco de los gadgets y a ver si acabas enganchado…
Y Vanessa Montfort agregó, pelirrojamente:
-Dalo por perdido, David: el Salem es capaz de enviciarse hasta con el cambio de luces de los semáforos peatonales.
Maldije el día en que le conté mi debilidad hacia esos adictivos instrumentos del mobiliario urbano y las tardes perdidas esperando que el hombrecillo rojo o verde se pusiera amarillo. Hay cosas que nunca debes contarle a una pelirroja.
Fernando Marías no dijo nada, porque seguramente estaría ideando un nuevo experimento ciber literario, como encerrar a una docena de novelistas vapuleados con un crítico malicioso en un ascensor y retransmitír a todo el mundo por Internet lo que ocurra. Pensándolo bien, no sería mala idea: el programa podría llamarse: “Que yo no he sido, has sido tú”, y como subtítulo: “Sólo puede quedar uno”.
En fin, que ante la burla de mis compañeros de experimento brotó mi lado más salvaje y los insulté con dureza, sin cortarme un pelo. Los insulté en armenio. Y telepáticamente, por las dudas. Porque sospecho que Torres habla el armenio y no podría asegurar que Vanessa no ejerza de telépata en sus ratos libres.
Pero lo llevan claro si creen que me engancharé con Gosth Trick. Ja.
Una de mis compañeras de piso golpea a la puerta del baño y me dice que llevo tres horas y media dentro, que deje de jugar con la consolita de las narices y salga de una vez, o se lo hará en el pasillo y me tocará limpiar a mí. De nada ha servido entrar con el Marca envolviendo la Nintendo con aire de llevar dentro una revista porno: me han pillado.

Día 3

El juego tiene su gracia: el detective muerto tiene que averiguar quién lo mató, pero ha perdido la memoria, por lo que antes tiene que saber quién era y qué buscaba cuanto estaba vivo. Como casi todos nosotros. Y para dificultar un poco más las cosas, tiene que estar constantemente salvando la vida de una pelirroja con coleta, que resulta ser una policía encubierta. Se la cargan. Siempre se la cargan, porque va provocando. Pero el detective puede retroceder en el tiempo cuatro minutos, los mismos con que cuenta para intentar salvarla. Si pudiera retroceder cuatro minutos en el tiempo, corregiría muchas cosas de mi vida. Como cuando la dije a Fernando que contara conmigo para el Experimento Azul. (Entre nosotros, estaba convencido de que la cosa consistía en probar alguna nueva especie de viagra de efecto permanente, pero no).

Día 4:
Mis compañeras de piso llaman a mi puerta y dicen que han cocinado un guiso de madre y que si quiero comer. Digo que ya voy, para ganar tiempo. Pero no me engañarán. Vivo en un piso compartido, en Lavapiés. Hay gente en el mundillo literario que cree que poso de escritor maldito, pero maldita la gracia que me hace, a mí, que nací para tener una piscina climatizada en el dormitorio y un jacuzzi en la biblioteca. Mi vida me recuerda a un letrero que mi viejo colgó cuando yo era niño en la puerta de su tienda:
Esta es una empresa sin fines de lucro
(no era nuestra intención inicial, pero…)

¿Por qué no gano lo mismo que Ruiz Zafón si ambos somos calvos y yo más alto y guapo? Misterios de la vida. Un día de estos me entrevistaré con Ruiz Zafón, a ver si salgo de dudas. Mejor no. A ver si resulta que es más alto que yo.
Mis compañeras llaman otra vez y por debajo de la puerta se cuela un aroma de cocido que despeina el suave vello animal del que debería estar recubierta mi alma, en el caso de que la tuviera. Digo que ya va y trato de salvar a la pelirroja, a punto de ser asesinada por novena vez. Casi lo consigo. Casi. Paciencia, sólo llevo catorce horas jugando sin parar, y Roma no se hizo en un día. Seguro que la compraron hecha. En cuanto llegue a las veinte horas lo dejo por hoy. Porque una cosa está clara: no voy a enviciarme. Les pido a mis compañeras que trituren mi ración de cocido y me la alcancen en un jarro, con una pajita. Dicen que estoy loco y que me quitarán la Nintendo. Cedo y salgo. ¿Has intentado comer cocido con una mano mientras salvas a una pelirroja a punto de morir aplastada por una para de pollo gigante? No lo intentes. O inténtalo si vives solo. Me encanta el cocido madrileño, pero cuando tus compañeras de piso te hacen tragar tu propio pañuelo negro por haber dejado perdido el salón, no tiene el mismo gusto.

Día 4:
Espío el blog de David Torres. Dice que ha superado el nivel 15 de Ghost Trick. Menos mal que llevo toda la noche encerrado en el baño jugando y sentado en el vater, porque me meo de risa.

Día 5:
¿Y si es cierto que David ha superado el nivel 15? No lo creo: es un tipo serio y no dedicará al juego más que una hora al día, mientras estudia ruso o checheno, o ve al mismo tiempo cinco películas de cine negro para luego poder vacilarnos. ¿Y Vanessa? Habla de regresiones y demás, pero no me lo trago: con toda la promoción del Premio Ateneo de Sevilla, no le quedará tiempo para jugar de verdad. Es lo bueno que tiene que todos los premios que me dan vayan acompañados de un diploma y una palmada en la espalda pero no lleven ni un duro de dotación: que me sobra tiempo para jugar. Y he salvado a la pelirroja de la pata de pollo gigante. ¡Toma ya! Se lo cuento al psicólogo que han contratado mis compañeras de piso para convencerme de dejar el juego. Él asiente y lo celebra. Creo. Porque con la mordaza que le he puesto en la boca y atado de pies y manos para que no intente quitarme la Nintendo, el discípulo de Freud no puede decir ni siquiera ahá o hummm.

Día 6:
Me llama por teléfono el chico de Vanessa. Dice que si le hago un sitio en el sofá de casa, porque ella, atrapada por el juego, lleva días sin hablarle. Le digo que exagera, que los del Ghost Trick no es para tanto.
-De verdad, Carlos: en la última semana sólo he conseguido que me diga ahá y hummm…
Le digo que pruebe con amordazarla y dice que no se atreve. Yo tampoco me atrevería. Insiste con lo del sofá y le cuento que no hay lugar: desde hace seis semanas están de visita diecinueve amigas de una compañera de piso griega que lleva seis meses sin vivir aquí. Cosas que pasan en Lavapiés. Pero que con lo mal que lo están pasando los griegos con el asunto de la crisis, no tenemos ánimo para echarlas. Cuelga sollozando y yo sonrío. Igual lo de pedir asilo era una treta de Vanessa para mandarlo a espiar mis progresos. Lo consulto con el psicólogo amarrado y me da la razón con el lenguaje que hemos inventado: un parpadeo quieren decir “sí” y cuarenta y ocho significan “no“. Intentaré aplicar ese método, mordaza incluida, la próxima vez que negocie con un editor.

Día 7:
Ha llamado la novia de David. Dice que él no hace más que jugar con la Nintendo y hablar en armenio todo el tiempo. Le recomiendo que en un descuido le robe el cargador de la consola, así cuando se agoten las baterías tendrá que dejar de jugar.
-Ya lo hice, Carlos, pero el tío había tenido la precaución de comprar media docena de cargadores -dice ella -. Y por si fuera poco, se ha inventado un dispositivo conectado a una placa solar en el techo, por si yo cortaba la electricidad de la casa…
Le digo que tenga paciencia, que en la tele han anunciado nubosidad variable y cuelgo. Tipo listo, Torres. Lo de la placa solar no se me había ocurrido. Igual es cierto que ha superado el nivel 15. Maldita sea. Tengo que esmerarme. El detective fantasma es listo pero sin mi ayuda la chica de la coleta morirá otra vez, ahora por culpa de un mecanismo automático y extravagante que acaba con una vieja pistola disparando contra ella. Por cierto: he notado que todos los personajes masculinos del juego se quieren beneficiar a la chica. Como la vida misma. Desoigo las amenazas de mis compañeras y me concentro. La salvo. ¡La he salvado! Oigo trompetas triunfales pero creo que en realidad son sirenas. Por la ventana veo que una ambulancia se detiene ante nuestro portal. Bajan unos tipos fornidos, vestidos de blanco y llevan en las manos una curiosa chaqueta del mismo color, de las que se abrochan por la espalda. Abro la Otra ventana y trepo por la cañería, con la Nintendo en el bolsillo izquierdo de mi abrigo. No pienso dejarme atrapar: como todo el mundo sabe, el color blanco engorda una barbaridad. Llego al tejado y mientras huyo localizo varios puntos donde instalar placas solares cuando se vayan. No esperarán mucho: la ambulancia era de la Seguridad Social y con un poco de suerte se llevarán al psicólogo creyendo que soy yo. Con los pies encajados en las tejas del techo, sigo jugando. Lo importante, me digo, es que no me he enganchado con el juego. Cede una teja. Y otra. En cuanto salve a la pelirroja buscaré un lugar más seguro para esconderme, no sea cosa que acabe por ceder la útima teja y me cai…

viernes, 14 de enero de 2011

El Experimento Azul: día 1




Mamá siempre me decía que debía aprender a decir que no. Aquello tan maternal de “¿si tus amigos se tiran al río, también te vas a tirar?“ Y yo respondía que si era verano, o si alguien se estaba ahogando, o tenía mucho calor, igual sí me tiraba al río. Ella se daba por vencido y me miraba de esa manera.
El caso es que no aprendí a decir que no. Y menos a gente como Fernando Marías. Buen escritor. Buen tipo. Y con una mirada que no deja dudas: ha visionado incontables veces la saga de El Padrino. Ustedes me entienden. Respeto. No lo dice. No lo pide. Pero se lo das. Remember Luca Brasi.
El caso es que dije sí y durante días anduve zombi por Madrid preguntándome sobre el sentido de la vida, la existencia del alma humana y, sobre todo, qué diablos hacía yo metido en algo relacionado con un videojuego y una consola portátil.
Vamos, que no soy un neardental, llevo veinte años usando ordenadores y hasta tengo Facebook (me faltan amigos para igualar el millonario récord de Roberto Carlos, pero ya son dos mil y pico). Entre nosotros, soy un loco de los aparatitos. Existe un nombre inglés o japonés para eso, pero prefiero no saberlo. Es decir que la tecnología me es familiar. Pero nunca tuve una consola, ni portátil, ni doméstica o como se denominen. Ciertos escarceos, hace años, con juegos de PC, acaso porque en las redacciones de los diarios echas más horas que una veleta en Tarifa. Y poco más.
Y ahora Fernando me ha metido en El Experimento Azul, que recuerda a El Martillo Azul de Ross Macdonald, y mac fue siempre para mí el hijo putativo más aventajado del imposible matrimonio entre Raymond Chandler y Dasshiell Hammett.
Además, están los otros.
No estaré sólo ante el peligro. Aunque el peligro igual son mis ¿compañeros?, ¿competidores?, ¿adversarios?. Vaya uno a saber. Y siempre lo sabes tarde.
Vanessa Montfort tiene pinta de tener en su casa media docena de consolas y cocinar al dictado del juego ése de cocina que hace un par de años estuve por comprarme pero desistí porque uno tiene una imagen que defender. Es asquerosamente joven, desalmadamente guapa y como toda pelirroja de casta, implacablemente lista.
David Torres no es tan joven. Tampoco es guapo. Para nada. Pero detrás de esa mirada capaz de acojonar a Joe Pesci-Nicky santoro en Casino, se esconde una computadora que baraja como naipes marcados miles de películas y novelas del género negro. Cada vez que hablo con él corro a casa para exprimir Wikipedia a ver si lo pillo en un fallo. En vano.
Con esa gente me tengo que enfrentar. Y con un juego de investigación llamado Ghost Trick. He aceptado el caso porque tengo el sí fácil. Y deberé dedicarle muchas horas (probablemente para aprender cómo se enciende la Nintendo DS, cuando me llegue). Mamá tenía razón. Otra vez me he tirado al río. Y sin saber nadar.

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Hace dos días llegó el mensajero con el paquete. Yo sabía que contenía la consola portátil porque una escueta llamada telefónica de Fernando Marías me lo había advertido. El mensajero me miraba con sorna pero vi que el paquete no tenía ningún logo y salvé mi imagen asegurando que era un juguete erótico que había encargado por correo. No coló. El chaval me dijo que él también tenía una Nintendo DS y que el modelo nuevo permitía conectarse a internet. Se fue silbando un Fantasma en la máquina de Police. Y me consolé pensando que cuando Police era Police, ese chaval no había nacido. No sé porqué, ese pensamiento, en lugar de confortarme, me deprimió un poquito.

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Hoy es el día. Ya sé como se enciende la consola y hasta he comprobado, mediante un juego de entrenamiento cerebral, que mi edad mental es de 99 años. Para tapar la boca a mi madre, que siempre dice que mi edad mental es de cuatro años y medio. Toma ya. Si quiero me tiro al Manzanares. Mejor no.
Inicio el Ghost Trick convencido de que, para un escritor-lector como yo, que a los trece cambió los tebeos por Cosecha roja y a los trece ya sentía nostalgia de El largo adiós, esto estará chupado.
Hay un detective rubio y muerto, con pelo en cresta. Y una pelirroja con el pelo en cola de caballo, a la que matan y tengo que salvar. Yo soy el rubio de pelo en cresta, pero si estoy muerto, ¿cómo voy a salvarla? Aprendo rápido y me pregunto quién me mató y por qué. Tendré que dedicar a esto varias horas, en casa y con los postigos cerrados, para que no me vea ningún vecino. De llevarme la consola por ahí, ni soñarlo. No imagino a Bukowski dándole a la pantalla táctil con el lápiz, ni a Marlowe intentado salvar, mediante la combinación de objetos presentes en el escenario, a esta pelirroja cabeza loca que no hace más que meterse en líos. Paso el primer capítulo y doy la vuelta olímpica por casa.
¿Cómo les irá a los otros? Me conecto por wifi desde la consola y ni David ni Vanessa han colgado nada en sus blogs. Seguro que los malditos ya van por el nivel 4, por lo menos.
Suena el móvil. Es Torres. Me pregunta qué tal estoy y le digo que de maravillas. Espera que le hable del juego pero me hago el tonto hasta que pregunta.
Psé, es fácil, le digo, ya voy por el nivel 9 y tiene su gracia.
Contiene la respiración y pregunta:
¿Nivel 9?
, le digo. Seguro que tú también andas por ahí.
Más o menos, responde. Inventa una excusa y corta, imagino que para lanzarse al juego y avanzar. Sonrío hasta que me doy cuenta de que tengo que pasar el nivel 2 y no será nada fácil. Seguro que Vannessa sí va por el nivel 9. Hora de hacer la compra para que mi nevera no fallezca de inanición. Me pongo el abrigo largo de cuero y oculto la consola en el bolsillo en el que iría el arma, si llevara una.
A esta hora las colas en el súper son eternas y si escondo la Nintendo con los faldones del abrigo mientras espero que me cobren, seguro que logro avanzar otra pantalla y que mis compañeros de cola piensen que estoy viendo una porno.
Tengo que imagen que defender.